Me crucé con
un hombre que llevaba sujeto con una correa un hermoso
perro lobo. No lo pude remediar, recordé a un perro
similar que hace muchos años me acompañaba en las guardias nocturnas, cuando cumplía mi Servicio Militar.
En mi
infancia había estado en contacto con gatos, a los que
llegué a conocer bastante bien, tanto en como tratarlos,
así como su psicología gatuna. No había tenido perros en
mi entorno familiar.
Mientras
seguía mi paseo junto al mar, las imágenes relacionadas
con Atila, así se llamaba el animal, iban llegando con
nitidez a mi memoria.
Lo conocí el
día que tomé posesión de mi nuevo destino en una batería
de artillería. Me habían informado que tenía que ir en
autobús hasta un pueblo cercano, andar un
trecho, y subir por un sendero
hasta la cumbre de la montaña. La alternativa era la
carretera, pero esta segunda opción alargaba mucho la
caminata. Hice lo que me aconsejaron, tras dejar el
autobús y andar en llano un rato, subí una empinada
senda hasta la cima.
En la cumbre
me encontré con una estrecha escalera de numerosos
peldaños. Tenía una entrada en la parte baja, dos altos
muros de piedra a derecha e izquierda, y una salida
arriba. Subí por ella con mi petate (saco militar donde
llevaba mis pertenencias), con el uniforme de calle, con
mis galones de cabo, y muchas ganas de llegar, ya que
era verano y el calor apretaba.
Cuando
estaba a punto de terminar la larga escalera, me apareció un precioso perro de mirada inteligente. Se colocó en el centro, con
sus patas delanteras abiertas. No decía "ni pío", sólo
me observaba con atención. -¿Qué hago yo?- pensé. Como
sea el perro guardián de la batería y esté "preparao pa
matá", voy listo. Estaba en la mejor situación para
machacarme y tirarme escaleras abajo. -No voy a dar la
vuelta ahora para entrar por la carretera.- Así que
como nos decía la cartilla militar eso de: "el valor
se le supone", decidí seguir subiendo ya que no estaba
dispuesto a retroceder.
Atila me
olfateó, me estudió, y se apartó para darme paso sin
decir un sólo "guau". Me sorprendió una actitud tan
cortés, quizás el olor al uniforme le fue familiar y me
considero "de la casa". Un futuro compañero que observó
la escena mientras me saludaba y daba la bienvenida, me
dijo: -Cabo, no le hagas caso, ese perro es maricón. -Mi
ignorancia en la homosexualidad canina era total, así que
almacené la información en mi memoria.
Atila, creía
yo que era un fiero perro guardián. Pero no. En
realidad era una mascota, como pude comprobar más tarde.
En el lugar
había otro perro, pequeño y negro, no tengo idea de su
raza, sería de alguien que vivía por allí. De vez en cuando
los veía jugar, e incluso hacían intentos de
"montarse" a pesar de ser los dos machos. Ese debía ser el
"problema intimo" que tenía Atila, la carencia de
hembras. Vivía como un "fraile de clausura", y estaba en
estado de perruna virginidad. Su instinto le hacía
buscarlas, intuía su existencia, pero seguía en aquella
montaña en total abstinencia sexual.
Cuando hacía
guardia por la noche, Atila me hacía compañía. Solía
estar a mi lado. ¡Cuantas cosas le contaba! Me miraba
como entendiendo lo que le decía.
Por lo
general me solía caer el turno de las tres de la
madrugada. Era despertado por un compañero, cogía mi
Cetme (arma de fuego), me daba el cargador, revisaba el
arma, y salía del dormitorio a dar vueltas. Sólo había
un vigilante en cada turno, éramos pocos y las guardias
eran abundantes. Considero que teníamos una gran
responsabilidad sobre "nuestras espaldas", ya que aparte
de las obligaciones para controlar todo lo
que pasaba en la batería, velábamos por los compañeros
que dormían.
Llevaba
conmigo al perro, y me colocaba en el mejor sitio, para
ver la carretera y la mayor parte del lugar. Pensé que Atila estaría listo para buscar e indicarme donde estaba
"el enemigo", pero era un error. El temperamento de
Atila no tenía nada que ver con el del Rey de los Hunos. Se
sentaba a mi lado, cerraba los ojos, y se dormía
plácidamente. Yo le tiraba de la correa que llevaba al
cuello, y le decía que me acompañara a hacer la ronda.
Me miraba como diciendo: -"¡Leche cabo! A ver si me
dejas dormir".-
Íbamos
andando en el silencio de la noche. Sólo que oían
nuestras pisadas y algún grillo que estaba dando un
"concierto". Pasábamos de zonas iluminadas a otras de
absoluta oscuridad. Atila, cauto, iba detrás. No había
manera de que me abriera camino. Le ordenaba: -¡Atila,
ve allí!- Ya que había un acantilado donde apenas se
veía y había que tener precaución. Atila iba, pero
conmigo delante. -Bueno, pues si que tengo ayuda, al
menos, si me caigo o me dan un "cacharrazo" espero que
avise a los demás.- Era mi optimista reflexión.

