En una vieja caja que teníamos en casa, habían unos cuentos antiguos conocidos por varias generaciones. Con el tiempo, la caja fue cambiando de sitio, pero siempre se guardó con los cuentos, como un recuerdo del pasado y de la familia.

 

 

 

Caperucita Roja

En un pequeño pueblecito vivía con su madre una linda niña. Esta niña era Caperucita Roja, y la llamaban así porque siempre iba cubierta con una caperuza colorada.

Un día le dijo su mamá a la niña: - Caperucita, ve a la casita del bosque donde vive la abuelita y llévale este pastel. Pero no te detengas en el camino, y regresa pronto.

Caperucita salió de la casa y echó a andar. Andando, andando, se internó en el bosque, y a cada momento era saludada por sus amiguitos, los animalitos de la floresta, que le decían: ¡Buenos días, Caperucita Roja!

Repentinamente apareció un malvado Lobo que habitaba en el bosque.

- Buenos días, Caperucita - dijo suavizando la voz - , ¿donde vas?

- Voy a llevar esta cesta a mi abuelita, que vive al final del bosque.

- Pues mira - dijo el Lobo - yo también voy al extremo del bosque. ¿Quieres que hagamos una carrera?

Caperucita sin sospechar la maldad del Lobo, aceptó.

- Tú vas por ese sendero - dijo el Lobo - y yo tomaré aquel otro. A ver quien es el que llega primero.

Y separándose de Caperucita, el Lobo echó a correr por el bosque.

La abuelita estaba descansando en la cama cuando oyó llamar a la puerta. ¿Quién es? Preguntó.

- Soy Caperucita - contestó el Lobo fingiendo la voz. - Levanta el picaporte y entra -contestó la abuelita.

Entonces el malvado Lobo, que como vemos, había llegado antes que Caperucita, entró en la casa, y abalanzándose sobre la pobre abuelita la devoró. Después se puso la cofia y el camisón de la abuelita y se acostó en la cama.

Al poco rato llegaba Caperucita Roja a casa de la abuelita  y llamaba a la puerta. ¡Tan, Tan! - ¿Quién es? - Preguntó el Lobo imitando la voz de la abuelita. - Soy Caperucita Roja. - Levanta el picaporte y entra - dijo el Lobo.

Caperucita entró confiada y se acercó a la cama. El astuto Lobo apenas hablaba, porque temía que Caperucita le llegara a reconocer, y por eso se tapaba mucho en la cama.

Pero Caperucita mirándole atentamente dijo: Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes! - Sí, hijita,  son para oírte mejor - contestó el Lobo. -Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!  - Sí, hijita - dijo el Lobo otra vez - , son para verte mejor. - Abuelita, ¡qué manos más grandes tienes! - Son para acariciarte mejor - contesto el Lobo. - Abuelita, ¡qué boca tan grande tienes! - Es...¡para comerte mejor! - gritó el Lobo - y dando un salto en la cama se echó sobre la niña y  la devoró. ¡Pobre Caperucita Roja!

Pero no os pongáis tristes, queridos amiguitos. Por fortuna, en el mismo momento  que el Lobo devoraba a Caperucita, llegó a la casita del bosque un cazador que conocía a la abuela de la niña, el cual recorría los caminos con su escopeta al hombro y un gran morral donde guardaba la caza. Y pendiente de la cintura también llevaba un gran cuchillo de monte. ¡Qué cazador más valiente era!

Como hemos dicho, el cazador llegó a la casa y al ver por la ventana que el Lobo se comía a la infeliz Caperucita, entró corriendo en la alcoba. Como era un cazador muy valiente, alzó su gran cuchillo de monte, y arrojándose sobre el perverso Lobo, le mató. En un momento le abrió de arriba abajo, y del vientre del Lobo salieron vivas aún y llenas de alegría, Caperucita Roja y su abuelita, las cuales abrazaron al cazador, llenas de agradecimiento.

Y para celebrar aquel suceso, Caperucita y su abuelita convidaron a su salvador. Se sentaron todos a la mesa, y Caperucita puso sobre ella la cestita que le había entregado su mamá. La abuela hizo tres pedazos del riquísimo pastel que había dentro de la cesta, y en medio de la mayor alegría merendaron la abuelita, el cazador y Caperucita Roja, celebrando el término feliz de su aventura y verse libres del feroz Lobo que tenía atemorizada a toda la comarca.

 

 

 

 

 

 

El Flautista de Hamelín

Los habitantes de la ciudad de Hamelín se hallaban desesperados. Una plaga de ratas lo invadía todo. Había ratas en las casas, ratas en las calles, ratas en todas partes.

Los habitantes de Hamelín no encontraban el medio de acabar con aquella plaga. Así estaban las cosas, cuando llegó a la ciudad un hombre muy flaco que llevaba una flauta bajo el brazo, y dijo al alcalde: - Si me dais una bolsa llena de oro, yo libraré a la ciudad de Hamelín de esta plaga de ratas. El alcalde aceptó al momento.

¿Qué hizo entonces el flautista? Se puso a tocar la flauta y echó a andar. Y todas las ratas se fueron detrás de él atraídas por la música del flautista, el cual salió de la ciudad seguido de todas ellas, sin dejar de tocar su flauta prodigiosa. Y llegó hasta el río. Y lo atravesó, siempre seguido por las ratas. Pero como las ratas no sabían nadar, fueron entrando todas en el río, y todas se ahogaron. Después de lo cual regresó el flautista a la ciudad a recoger el premio convenido.

Pero el alcalde le dijo: -Hombre, y no pretenderéis que os dé una bolsa llena de oro por haber tocado un poco la flauta.

El flautista se enfadó muchísimo al oír que el alcalde no quería pagar lo estipulado, y exclamó con mal humor: - ¿Ah, sí? ¿Conque esas tenemos? Pues os aseguro que habréis de acordaros del flautista de Hamelín.

Se puso a tocar la flauta nuevamente, y al oírla, todos los niños de la ciudad corrieron detrás de flautista, alegres y confiados. Y el flautista siempre tocando, y seguido de los niños, salió de la ciudad, continuó por el campo y llegó a la montaña; entraron todos por ella, y cuando lo hizo el último niño, la montaña se cerró.

Todas las madres y todos los padres de los niños, habían visto que sus hijos seguían al flautista, y se quedaron llorando sin consuelo. Hallábanse inconsolables, porque la ciudad de Hamelín se había quedado sin niños. Todos se habían marchado siguiendo al prodigioso flautista.

¿Todos? Todos no. Un niño solamente se había quedado en la ciudad, porque como era cojo, no pudo seguir a sus compañeros. Y éste era el único niño que existía en toda la ciudad de Hamelín.

Sucedió que cierta mañana, este niño cojo de quien hablamos, salió a pasear por el campo cerca de la montaña, y se encontró una preciosa flauta. Era una flauta maravillosa, y nuestro niño cojo recordó que era la misma flauta que portaba bajo el brazo el hombre flaco, que se llevó a todos los niños de la ciudad.

El niño cojito tomó la flauta prodigiosa en sus manos y se puso a tocar. Y entonces ocurrió un suceso milagroso, que llenó de gozo a todos los corazones de los habitantes de la ciudad. Al sonar la primeras notas de la flauta mágica, se abrió la montaña y por aquel hueco, empezaron a salir en tropel todos los niños de Hamelín, los cuales rodearon al niño flautista llenos de alegría y dando saltos de contento al ver que en la ciudad estaban sus padres esperándoles llorando de alegría.

