¡Qué suerte tengo viviendo en el siglo XXI! "Puedo alimentarme sano." Desde los medios de comunicación, se nos "bombardea" continuamente con publicidad de "comer sano", "comer light", o similares, donde chicos jóvenes y atractivos, saborean botellitas que hacen que "te llenes de energía" durante veinticuatro horas, y puedas afrontar la lucha diaria sin problemas, haciendo todas las actividades que inicies perfectas, y encima, llenos de alegría de vivir.

Estoy asombrado, porque por tomar leche, zumo, atún, etc. cosas muy normales, me llene de ácidos Omega 3 y 6, a las chicas les vayan directas a su organismo las Isoflavonas, los Prebióticos nos cerquen deseosos de hacernos maravillas, y los Bífidus, nos dejen la flora intestinal, lugar algo sucio, como si fuera el "Jardín del Edén."

Basta que una marca le agregue calcio a la leche, para que otra contraataque con vitaminas, y lo que considere conveniente. Con tanto añadido por mi bien, tengo que estar "sanísimo" por narices.

Pero la verdad, creo que la competencia entre las marcas de pantalones o de colchones, por ejemplo, da igual a los consumidores, o son positivas si suponen mejoras en precio y calidad. Pero desde mi punto de vista, el jugar industrial  y comercialmente con la alimentación, realizando pruebas de nuevos productos,  haciendo campañas masivas para llevar a los clientes tan maravillosas novedades, es peligroso, ya que se juega con la salud y la vida.

Comer sano es comer natural, comer alimentos sin manipular su naturaleza y sin añadidos de ninguna clase. Esto es realmente difícil, y a veces muy caro. Ya que este tipo de alimentos se producirían en escaso número y con costes más elevados. ¡Tiemblo! Es decir, que para que todos podamos comer, tenemos que no hacer preguntas, y "zamparnos" lo que nos ofrezcan como muy saludable.

Como he dicho, el problema surge, en encontrar lo sano. Cuando vamos a un súper, es mejor no dar vuelta a los paquetes y mirar las etiquetas. La Comunidad Europea y las legislaciones nacionales, tienen normas al respecto, para que el consumidor sepa lo que se lleva a la boca. ¿Y esto para qué? Si me estoy llenando de productos más cercanos a la industria química que a la de los alimentos, prefiero no saberlo, cuando me ponga de "color-verde morado" y me salga "una cresta", como si fuera un alienígena extraterrestre, me enteraré. Si la curiosidad me llama a leerlo, comprobaré que además de los elementos normales: garbanzos, sal, patatas en casos de comida, y agua con sacarina y un poco de "qué se sabe" en los refrescos, me estoy metiendo en mi cuerpo el: E-414, 445, 160, etc., productos colorantes, estabilizantes, o los que sean. Se nos dice que estos productos no tienen riesgo, que están estudiados y certificados por expertos. Pero... ¿esto es así? Yo dudo de tantas pruebas y controles, que se hacen de acuerdo con los conocimientos actuales. Pero también puede ser que pasados unos años, alguien descubra que durante mucho tiempo hemos comido (m), no lo pongo, porque puede herir la sensibilidad de algún lector.

Recuerdo a las vacas, que buena es su carne, y que saludable era su alimentación y el cuidado de estas criaturas. Pues, se volvieron " locas". Se trabajó e investigó duramente este hecho. El resultado fue que la alimentación de las vacas, no era "tan sana". Consecuencia, temor, caída de las ventas y problemas para muchas empresas y trabajadores. Periódicamente hablan de las truchas, salmones, y lo que sea, que se producen como en una fábrica, no como se ha hecho siempre, en la naturaleza.

Respecto a los productos frescos: a las verduras, hortalizas, fruta, etc. cuando se presentan en los mercados, tan limpios, iluminados, dan la sensación de estar "inmaculados". Pero ¿qué efectos producen en ellos la calidad del agua, los fertilizantes, los plaguicidas, y similares? ¿Qué efecto produce a la larga en nuestra salud la ingestión  de estos añadidos? Dicen que nada, que lavemos, que limpiemos, que pelemos, lo que vayamos a cocinar y a comer. Que las dosis que "degustamos" son pequeñísimas y que no nos afectan en nada, de esa seguridad desconfío totalmente.

Un día, vi en televisión, un curioso reportaje. Unos septuagenarios de USA, que se pasaban el día tomando "cosas raras" y comiendo escasamente. Tenían un armario lleno de píldoras de todas clases, con las que sustituían o complementaban su alimentación. Estaban contentos , con risa de oreja a oreja. Se les veía delgados y ágiles, pero a mi me resultaban sus físicos extraños. Tenían el "pellejo apergaminado", la piel me recordaba a una película de ciencia ficción, donde los habitantes del planeta eran mezcla de hombre y lagarto. ¿Será así en el futuro?

Pero el reportaje continuó. Se fue el equipo a una región del centro de Francia, donde había unos orondos caballeros junto a una mesa. ¡Qué mesa! Llena de productos del campo de los más apetitosos. Resulta que los señores eran de edades que se acercaban o pasaban los noventa años. Sus pieles eran sonrosadas y agradables, no aparentando la edad real que tenían. Se les veía contentos, y comentaban que comían los productos que les apetecían. El comentarista del reportaje, decía que se estaba estudiando el vino tinto de la región, con el que acompañaban siempre las comidas. La verdad, me quedo con este segundo grupo, el primero me da "complejo de pájaro", parece que me están dando alpiste, como el que se les pone en las jaulas.