Una noche,
estábamos los dos sobre una ladera, yo con el arma
colgada y en posición de tiro, Atila con los ojos muy
abiertos y en plan de vigilancia. Formábamos una
composición perfecta para una foto en la portada de una
revista. Abajo, a lo lejos, se veían unas luces
procedentes de linternas. ¿Quién estaba allí?¿Cual era
la razón de aquellas luces? Atila, en un arrebato de
valor, pero sin dar un ladrido, se conoce que quería
hacer "un acercamiento" con el máximo de sigilo, se
lanzó ladera abajo. ¿Habría localizado un objetivo?
Pronto tuve la respuesta, a los pocos minutos subió
como un rayo para "darme novedades", se quedó mirándome
con su cabeza iluminada por la tenue luz de una lejana
bombilla. Su expresión me decía: "Como no bajes tú, vas
listo." Lo tuve claro, después comprobé que las luces
procedían de unos trabajadores que estaban reparando el
tendido eléctrico.
Recuerdo
otra ocasión, en que vi a un motorista subir por la
carretera. Serían las doce de la noche, y los compañeros se estaban
acostando. Bajé por la carretera hasta el punto donde
tendíamos una cadena por las noches. Sobre ella coloqué
el Cetme, y Atila estaba "dispuesto a dar la vida por mi
persona y por la Patria", si fuera preciso. Hermosa y
patriótica deducción por mi parte, pero de dudoso
cumplimiento. No fue necesario el sacrificio de Atila,
cuando el motorista que iba de paisano, vio a un
desconocido Cetme en mano con la luz de su moto, gritó
y se identificó como uno de los compañeros que volvía de
permiso. No creo que sea muy aventurado el pensar que se
estaría acordando de mi familia cuando me vio en
posición de: "Hasta aquí has llegado".
Nos
advirtieron que estuviésemos atentos en las guardias
porque en alguna ocasión, por el entorno, se habían
producido algunos robos. Estoy hablando de hace
bastantes años, ya que en la actualidad tendrían que
comunicarnos en que lugares no habían robado, y
así terminaríamos antes, eran tiempos "poco avanzados".
Una noche,
sobre las tres y media de la madrugada, iba con la
"fiera" de Atila haciendo mi ronda cerca del edificio
del comedor y de la cocina. Unos ruidos extraños y
suaves rompían el silencio de la noche. Abrí la puerta, la oscuridad
era casi total. Habían desconectado la luz eléctrica, y
desconocía donde estaba el conmutador general. Tampoco
disponía de linterna, pero tenía a Atila conmigo. Lo
agarré por el collar de cuero, y lo arrastré hasta el
interior de un largo pasillo. Mientras avanzaba, me
imagino que Atila se estaría acordando del día que me
parieron. Puse el arma en posición, colocando el
dedo sobre el seguro. Pensé: como haya alguien aquí, nos
va a dar a los dos un infarto. Al llegar a la cocina,
observé que una ventana estaba abierta, y se
movía suavemente por la brisa de la noche. ¡El
peso que me quité de encima! Gracias al Altísimo no
había nadie, y no porque le fuera a soltar un tiro, si
no porque si sobrevivíamos a la sorpresa y a sus
consecuencias, seguro que Atila pide la baja del
servicio por depresión. No, que esto es cosa de ahora,
entonces apenas se oía que a alguien le hubiese dado una
depresión, debíamos ser muy "primitivos".
Un día,
apareció por la batería una perra. Un oficial la había
traído con la intención de que Atila la dejara en estado
de preñez, tras poseerla con "intenciones carnales
perrunas." ¡Pobre Atila! Virgen y sin preparación
sexual, tenía que ejercer de macho con aquella linda
perrita que estaba enfrente. Éramos pocos los que
estábamos fuera de servicio, y no había nada de morbo
por nuestra parte ante lo que se avecinaba, simplemente
había dudas sobre la reacción de Atila ante este reto. Se
llevó tiempo en estudiarla, lo intentaba como podía, y
encima tenía que aguantar tener espectadores fastidiando
su intimidad. Pero al rato, la información que la madre
naturaleza nos graba en los genes surtió efecto. Y Atila
consiguió hacer lo que se esperaba. La cosa estaba
clara, como sospechaba, Atila no había tenido hembra con
quien ejercer sus "instintos básicos" caninos.
Cuando
marché, deje de saber de mi compañero de guardias. De
aquel precioso animal, que "no había sío entrenao pa
matá."Quizás fue el precursor de las nuevas directrices
gubernamentales en materia de defensa. Un ejercito que
de la imagen más cercana a una ONG, que las que
tradicionalmente les son propias y que justifican su
existencia.
Hoy en día,
quizás Atila hubiese sido más feliz, ya que en vez de
tener cerca a un cabo que esperaba que fuera un perro de
vigilancia y ataque, serviría para llevar la alegría a
los que hubiesen sufrido desastres humanitarios.
Adios Atila,
como puedes comprobar, esté donde esté tú alma perruna,
me acuerdo de ti y de las noches en que me hacías
compañía mitigando la soledad de aquellas guardias.