El niño cojito echó a andar hacia Hamelín, sin dejar de tocar la flauta, y todos los niños siguieron en pos de su compañero, y entraron de nuevo en la ciudad.

Los niños corrieron a los brazos de sus padres, y éstos abrazaron a sus hijos, y también abrazaron al niño cojito que los había traído a la ciudad.

Y esta es la historia del flautista de Hamelín, que era un hombre muy flaco que llevaba una flauta bajo el brazo.

 

 

 

 

 

 

El Patito Feo

En una pequeña granja, habían nacido varios patitos, pero el último de ellos, al salir del cascarón del huevo, se fijó mamá Patita que era distinto a sus demás hermanitos, y comentó con otras mamás del corral: - Ya me parecía a mí que este huevo era demasiado grande: ¿Habrá sido de Pava, o tal vez de Gansa?

Una compañera le dijo con desdén: -De cualquier manera que se le mire es un patito muy feo. La señora Pata se entristeció porque comprendía que era cierto, pero para ella era un hijo como los demás. Y fue pasando el tiempo; poco a poco los patitos aprendieron a buscarse la comida, y mamá Pata fue dejando que se cuidasen ellos mismos. El patito feo fue creciendo y haciéndose cada vez más torpe y desmañado. Le producía mucha tristeza el verse despreciado por los demás animales de la granja. Y no sólo lo despreciaban, sino que le daban picotazos y le maltrataban cuanto podían. El pobrecito se veía obligado a permanecer en un rincón y allí lloraba desconsolado.

Cansado de sufrir y viendo que nadie lo quería, decidió el infeliz patito feo ir  a vivir a otra parte, lejos de aquella granja donde no había un solo amigo para él.

Y se fue andando, andando, en busca de un lugar donde se le apreciara, porque a pesar de ser feo, era cariñoso y bueno.

Le sorprendió la noche en el bosque, y llegó a una casa donde vivía una viejecita, un gato y una gallina.

Creyó el infeliz patito que tal vez allí le tratarían bien, pero aquella anciana sólo se mostraba amable con el gato y la gallina, y estos dos le trataron al patito feo con desprecio desde el primer momento, así que el patito feo resolvió dejar la casa, y una noche se puso en camino otra vez en busca de algún amigo.

Y fueron pasando los días..., las semanas..., los meses.

Vino el otoño y después el invierno con su intenso frío, que el patito feo apenas podía soportar.

Caminaba una tarde por el bosque, y vio pasar volando, una bandada de cisnes. ¡Cuánto me gustaría imitarlos! Pensó el patito feo tiritando de frío.

Un labrador que pasaba por allí, encontró al pobre patito medio muerto de frío, y se lo llevó a su casa. Los hijos del labrador se pusieron a jugar con él. Pero como siempre había sido tan maltratado, pensó el patito que querían pegarle, y echando a correr se escapó por una ventana y fue a esconderse al bosque.

Por fin, terminó el invierno y al volver la primavera, el patito se sintió otro. Le habían crecido plumas nuevas, y podía volar con rapidez. Un día remontó el vuelo y apenas sin darse cuenta  llegó a un jardín en medio del cual había un lago de aguas azules. El patito se posó suavemente en el lago, y murmuró: ¡Qué bonito es esto! ¡Cuánto me gustaría vivir aquí!

De pronto vio venir hacia él un grupo de cisnes nadando elegantemente. Y el patito feo, acostumbrado como estaba a ser despreciado creyó que los cisnes le atacarían, y agachó la cabeza. Entonces, ¡Oh sorpresa!, al mirar las aguas del lago se vio reflejado en ellas. Ya no era el patito feo, sino un hermoso cisne, tan hermoso o más que los que estaban a su lado. Los otros cisnes le abrieron paso, dándole la bienvenida, y en vez de rechazarle, le acariciaron.

¡Oh felicidad! Sintió que su corazón se inundaba de gozo, al ver que por fin había encontrado amigos, y que ya no sería tratado mal en adelante. Y lleno de alegría se puso a nadar graciosamente.

Algunos niños se acercaron al lago, y al ver los cisnes, exclamaron:

-¡Mirad, ha venido un cisne nuevo! ¡Es el más bonito, el más hermoso y el más elegante de todos ellos!

El se sintió entonces tan feliz, que olvidó todas sus desventuras, cuando era el patito feo.

 

 

 

 

 

 

Simbad el Marino

En una lejana ciudad de Oriente, vivía un personaje muy célebre, famoso por sus extraordinarias aventuras, que se llamaba Simbad el Marino. Poseía un lujoso palacio, y daba grandes fiestas a sus amigos.

En una de aquellas fiestas, en las cuales solía referir Simbad el Marino las prodigiosas aventuras que había corrido en sus diferentes viajes, contó cierto día un suceso que llenó de admiración a sus oyentes. Y fue como sigue:

- En uno de los viajes que hice - relató Simbad el Marino - , iba yo en un barco cargado de mercaderías, y vi de pronto una isla desconocida, pues no figuraba en ningún mapa. Dejé el barco, y puse el pié en aquel ignorado territorio, con ánimo de explorarlo. Pero de pronto se conmovió toda la isla; yo pensé que aquello sería un terremoto, pero la realidad era, que lo que yo había tomado por una isla, no era sino una colosal ballena, la cual, dando un coletazo formidable, me arrojó al mar.

El barco se había quedado muy lejos de allí, y sus tripulantes no podían verme; así que, comencé a nadar, y pude llegar al cabo a una playa, donde me tumbé a descansar de la gran fatiga que sentía.

No sabía donde me hallaba, y trepé a lo alto de un árbol que allí había.

Mirando a lo lejos, vi una cosa blanca, muy blanca, como si fuera un globo grande y hermoso. Bajé del árbol, corrí hacia aquel objeto, y vi que era un enorme huevo. Aquel huevo de tan colosales proporciones, era de un pájaro conocido por los marineros con el nombre de Roc.

Estaba yo contemplando el huevo cuando escuché batir de alas por encima de mí, y al alzar la vista observé un ave que se cernía en el aire, y cuyas guarras eran semejantes a ramas de gruesas encinas. Era el gigantesco pájaro Roc; me cogió por las ropas con sus guarras y se remontó en el aire, volando hasta las nubes.

Luego descendió vertiginosamente hasta tocar el suelo. Ya en éste me desprendí del pájaro, que volvió a remontarse.

El lugar donde me encontraba era un bonito valle rodeado de montañas. Noté que el suelo brillaba mucho en distintos sitios, y vi que era debido a estar cubierto en gran parte por riquísimos diamantes y espléndidas piedras preciosas. Recogí muchas joyas valiosas, tantas como pude guardar en todos los bolsillos de mi traje, muy contento de considerarme rico con aquella fortuna que tan impensadamente venía a mis manos. Pero mi alegría duró poco tiempo, ya que me puse a pensar con tristeza, que la tierra que pisaba era una isla desconocida, y no veía el modo de regresar a mi país.

Pero nuevamente oí rumor de alas en el aire; el águila colosal que me había llevado por el espacio descendía sobre mí otra vez.

Me eché al suelo, y el pájaro Roc me cogió con sus potentes garras y me elevó por los aires, llevándome hasta su nido, que estaba en lo alto de una roca.

Yo me aleje del nido al poco tiempo, y al cabo de mucho andar, encontré lleno de sorpresa a los marineros del barco en que iban mis mercaderías, los cuales habían desembarcado en aquella isla, y me estaban buscando por todas partes.