Voy a mi experiencia personal, aunque no trabajo para una importante universidad de USA, que hacen estudios de millones de dólares.

Nace de la experiencia de la compra de alimentos cotidiana, y de mi convivencia durante toda mi vida con personas de edad avanzada.

Respecto al primer punto, os comento, lo difícil que es adquirir productos poco manipulados, de los que pueda tener cierta seguridad, que van del mar, o del campo a mi mesa, libres de contaminantes. Es imposible saberlo con certeza en un mercado o súper. Pero te das cuenta de las diferencias, cuando por casualidad los obtienes por amistad con personas que los cultivan para ellos, y los comparas con los que comes normalmente.

Un día, un matrimonio, que tiene una pequeña huerta, para el uso de la familia con: patatas, tomates, árboles frutales, y un gallinero. Me regaló unas calabazas y una docena de huevos. Se hizo en casa "Olla gitana" sana comida mediterránea. Estaba exquisita. El sabor de la calabaza, no tenía nada que ver con las que habitualmente compraba. Respecto a los huevos, los ponían gallinas que corrían libres, no en esos sitios industriales que da pena verlas. Comían lo tradicional, los vegetales que sus dueños les echaban. Resultado, unos huevos totalmente distintos a los producidos masivamente. La yema de amarillo intenso, la clara más consistente. Comerse uno de esos huevos pasado por agua o frito, era una delicia.

Tengo la costumbre de comer más pescado que carne. Me pasé todo el año comprando Doradas de criadero. Las guisábamos en casa, y no estaban mal, no eran muy "gustosas", pero creía que ese era el sabor de las Doradas. En las zonas donde compro, sólo las tienen de piscifactoría, dado que su precio es asequible a los bolsillos de los trabajadores, la de mar es mucho más cara, y no la traen las pescaderías por esa razón.

Me fui a la playa, y compré un par de Doradas del mar. Ya su aspecto era diferente, la forma sí, pero no el color, tenían puntos dorados en su lomo, cosa que era gris en las otras. Se hizo un guiso con ellas, y el resultado fue demoledor. ¿Qué habíamos estado comiendo?¿Dorada? Pues no, que le llamen como quieran, pero no así. El caldo con un sabor intenso, parecía que me comía parte de la esencia del Mediterráneo. Y el  del pescado, insuperable. Comprendo que somos muchas "bocas" para alimentar, y los productos escasean, pero son peligrosos los sucedáneos, no sabemos a la larga, como su consumo repercutirá en nuestra salud.

Respecto a la convivencia con personas de edad avanzada, puedo contaros muchos casos, pero no deseo cansaros, pondré por ejemplo a Dª Irene, mujer muy gruesa, vecina mía, que llegó a la edad de 94 años. Sus comidas, desconozco si llevaban Isoflavonas u Omega 3, porque eran a base de Cocido Madrileño, lentejas, habichuelas, etc. No sabía como tenía el colesterol,  ni los triglicéridos, ya que desconocían tales palabras. Su piel era fina como la seda, y puso el pié en la tumba tras larga vida sin estar con "el coco comido por tanto consejo". Creo que menos hablar y más hacer. Menos consejos y más luchar por los alimentos sanos.

Otra señora era Dª Teresa, comía de todo, cuando perdí el contacto con ella tenía 89 años, quizás viva aún. Esta señora tomaba como aporte complementario a su dieta, un litro diario de vino tinto del más barato, de los de tetrabrik.

Y podía continuar la lista. En ella hay personas que han superado los noventa años, también hombres; aunque en menor número, pues como se sabe, abandonamos el mundo antes que las mujeres, dicen que por nuestra psicología y fisiología.

Como resumen de este relato, considero que la competencia en las empresas por llevarse a los consumidores a su terreno, con la aparición de nuevos y "más sanos" productos de alimentación, apoyados en campañas publicitarias será licito y normal, pero está en el consumidor al que van destinados, la decisión de comer lo que estimen, y lo más sano posible, siempre que lo encuentren en el mercado.


Como comentario adicional, hago referencia a la Siesta Española, tan tradicional, pero que la cultura actual va dejando y arrinconando, no hay tiempo. Os diré, que todas las mayores que he conocido, la dormían. Al menos, una hora diaria después de comer.

 

 

Beneficios de la Siesta.

Relajación muscular y psíquica, con descenso de la tensión arterial.

Recuperación de las energías perdidas a lo largo de la mañana.

Mejora la digestión de los alimentos.

El sueño es reparador y renovador.

 

 

Reivindico desde aquí, que como complemento a una sana y buena mesa, se instaure la siesta de forma generalizada. Los que puedan,  que la practiquen, y en el caso de los empleados, que no pueden por motivo de horario laboral, para que se habiliten los medios para poder realizarla antes de proseguir las tareas propias de su actividad, con lo que aumentaría la productividad, la alegría, y la salud de los trabajadores.


Texto: Poncio Emiliano


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