Tuve que explicarles mis aventuras, y al saber ellos que yo había encontrado un valle cubierto de diamantes, buscaron afanosos recorriendo la isla en todas direcciones, pero no consiguieron hallar ni una sola joya. Pero yo dí a cada marinero buen numero de diamantes de gran tamaño y pureza, y aquello puso a todos muy contentos.

Con esto, me guiaron al lugar donde tenían anclado el barco, y nos hicimos a la vela.

Llegamos a Bagdad, y con el producto de los diamantes, construí este palacio y repartí cuantiosas riquezas entre los pobres.

Así terminó esta historia contada por Simbad el Marino, y sus oyentes quedaron asombrados al escuchar tan extraordinaria aventura.

 

 

 

 

 

 

La Casita de Chocolate

Un niño y una niña, hijos de unos leñadores, fueron un día a recoger leña al bosque. Pero cuando iban a regresar, no podían encontrar el camino que conducía a la choza de sus padres. Se habían perdido en el bosque.

La niña, llena de temor, empezó a llorar sin consuelo, pero su hermanito la cogió de la mano, y le dijo: No llores más. Iremos andando, y Dios nos ayudará a llegar a casa.

Los niños anduvieron mucho tiempo, pero no podían encontrar la salida del bosque. Y de pronto llegaron a una casita cuyas paredes y ventanas brillaban al sol. Era una casita de chocolate y los cristales de las ventanas de caramelo.

Como los niños tenían mucha hambre, se pusieron a comer golosinas de la casita, cuando al punto se abrió la puerta y apareció una viejecita diciendo: ¿Tenéis hambre niños? Entrad, entrad y os daré de comer.

Los niños estaban muy cansados, y entraron en a casita. Ignoraban los infelices que aquella vieja era una bruja que atraía a los niños con la casita de chocolate, para comérselos después.

En cuanto entraron los dos hermanitos, la bruja encerró al al niño en una oscura habitación, diciendo: ¡Te engordaré, y en cuanto estés a punto te comeré!

A la niña, que lloraba mucho al ver a su hermano encerrado, la obligó la bruja a trabajar en la casa y a preparar la comida, y la decía: ¡Después de comerme a tu hermano, te comeré a ti!

Todos los días la bruja le hacía enseñar un dedo al niño para ver si había engordado bastante. Pero el niño le enseñaba un hueso de ave; y como la bruja era corta de vista, confundía el hueso con el dedo y se enfurecía creyendo que el niño seguía muy flaco.

Hasta que un día, por fin, decidió la bruja comerse al niño aunque estuviera delgado. Llamo a la niña y le dijo: He preparado el horno para asar en el a tu hermano. Vete a ver si ya está bien encendido.

La niña se echó a llorar, comprendiendo que la bruja, después de comerse a su hermanito, haría lo mismo con ella. Pidió clemencia a la bruja. Lloró y suplicó, pero todo fue inútil.

Entonces se le ocurrió a la niña un plan y decidió ponerlo en práctica. - Señora bruja - dijo - yo no sé como se entra en el horno. - ¿ Qué no sabes, dices? Tu eres tonta - contestó la bruja -. Tendré que enseñarte como se hace.

Para demostrarlo se acercó la bruja al horno y metió ella misma la cabeza dentro de el. La niña aprovechó aquel momento y empujo a la bruja hacia dentro del horno, y después cerro bien la puerta para que la infame bruja no pudiera salir. Enseguida liberó la niña a su hermanito y se abrazaron llenos de alegría.

Ya la bruja no podía hacerles ningún daño. Los niños descubrieron entonces que la bruja poseía riquezas fantásticas, y cogiendo gran cantidad de perlas y piedras preciosas, salieron de la casita de chocolate. Las avecillas del bosque guiaron a los niños a través de las matas, y al cabo de mucho caminar llegaron a la choza donse dus padres estaban llorando por la larga ausencia de los dos hermanitos,

¡Qué grande fue su alegría al verlos llegar sanos y salvos! Se abrazaron todos llenos de contento, y los niños contaron la aventura que les había ocurrido en la casita de chocolate.

Después mostraron los niños a sus padres las riquezas que se habían traído de la casa de la bruja, y con aquel tesoro vivieron toda su vida muy felices, e hicieron muchas obras de caridad socorriendo a los necesitados, por lo cual fueron muy queridos y ensalzados en aquel país.

 

 

 

 

 

 

El Enano Saltarín

Había una vez un molinero, el cual tenía una hija muy bella. El pobre hombre la quería tanto, que siempre que hablaba de ella, no hacía más que ensalzar sus méritos. Y no mentía; pues la joven era muy habilidosa.

Cierto día, delante del rey, y para darse importancia el buen molinero, dijo: - Mi hija es tan lista que puede hilar paja y convertirla en oro -. Dicho lo cual se quedó tan contento, pues aunque él sabía que aquello no era cierto, su amor de padre le cegaba al alabar a su hija.

El rey que le oyó, pensó: - Esa joven debe ser un tesoro; la mandaré llamar. Y como lo pensó lo hizo.

Al día siguiente se presentó la muchacha delante del rey, y éste la llevó a un cuarto lleno de paja, y la dijo: - Si al amanecer no has hilado esta paja convirtiéndola en oro, morirás.

Al quedarse sola, la joven rompió a llorar, pues era imposible que ella pudiera hacer un milagro. - ¡Para qué habrá mentido mi pobre padre! - decía sollozando. De pronto se le apareció un enanillo que le habló así: - Hermosa doncella, yo sé la pena que te aflige. ¿Qué me darás si te ayudo? - La joven le ofreció un collar. Y el enano aceptó a hilar convirtiendo toda la paja en oro.

Al día siguiente al ver el rey la paja convertida en oro, dijo a la hija del molinero:  - Esta noche hilarás la paja de este último aposento, y si ocurre lo mismo, serás mi esposa.

Cuando se quedó sola apareció el enano, pero la joven le dijo que no tenía nada que ofrecerle por su trabajo. - ¡No te apures! - Contestó el enano. - Me darás tu primer hijo cuando seas reina.

Consintió la joven porque creía que el rey no cumpliría su promesa. Pero cuando el soberano vió aquellas riquezas, celebró sus bodas con la hermosa hija del molinero.

Al año, la reina tuvo un hijo. Todo era contento en la corte: el abuelo molinero no cabía en sí de gozo. Pero una noche se presentó el enano a la feliz madre exigiéndole su hijo. La pobre mujer le ofreció todas sus riquezas, pero el enanito sólo quería el niño.

Viéndola tan apenada le concedió tres días diciéndola: - Si en ese tiempo aciertas mi nombre, te que quedarás con tu hijo, pero si no, el niño será para mí.

La primera noche, la reina dijo al enano los nombres más raros que sabía, pero él se reía diciendo: - ¡No, no! no lo acertarás.

La segunda noche pensó que tal vez tendría un nombre sencillo y le dijo los más corrientes, pero tampoco acertó. El enano no cabía en sí de gozo y daba saltos de alegría.

El último día, la reina mandó un paje para que escuchara por el pueblo todos los nombres raros y se los trajera anotados. Al anochecer regresó el emisario diciendo que no había escuchado ningún nombre nuevo, pero al pasar por un bosquecillo había visto un enanito, que saltaba contando una canción. - ¿Y que decía? - preguntó la reina con afán. - Pues cantaba esta canción, - contestó el paje. - "Hoy la reina está triste al darme su pequeñín, y es porque no sabe que me llamo el enano saltarín."

- ¡Qué alegría! - dijo la reina - ya lo tengo cogido y no se llevará a mi hijo.

Por la noche se presentó el enano delante de la reina. Esta le dijo: - ¿Te llamas Sinforoso? - ¡No! - decía riendo el enanito. - ¿Te llamas Filipón? - ¡No, no! - Te llamarás... ¿El Enano Saltarín? Al oír esto el enano dió un salto y salió huyendo dejando un rastro de humo. La reina vivió feliz con su hijo, su esposo y su anciano padre molinero.

 

 

 

 

 

 

El Lobo y los siete Cabritos

En un viejo bosque vivía una cabra con sus diete hijitos. Un día dijo la cabra a sus cabritos: Voy a ir al bosque a traer hierbas para comer. No salgáis de casa, y sobre todo no abráis la puerta a nadie hasta que yo vuelva. Ya sabéis que el Lobo suele estar rondando la casa, y si abrís la puerta os comerá a todos.

La señora cabra se despidió de los cabritos, y se fue al bosque. El Lobo estaba escondido cerca de casa, y al poco rato, decidido a comerse a los siete cabritos, llamó a la puerta.

- ¿Quién es? - preguntaros los cabritos.

- Soy vuestra tía, y os traigo golosinas - contestó el Lobo. Pero los cabritos dijeron: -Nuestra tía no tiene la voz tan ronca. No te abrimos. Tú eres el Lobo. El lobo se puso furioso al verse descubierto.

Se fue al pueblo y se comió un gran trozo de tiza, con lo cual su voz se hizo muy fina, y volviendo a la casita de los cabritos, llamó diciendo: - Abrir que soy vuestra tía, y os traigo ricas golosinas. - No eres nuestra tía - dijeron los cabritillos - nuestra tía no tiene esa pata tan negra que estamos viendo por debajo de la puerta. No te abrimos porque eres el Lobo.

El Lobo marchó enfurecido otra vez; se fue a cada de un molinero, y le dijo: - Échame haría en las patas. Si no lo haces te comeré. El molinero muerto de miedo, cubrió de harina las negras patas del Lobo, y éste se dirigió de nuevo a la casa de los cabritillos, y dijo: - Abrid hijos míos, soy vuestra madre que os traigo un regalo del bosque.

Los cabritillos miraron por debajo de la puerta, y al ver la pata blanca le creyeron. Abrieron la puerta y el Lobo entró dando saltos- ¡Pobres cabritillos! Uno se escondió en el armario, otro en el baúl, un tercero en el horno, y otros en el aparador, en la fregadera, debajo de la cama y, el más pequeño, en el reloj. Pero, uno por uno, los encontró el Lobo, y los devoró. Sólo el pequeñín, que estaba en el reloj, se salvó. Después de su banquete el Lobo salió de la casita y se tumbó a dormir debajo de un árbol.

Cuando volvió la señora Cabra a la casita y vio la puerta abierta, se asustó mucho. Entró y vio a todos los muebles destrozados por el Lobo, y desesperada empezó a llamar a sus hijitos. Entonces salió del reloj el más pequeño de los cabritillos, y llorando, le contó a su madre todo lo que había ocurrido durante su ausencia, y cómo el Lobo, después de buscarlos por toda la casa, había devorado a sus seis hermanitos.

¡Pobre señora Cabra, y pobre cabrito pequeñín! Se abrazaron llorando, y salieron de casa sin saber que hacer. De pronto vieron al Lobo que estaba durmiendo debajo de un árbol, al lado del río. La enorme barriga del Lobo se movía mucho. ¿Vivirían aún los cabritillos?

La señora Cabra dijo al pequeñín que fuera a casa y le trajera hilo, aguja y tijeras. Así lo hizo el cabritillo, y su  mamá le cortó la barriga al Lobo, cuidando de no despertarle. Y de allí salieron uno detrás de otro, los seis cabritos que se había comido el Lobo, y abrazaron llenos d alegría a su mamá.

Sin embargo, era necesario no perder un instante. La señora Cabra hizo que reunieran muchas piedras, y con ellas llenaron la barriga del Lobo; después de lo cual la señora Cabra volvió a coserla con cuidado.

Cuando el Lobo despertó, sintió mucha sed, y se acercó al río a beber. Sentía mucho peso en la barriga, pero él creía que era por los cabritillos que había comido. Y al inclinarse a beber, el peso de las piedras le arrastró al río, y allí se ahogó, el malvado Lobo, en justo castigo de su perversidad. Y la señora Cabra y los siete cabritos bailaban llenos de contento.

 

 

 

 

 

 

Aladino o la Lámpara Maravillosa

Hace muchos años vivió en la China un pobre sastre llamado Mustafá. Pero murió, y la viuda quedó en la miseria con su hijo Aladino. Un día jugaba Aladino en la plaza, cuando se le acercó un extranjero y le abrazó llorando: - Yo soy hermano de tu padre - dijo -: Di a tu madre que iré a verla, y llévale este dinero. Mañana iremos a pasear.

Aladino contó el suceso a su madre, quien se mostró extrañada de que su marido tuviera tal hermano. Pero no tuvo inconveniente de que Aladino paseara con el generoso extranjero. Al día siguiente fueron caminando y llegaron muy lejos. Aladino quiso volver, pero su tío se negó, diciendo que debía obedecerle. Le ordenó juntar unas ramas secas, y después las prendió fuego. Cuando se desvaneció el humo apareció una losa con una argolla. - Levanta esa piedra - ordenó el extranjero -; verás una escalera y bajarás por ella. Al fondo hay un jardín lleno de frutas maravillosas. Más adelante hallarás una lámpara. Tráemela.

Lleno de temor, hizo Aladino lo que aquel hombre le mandaba. Pero, al regresar con la lámpara, recogió del jardín varias piedras de colores para enseñárselas a su madre. Cuando estaba al pie de la escalera, temió que se le cayeran las piedras de colores, y dijo: Tío, dame la mano para subir. - Pero aquel mago extranjero le ordenó que le entregara primero la lámpara, y al ver que Aladino seguía rogándole que le ayudara a subir, montó en cólera y pronunciando unas mágicas palabras, la losa de la entrada se cerró sobre Aladino.

Aladino se echó a llorar. ¿Qué iba a ser de él encerrado en la cueva? De pronto frotó sin darse cuenta un anillo que el mago le regaló el día anterior, y apenas lo hizo apareció un Genio, que le dijo: Mándame, señor. Yo soy el esclavo del anillo.

Aladino rogó al Genio que le trasladara a su casa, y apenas lo dijo cuando se encontró en ella.

Desde entonces, todo fue bienestar en casa de Aladino, pues el Genio proporcionaba cuantas cosas necesitaban. Pero un día Aladino se enamoró de la hija del Emperador. Entonces envió a su madre a palacio, quien ofreció al soberano en nombre de Aladino las piedras preciosas que recogió en el jardín maravilloso, las cuales representaban una fortuna, y le pidió para Aladino la mano de la princesa.

Ante aquel magnífico regalo, el Emperador imaginó que Aladino debía ser muy poderoso, y dijo que concedería la mano de su hija con una condición: Aladino debía ofrecer a la princesa un palacio digno de su belleza. Aladino frotó la lámpara y apareció el Genio, a quien ordenó: - Es preciso que me construyas esta noche un palacio cien veces más rico y lujoso que el del Emperador.

El Genio cumplió al momento el mandato. El emperador cumplió su palabra y Aladino casó con la princesa.

Pero un día llegó el falso tío de Aladino disfrazado de mercader, gritando ¡Cambio lámparas nuevas por viejas!, y la princesa que desconocía el poder de la vieja lámpara maravillosa de Aladino, se la cambió por otra nueva al mago. Esto iba buscando el perverso extranjero, y frotando la lámpara ordenó al Genio que trasladara el palacio con todo lo que tenía dentro a un país lejano.

Aladino se hallaba de caza, y cuando regresó, todo había desaparecido. EL Emperador, furioso, le amenazó: ¡te cortaré la cabeza si no rescatas a mi hija! Por suerte, Aladino conservaba el anillo mágico, y llamó al Genio, pidiéndole que le llevara a su palacio perdido. Así lo hizo el Genio, y poco después Aladino y la princesa se abrazaron llenos de alegría. ¿Cómo se librarían del terrible mago?

Aladino ordenó al Genio del anillo que se llevara al mago a un país del que no pudiera volver nunca, y así se hizo. Después frotó la lámpara maravillosa, y el Genio los trasladó con el palacio a su antiguo reino. Todo el pueblo los recibió con alegría y ya siempre vivieron muy felices.

 

 

 

 

 

 

Piel de Asno

Cuentan las viejas leyendas que hubo una princesita huérfana, tan bella, que su padrastro, el Rey, quiso casarse con ella. La princesita lloró desconsolada, y pidió consejo a una sabia anciana. Y la anciana dijo así: - El Rey tiene en gran estima un asno que le proporciona oro todos los días. Pedidle la piel del asno, a cambio de casarte con él, y veréis cómo os la niega.

La princesita siguió los consejos de la anciana. Pero cuál no sería su pena, cuando, al día siguiente, le entregó el Rey la piel del asno muerto. Ya no tenía más remedio que casarse con el Rey, a quien no amaba la desgraciada princesita.

Entonces, su hada madrina dijo: - Cúbrete con la piel del asno y huye esta noche del castillo. En este arcón meterás tus vestidos y alhajas, y adondequiera que vayas, el arcón te seguirá por debajo de la tierra. Aléjate envuelta en tu piel de asno, y así nadie podrá reconocerte.

Y aquella misma noche, huyó la princesita cubierta con la piel de asno y nadie la reconoció bajo su disfraz.

La princesita anduvo toda la noche y todo el día siguiente. Y andando, andando, llegó a otro país. Iba cubierta de harapos, y llamó a la puerta de una granja pidiendo trabajo. Y los dueños se rieron de la pobre niña, y le dijeron: - Está bien; puedes quedarte. Cuidarás de los cerdos, Piel de Asno.

Y desde entonces todos la conocieron por el nombre de Piel de Asno. Ella trabajaba todo el día entre las inmundicias de la pocilga, y por la noche, terminado el trabajo, se encerraba en su cuarto, y sacando del arcón que le había seguido bajo tierra, sus preciosos vestidos, se engalanaba primorosamente sin ser vista por nadie. ¿Por nadie?

Aconteció que, cierta noche, el príncipe de aquel país pasó por allí y se le ocurrió mirar por el agujero de la cerradura. Al ver a Piel de Asno, radiante de hermosura, se enamoró de ella de tal modo, que llegó a enfermar. Y ninguno de los sabios doctores del reino acertaba a curar la extraña dolencia del príncipe. ¿Qué medicina le harían tomar para devolverle la salud?

El príncipe preguntó a los granjeros quien era aquella joven tan linda que él había visto en aquel cuarto; y ellos contestaron: ¿Cómo habéis podido fijaros en ella, señor? Es Piel de Asno, la que cuida de los cerdos.

El príncipe perdió el apetito, y los médicos opinaron que si no lograban hacerle comer, moriría. - Que me haga Piel de Asno un pastel y comeré - dijo el príncipe.

Los cortesanos se horrorizaron. ¡Cómo iba  a hace un pastel para el príncipe; Piel de Asno! Pero consintieron en ello, para impedir que muriese de hambre. Piel de Asno fue llevada a palacio, donde confeccionó un riquísimo pastel. Pero mientras preparaba la masa, se le cayó dentro de ella un precioso anillo que llevaba en uno de sus dedos. Cuando el pastel estuvo preparado, se lo llevaron al príncipe que lo comió con mucho apetito.

Al cortarlo con el cuchillo, tropezó dentro del pastel con el anillo de Piel de Asno, y casi en el mismo instante se sintió sano el príncipe. Se levantó de la cama y dio orden al pregonero real de que convocara a todas las doncellas del reino.

Aquella doncella a cuyo dedo ajustara exactamente la sortija, sería elegida por el príncipe para esposa.

Al momento empezaron a acudir muchachas de todos los puntos del país, con la esperanza de que la sortija les quedara ajustada, pero ninguna tuvo tal suerte.

Primero se probaron el anillo las duquesitas, condesitas y, en fin, las jóvenes más nobles del país; al final, las mujeres humildes, las pastoras, las sirvientas. Entre todas ellas no pudo encontrarse ningún dedo que ajustara al anillo.

La última en probárselo fue Piel de Asno y cuando llegó su turno, todos los presentes observaron con asombro que el anillo le sentaba perfectamente.

Entonces, Piel de Asno tiró al suelo la sucia piel que cubría sus vestidos, y apareció radiante de hermosura ante el príncipe, quien reconociendo en ella a la doncella que tanto le enamoraba, se casó con ella, y vivieron muy felices muchos años. Y así termina la historia de la linda princesita, a quien llamaban Piel de Asno.

 

 

 

 

 

 

El Músico Maravilloso

Érase un músico que sabía tocar el violín maravillosamente, pero como los tiempos eran malos y él solo no ganaba lo suficiente, pensó buscarse un compañero para formar compañía.

Internose en un bosque en el cual pronto resonaron las melodiosas notas del violín. Un lobo que por allí cerca se encontraba, acercose al músico y le dijo: - ¡Qué bien tocas amigo! ¡Si me enseñaras, yo sería un buen compañero para ti! - y mientras esto decía acompañaba al músico.

No gustó a éste tal amistad, pues los lobos son fieras muy dañinas. Siguieron andando y llegaron junto a un roble. Entonces dijo el músico: - Mira, si quieres aprender a tocar, tendrás antes que meter tu pata en esta grieta que tiene el tronco del roble. El lobo obedeció. El músico entonces cogió una gran piedra y con ella clavó las uñas del lobo en el tronco, dejándole prisionero.

Siguió andando el músico maravilloso, diciendo para sí: - ¡Debo buscarme otro compañero! - Y se puso a tocar el violín, como él solo sabía hacerlo. Al momento se le presentó un zorro, que murmuró: - ¡Oh, qué hermosa música! - Enséñame a tocar, señor músico.

Tampoco agradó al violinista la compañía del zorro, y le dijo que si quería aprender, tendría que dejarse atar una pata al tronco de un avellano. El zorro consintió en ello. De esta manera, el músico le dejó bien atado y continuó solo su camino.

- Tal vez ahora encontraré un buen compañero - pensaba -; tocaré otra vez -. Al oír la música se acercó una liebre, quien dijo así: - Jamás oí a nadie tocar como tú lo haces. -¿Quieres enseñarme? - Lo haré con mil amores - respondió el músico -. Pero has de hacer lo que yo te mande.

Sujetó el extremo de una cuerda al tronco de un árbol, y ató otro en el cuello de la liebre, diciéndola que diera veinte vueltas alrededor del árbol lo más deprisa que pudiera.

La estúpida liebre hizo lo que le mandaba, pero en cuanto dio las veinte vueltas se encontró presa junto al tronco. Por más que tiró y tiró de la cuerda, no se pudo soltar, quedando allí sujeta.

El músico maravilloso siguió su camino sin dejar de tocar el violín. Pero el lobo había conseguido sacar su pata de la grieta del árbol, y se vio libre. Furioso contra el músico echó a correr pensando comérselo en cuanto le alcanzara. Iba corriendo, corriendo, cuando oyó al zorro que le gritaba: - ¡Eh!, hermano lobo, ayúdame a soltarme y juntos cazaremos a ese maldito músico. El lobo le ayudó a soltarse y ambos siguieron corriendo por el bosque.

Al pasar junto a la liebre, ésta pidió auxilio, y también la libertaron, poniéndose los tres en persecución del músico.

Pero éste había encontrado por fin un compañero de su agrado. Era un pobre leñador, quien al oír la música maravillosa, no pudo menos de acercarse al lado del hombre que también tocaba. Y como al músico le complació mucho aquella compañía, no le hizo alguna jugarreta, sino que tocó él sus más bellas canciones.

Estaba el buen leñador escuchando embelesado, cuando vio que se acercaban corriendo el lobo, el zorro y la liebre. Conoció que venían furiosos y decididos a atacar al músico maravilloso. Así es que sin vacilar ni un momento, se colocó delante de su amigo el gran artista, dispuesto a luchar por él.

Amenazó con su enorme hacha a los tres iracundos animales que se acercaban, diciéndoles: - ¡Alto ahí, señores! ninguno de ustedes le hará el menor daño, porque aquí estoy yo para defenderle.

El lobo, el zorro y la liebre, que vieron tan decidido al leñador, detuvieron su carrera y se asustaron tanto que inmediatamente huyeron por el bosque, corriendo temerosos de aquel hombre.

Entonces echaron a andar el músico maravilloso y su amigo el leñador. Y en el aire  sonaron las maravillosas notas del violín, tocado por el músico en honor a su buen amigo.

Fueron desde entonces inseparables compañeros, y ganaron mucho dinero, siendo los dos muy felices.

 

 

 

 

 

Alí Babá y los cuarenta Ladrones

Alí Babá era muy bueno; pero era pobre, muy pobre. Tenía que ganarse la vida recogiendo leña en el monte, porque su envidioso hermano Beni Casim, aunque era muy rico, no le ayudaba.

Un día, hallándose en el monte, vio venir a cuarenta ladrones, quienes se detuvieron ante la montaña. El jefe de los ladrones dijo: "Sésamo ábrete", y en la montaña se abrió un hueco por donde entraron todos los ladrones.

Al poco rato volvieron a salir, y el jefe dijo: "Sésamo, ciérrate", con lo cual volvió a cerrarse la montaña. Luego, los ladrones se alejaron.

Cuando Alí Babá se vio solo, se acercó a la montaña, y pronunció las misteriosas palabras: "Sésamo ábrete", y como la vez anterior, se abrió la montaña. Entró por el hueco Alí Babá, y se encontró una cueva llena de tesoros. Allí guardaban los ladrones el oro, alhajas y cuanto objetos de valor robaban. ¡Qué riqueza tan fabulosa había en la cueva!

Alí Babá cargó de oro las alforjas de su borrico y salió de la cueva. Entonces pronunció las palabras: "Sésamo ciérrate", que oyó decir al jefe de los ladrones, y la montaña volvió a cerrarse. Después de lo cual el buen Alí Babá, regresó al pueblo con su fortuna, lleno de contento.

Beni Casim, el hermano envidioso, al conocer lo sucedido, hizo que Alí Babá le dijera cuáles eran las palabras mágicas que abrían y cerraban la cueva. Hecho esto, preparó veinte mulas, y con ellas se dirigió a la montaña, lleno de ambición, deseoso de recoger todos los tesoros de la cueva.

Pero una vez dentro, en su avaricia, olvidó las mágicas palabras. Y al regresar los ladrones le mataron.

Viendo que su hermano que no regresaba, fue a buscarle Alí Babá a la cueva, y le encontró muerto. Lleno de pena cargó  en el borrico a su hermano y le llevó a enterrar al pueblo.

Otra vez volvieron los cuarenta ladrones a la cueva, y vieron que alguien se había llevado el cuerpo del hombre matado por ellos. Por tanto, alguien conocía el secreto de cómo se abría y cerraba la montaña.

Se pusieron a hacer indagaciones, y descubrieron que Alí Babá era el que había llevado al pueblo el cadáver. Por tanto él era quien conocía el secreto.

Entonces cada ladrón se metió en una tinaja, y el jefe de los ladrones las cargó todas en una recua de mulas, y haciéndose pasar por mercader, llegó a casa de Alí Babá y pidió en ella hospitalidad para pasar aquella noche, lo cual le fue otorgado.

El jefe de los ladrones descargó las tinajas, diciendo que estaban llenas de aceite, y las fue dejando en el patio. Después, Alí Babá invitó a comer al falso mercader, sin sospechar que este pretendía asesinarle.

Al poco rato bajó una esclava al patio. Un ladrón creyó que era su jefe, y preguntó desde dentro de la tinaja: - ¿Es ya hora de que salgamos a matar a Alí Babá, jefe?

La esclava vio que en cada tinaja había un ladrón. Entonces subió corriendo a la cocina, y volvió a bajar con un gran cubo de aceite hirviendo. Y con gran valor fue echando el aceite dentro de cada tinaja, y así mató a todos los ladrones que allí había. Una vez hecho esto, subió la esclava al salón donde estaban cenando Alí Babá y el falso mercader, y se puso a danzar delante de ellos con un puñal en la mano, y antes de que el jefe de los ladrones pudiera asesinar a Alí Babá, la esclava mató al malhechor, y refirió a Alí Babá cuanto acababa de ocurrir.

Alí Babá, muy agradecido a su esclava por haberle salvado la vida, la colmó de riquezas, y después repartió, entre los pobres, los cuantiosos tesoros que los cuarenta ladrones habían ido guardando en la cueva de la montaña. Y colorín colorado...

 

 

 

 

 

 

El Sastrecillo Valiente

Hace muchísimos años vivía en un lejano país un sastrecillo. Estaba cierto día cosiendo en su tienda, pero las moscas no le dejaban trabajar cómodamente. Disgustado por ello dio un manotazo y mató de un golpe a siete moscas.

El sastrecillo, lleno de orgullo, se hizo una bandolera con esta leyenda: MATÉ SIETE DE UN GOLPE, y metiendo en el bolsillo un pedazo de queso, marcho a recorrer el mundo.

Al pasar por el bosque encontró un pájaro y lo guardó también en su bolsillo. Al llegar a lo más alto de la montaña encontró a un gigante y éste se echó a reír al ver la bandolera del sastrecillo, que decía: MATÉ A SIETE DE UN GOLPE. El gigante cogió una piedra, y apretándola, la convirtió en arena. ¿Serías capaz de hacer esto?, preguntó.

El sastrecillo sacó el queso que guardaba, y haciendo creer al gigante que era una piedra, lo apretó y lo convirtió en agua. Cogió el gigante una piedra y la arrojó lejos, muy lejos.

El sastrecillo sacó el pájaro del bolsillo y lo lanzó al aire. El pájaro se perdió de vista, y como el gigante creyó que era una piedra, quedó asombrado ante la fuerza del sastrecillo, y propuso una última prueba.

Arrancó un gran árbol y pidió al niño que le ayudara a llevarlo. El sastrecillo dijo que él llevaría la parte de atrás, por ser la de más peso, y comenzaron a andar. Pero el sastrecillo se sentó en las ramas, cantando alegremente. - ¡Qué fuerza tiene! - pensó el gigante. - Yo apenas puedo con el tronco, y él va cantando.

Llegaron a la casa del gigante. Allí había otros dos gigantes más. El sastrecillo supo después que le querían matar. Se escondió, y los gigantes descargaron garrotazos sobre la cama donde creían que dormía el niño. Al día siguiente le vieron sonriente ante ellos, y tal espanto sintieron al verle, que huyeron al bosque muy asustados.

El sastre fue al palacio real y ofreció al Rey, librarle de los tres terribles gigantes a cambio de la mano de la princesa. El Rey accedió, y el sastrecillo volvió al bosque donde estaban durmiendo los tres gigantes. Se escondió, y tiró una piedra sobre uno de ellos. Éste despertó y miró enfadado a su compañero, creyéndole culpable. El sastrecillo tiró una nueva piedra al otro gigante, y luego otra al tercero. Cada uno de ellos se enojó contra los demás, y terminaron por golpearse tan fuerte, que se mataron los unos a los otros.

Cuando el sastrecillo mostró al Rey los gigantes muertos, el monarca se quedó maravillado. Pero antes de conceder la mano de su hija la princesa, quiso que el sastrecillo librara al reino de un ferocísimo jabalí que tenía atemorizados a los habitantes.

El sastrecillo dijo que sólo necesitaba para ello que le dieran una cuerda. Y con la cuerda en la mano se encaminó al bosque. Al llegar a el, se encontró con el terrible animal, y el sastrecillo echó a correr, perseguido por el jabalí, y cuando éste se disponía a clavarle los colmillos, dio un salto el sastrecillo y se escondió detrás de un árbol. El furioso jabalí no tuvo tiempo de detenerse, y el mismo impulso hizo que sus colmillos se clavaran en el tronco del árbol, y no los pudo sacar de allí.

El sastrecillo salió entonces de su escondite, y con la cuerda que llevaba ató rápidamente al terrible animal. Entonces ya no tuvo que hacer otra cosa que volver al palacio del rey y avisar a los soldados para que fueran a recoger el jabalí. ¡Qué valiente es MATÉ SIETE DE UN GOLPE!, decían todos al verle pasar.

El Rey cumplió la promesa que había hecho al sastrecillo valiente, y le concedió la mano de su hija. El sastrecillo se casó con la princesa, y recibió del Rey como regalo de boda la mitad del reino. Con todo ello vivió muy feliz el sastrecillo, y durante su reinado hizo muchas obras de caridad.

 

 

 

 

 

 

El Doctor Sabelotodo

Un pobre leñador, llamado Cangrejo, fue al mercado de la ciudad a vender una carga de leña que llevaba en su carro tirado por dos bueyes.

La criada de un médico le compró la leña y se la mandó llevar a su casa.

Cuando Cangrejo llegó, el médico se hallaba comiendo, y al pobre leñador se le iban los ojos tras los suculentos manjares que al doctor servían.

Nuestro hombre pensó que si él fuera médico podría comer y beber lo que quisiera. Y dirigiéndose al doctor, le preguntó si sería fácil hacerse médico. -Ya lo creo! - contestó éste -. No tienes que hacer más que comprar un abecedario de los que tienen un gallo pintado. Luego te haces dos flamantes trajes, y pones en la puerta de la casa un letrero que diga: "Doctor Sabelotodo", y a esperar clientela.

Nuestro buen Cangrejo se despidió del médico dándole las gracias, y sin meditar si era broma o no lo que le había aconsejado, volvió al mercado y vendió el carro y los bueyes; con el producto de la venta compró lo que el médico le indicara y muy ufano se fue a casa, donde después de explicar todo a su mujer, colocó sobre su puerta el letrero que decía: "Doctor Sabelotodo".

Cierto día llegó a casa un señor preguntando por el Doctor Sabelotodo. - Yo soy - contestó Cangrejo, alargándole la mano para saludarle.

Entonces el caballero dijo que habían robado su dinero, y quisiera que descubriera a los ladrones. Cangrejo le tranquilizó, diciéndole: - Yo, que todo lo sé, haré que recupere su tesoro.

El caballero ofreció pagarle con largueza, y montando en su carruaje partieron hacia un gran palacio. Los acompañó también la mujer de Cangrejo, llamada Margarita, pues el buen leñador no había querido ir sin ella.

Llegaron a la magnífica casa, y encontraron la mesa servida. El dueño invitó al Doctor Sabelotodo y a su mujer a que comieran con él, y se sentaron a la mesa.

Apareció el primer criado cargado con ricos manjares, y Cangrejo dijo a su mujer en voz baja: - ¡Margarita, ya llega el primero! - Esto se lo decía refiriéndose al primer plato. Pero el criado, que era uno de los ladrones, creía que lo decía por él y, al volver a la cocina, dijo a sus compañeros: - ¡Estamos perdidos! Ese doctor lo sabe todo y ha  adivinado que nosotros hemos robado a nuestro amo, pues cuando entré en el comedor, dijo a su mujer que yo era el primero.

Cuando el segundo criado entró a servirles, volvió a decir Cangrejo a su mujer, refiriéndose siempre a platos: - Margarita, éste es el segundo -. El criado salió lleno de miedo y comentó el percance con sus compañeros.

Volvió a ocurrir lo mismo con el tercer criado, y al llegar el cuarto, dijo el caballero al doctor Sabelotodo que adivinara lo que el criado traía en la fuente. Al verse en aquel apuro, el pobre leñador murmuró: - ¡Pobre Cangrejo! - Y como eran cangrejos lo que en la fuente había, creyó el dueño de la casa que el invitado lo había adivinado. Entonces el criado hizo una seña al falso doctor para que fuera a la cocina. Fuese este allí con una disculpa, y entonces los criados le confesaron que eran los autores del robo, pero que arrepentidos, pensaban devolverlo, puesto que él les había descubierto. Y ofreciéndole una buena recompensa si no les delataba a su amo.

El doctor aceptó y los ladrones le enseñaron donde estaba oculto lo robado.

Volvió Cangrejo al comedor y sentándose, dijo:  - Voy a leer en mi oráculo el sitio donde está escondido el dinero.

Y sacó su abecedario, donde empezó a buscar la hoja en que estaba pintado el gallo. Pero como las pasaba de dos en dos, no la encontraba. ¡Vaya! pues está ahí y tendrás que salir - gritó -. Y el quinto criado, que se había escondido tras de un armario, salió corriendo, creyendo que lo decía por él.

Por fin, Cangrejo dijo al caballero el sitio donde estaba oculto el tesoro y éste fue recuperado.

El "Doctor Sabelotodo" recibió del dueño una fuerte cantidad, y otra de los criados, por no haberlos delatado, y así se hizo rico.

 

 

 

 

 

 

El Ruiseñor

Había una vez un Emperador de la China, que se vanagloriaba, es decir, estaba orgulloso de que en su palacio y en su jardín, se agrupaban las cosas más bellas de la tierra.

Todos los visitantes que veían aquellas obras de arte quedaban embelesados, pero más que el palacio de porcelana y las flores con campanillas de plata del jardín, entusiasmaba una maravilla que el Emperador poseía sin saberlo.

En el más oculto rincón de su palacio vivía un ruiseñor, que durante las noches de luna plateada, cantaba de un modo tan sublime que cuantos le escuchaban quedaban extasiados.

Su fama llegó hasta el Emperador, quien llamó a su camarero mayor y le dijo: - Quiero tener al ruiseñor esta misma noche en mi palacio.

Todos aquellos que fueron interrogados por el camarero mayor dijeron que nunca habían oído más ruidos en el jardín, que los producidos por el tintineo de las campanillas de plata o el del viento al colarse entre las pagodas de porcelana. Hasta que un humilde pinche de cocina dijo: - Yo sé donde vive el ruiseñor.

Un gran cortejo dirigiose entonces al lugar donde vivía el pájaro, y el camarero mayor le dijo: - Nuestro señor el Emperador desea oírte cantar esta noche, y ordena que vengas conmigo a su palacio. - Con mucho gusto - dijo el ruiseñor en un gorjeo -. Pero mi canto es más bello entre estos árboles que dentro de palacio.

La mansión del Emperador resplandecía como una tacita de plata recién bruñida, y se había dispuesto una percha de oro para que se acomodara en ella el ruiseñor.

Se hizo un gran silencio y el avecilla comenzó a cantar. Tan dulcísimo era su canto, que dos grandes lágrimas rodaron por las mejillas del conmovido Emperador. - ¿Qué quieres en recompensa? - dijo al ruiseñor. -Nada - respondió éste; - tus lágrimas son mi recompensa. - Sin embargo - replicó el Emperador -, mi gratitud será grande. Nunca saldrás del palacio, donde serás reverenciado como hacen conmigo.

Así sucedió, en efecto, Pero veréis lo que ocurrió después, queridos niños.

Un día, llegó al palacio una artística cajita. Era un regalo del Emperador del Japón. Fue abierta ante la expectación de todos y apareció un ruiseñor, exactamente igual al del palacio, pero hecho de oro y plata y cubierto de piedras preciosas.

Se le dio cuerda con una llavecita de oro y comenzó a trinar, casi tan bien como el verdadero ruiseñor. ¡Maravilloso, maravilloso! - exclamaron los cortesanos. - Además, su plumaje es mucho más bonito. ¡Este vale más, mucho más!

El verdadero ruiseñor, dolorido de la ingratitud de los hombres, volvió a sus tranquilos bosques.

Pasó el tiempo, y el ruiseñor artificial, que había sido colmado de riquezas y títulos, quedó un día mudo y callado. Su mecanismo se había estropeado y no hubo en el reino artesano que supiera arreglarlo. El Emperador entristeciose y comenzó a languidecer, hasta que enfermó seriamente y su vida se puso en peligro. Tan grave estaba un día, que al abrir los ojos vio a la Muerte sentada a la orilla de la cama. Habíase apoderado ya de su cetro y su corona, y tenía su guadaña en la mano..., cuando, de pronto y desde una ventana que había a la cabecera de su lecho, se oyó un dulce trino que desembocó al poco en un armonioso concierto.

El verdadero ruiseñor, olvidando la ingratitud del Emperador, había venido a cantar para él, al saber que estaba enfermo.

Su suave canto entusiasmó a la Muerte, que le dijo: - Canta más ruiseñor.

Cantó el pajarito una canción que hablaba de un florido cementerio, donde las rosas perfuman el aire y la hierba crece regada por lágrimas.

Sintiendo ganas de contemplar su jardín, la Muerte olvidó al Emperador y se fue por la ventana más próxima. - Gracias , pequeño cantor - dijo el Emperador - Con tus cantos me has salvado la vida. - Con gusto cantaré siempre para vos - contestó el ruiseñor - con la condición de que me dejéis ir de vez en cuado a visitar mi rinconcito del parque.

Y mientras vivió el Emperador, el ruiseñor cantó siempre para él.

 

 

 

 

 

 

El Barón de la Castaña

El Barón de la Castaña era un hombre que aseguraba no haber dicho nunca una mentira. Y contaba que una vez fue de caza con más de quinientos perros, y era tal la cantidad de jabalíes que había en el bosque, que no se veía el bosque.

El Barón se encontró ante un jabalí que pesaba más de cien arrobas, el cual acometió al caballo, y le hizo tiras en diez segundos. Lo hizo con tal rapidez, que cuando se dio cuenta el Barón estaba montado sobre un esqueleto. El Barón entonces se montó sobre el jabalí y consiguió dominarle con un narcótico, con lo cual el jabalí quedó cazado.

Otra vez, durante una gran batalla, le hicieron prisionero y fueron a fusilarle con una bala de cañón. ¿Qué hizo el Barón de la Castaña? Cuando dispararon el cañón esperó a que la bala llegara junto a él, y dando un salto en el aire, se montó sobre ella. La bala continuó su camino, atravesó valles, montañas, ciudades, y llegó a pasar sobre el mar. Entonces vio el Barón una ballena, y soltando la bala se dejó caer sobre la ballena. Se hicieron los dos muy amigos, y la ballena le llevo hasta la playa, donde se separaron.

Otro día, iba por un camino y encontró un hombre tan veloz, que si no se ataba grandes pesos en los pies, daba la vuelta al mundo en un decir amén. Vio también un cazador capaz de hacer blanco a dos millones de kilómetros de distancia.

Cerca de allí, observó un hombre forzudo, que se entretenía moviendo las montañas de un lado a otro. Repentinamente se levantó un potente ventarrón. Aquel aire lo producía un hombre soplando por solo un agujero de la nariz, porque si soplaba por los dos, arrancaba las casas de sus cimientos.

El Barón propuso a aquellos cuatro hombres prodigiosos: Venid conmigo a la corte de Turquía. Os pagaré bien. Y acompañados por aquellos seres extraordinarios, fue el Barón a Turquía.

El Sultán se hizo gran amigo del Barón de la Castaña, y todos los días comían juntos. Un día dijo el Barón: - En la corte de Austria existe un vino mejor que el vuestro, Sultán. - ¡Eso es imposible! - dijo el Sultán enfadado -. Va a buscar una botella mi criado - dijo el Barón. - Estará de vuelta antes de una hora. Me juego la cabeza. Y si gano, me daréis los tesoros que pueda llevar un hombre. - Acepto - dijo el Sultán. El Barón dio sus órdenes al hombre veloz, y éste partió inmediatamente. Ya iba a expirar el plazo convenido, pero el hombre veloz no regresaba. El hombre de gran vista dijo: Está durmiendo a las puertas de Viena. Tiene una botella debajo del brazo. Entonces disparó su escopeta contra el sombrero del durmiente, quien despertó y se puso en marcha velozmente, pero dando grandes rodeos para no llegar demasiado pronto. Y dijo el de la vista de lince: Llegará a tiempo. Solamente le faltan unas trescientas leguas.

Un minuto antes del plazo señalado llegó el hombre veloz, con la botella. El Barón había ganado la apuesta, y envió al hombre forzudo a la Tesorería, y nuestro hombre cargó con todas las riquezas del Sultán, y aun le sobraba fuerza para cargar con otro tanto peso. Por encargo del Barón llevó todo ello a un barco.

Y se embarcó en el, él Barón de la Castaña con sus cuatro criados. Pero el Sultán al ver que después de cargar el hombre forzudo con todas las riquezas, le dejaba a él en la mayor miseria, decidió impedirlo y envió a todo su ejercito contra el Barón de la Castaña.

Pero cuando éste vio venir a los soldados enemigos exclamó: ¡Sopla en las velas del barco, amigo! - Y el criado que soplaba, empezó a hacerlo. Aquel viento hizo mover el barco, y se hizo a la mar, llegando a su país el Barón de la Castaña y sus cuatro prodigiosos criados con las riquezas del Sultán, con las cuales vivieron holgadamente.

 

 

 

 


Comentario: Poncio Emiliano.


 


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