Aquí os muestro una pequeña historia, que podía haber vivido cualquiera. Nació en un Foro. En el se propuso escribirla, de manera que participaran varios autores. Pandeangel, Jazmín y Poncio Emiliano, que es, quien os la ofrece. No hubo acuerdo previo de tener un esquema del desarrollo, se empezó, y el que seguía tenía que tomar la historia como le llegaba. Fue una buena experiencia. Espero que os agrade.

En la zona superior de cada apartado, figura el autor.

Mi agradecimiento a Pandeangel, en cuyo Foro se hizo realidad esta idea.


Pandeangel

Marta miró la casa. Había estado muchas veces allí. Aún recordaba cómo su tía Carmen le reñía, medio en broma medio en serio, cada vez que emprendía una loca carrera por aquel largo pasillo. Todo era alegría entonces. Ahora en cambio el silencio era absoluto.

Sin apenas darse cuenta empezó a recorrer las habitaciones, una por una. Al llegar al dormitorio de su tía sintió algo parecido al remordimiento por entrar en lo que siempre había sido su santuario. Nunca le dijo que no traspasara aquella puerta, pero siempre, sonriendo siempre, la animaba a salir cerrando después. Casi creyó oírla acercase tras ella. Terminó de entrar, se acercó al tocador y deslizó sus dedos por los frascos debidamente ordenados, el cepillo del pelo... el joyero. Lo abrió despacio. Dentro no había gran cosa como esperó. Tan sólo una pulsera. Entonces recordó el anillo. Introdujo la mano en su bolsillo y lo tocó. Era de plata. Una sencilla alianza, ancha de tamaño pero sin ningún adorno. Lo acarició. La tía Carmen debió saber que todo se terminaba.

Hacía dos noches se quedó con ella en la habitación del hospital. Entonces fue cuando la anciana la miró, miró el anillo que siempre le había visto puesto, se lo sacó del dedo anular y se lo entregó mientras le pedía que se lo pusiera y que nunca se lo quitara. Lo hizo, aunque luego le molestó puesto que nunca llevaba nada en las manos y lo metió en el bolsillo. Esa mañana la tía Carmen murió y no volvió a recordarlo... hasta ese momento. Se lo volvió a poner. Cogió la pulsera de aquel pequeño joyero y leyó la inscripción que constaba, casi escondida, en la parte posterior. Delante, el nombre de su tía. Se quedó pensando.

Nunca había oído ninguna historia de amores relacionada con Carmen. Siempre pensó que era una mujer solitaria, alegre pero con un fondo de tristeza que sólo se advertía al mirarla profundamente a los ojos. Entonces el destello se apagaba y algo muy hondo surgía en su mirada. Una tarde, siendo ella niña, le preguntó si nunca se había casado. La mujer la miró y no le contestó, pero sonrió de una forma...

Marta se quitó el anillo y lo miró fijamente por su parte interior. Había algo escrito pero era tan pequeño y estaba casi borrado. No conseguía verlo. Buscó una lupa por los cajones pero no encontró ninguna. Volvió a colocarse el anillo. Más tarde intentaría leer aquella inscripción. Volvió a colocar la pulsera en el joyero, cerrándolo. Miró de nuevo la habitación. Esa noche se quedaría a dormir en aquella casa. Tenía que revisar papeles, cosas... y decidir qué hacer. Su tía le había dejado aquel lugar como herencia. No tenía nada más.

Se sintió intrigada por la pulsera y el anillo. Lentamente lo acarició puesto en su dedo. Quería saber qué significaba y el por qué su tía Carmen siempre lo llevó. Apagó la luz y se dirigió al salón.  

Poncio Emiliano 

Encendió la luz del salón. Notó que la iluminación era escasa, claro, de las seis lámparas, había tres fundidas. Es lo de siempre cuando una persona anciana vive sola, y no se puede valer, hasta las cosas sencillas son difíciles. Ella tuvo que depender los últimos años de su vida de vecinas y amigas, ya que su pensión asistencial le daba para vivir con escasez.
Era una mujer de otro tiempo. Se hizo mayor trabajando en casa, hasta que sus padres murieron.
En un rincón del salón, había un viejo piano. Marta se acercó, abrió su tapa y tocó un poco del Claro de Luna. Por los sonidos tan desafinados, más parecía una Luna en noche de borrasca.
Marta, estaba triste. Carmen la había dejado, y con ella se fueron muchos de los recuerdos que compartían, ya no podría hablar de ellos con nadie, sólo les pertenecería a ella.
Se acercó al viejo tocadiscos, y lo puso a funcionar. La canción de Mirando al Mar de Jorge Sepúlveda la envolvió.
¿Por qué su tía oía aquel disco constantemente? ¿Tuvo un amor de verano? Nunca lo supo.

Años pasó Carmen enclaustrada en aquella casa, su artrosis no le permitía muchas salidas. Eso tiene la vida, pasan los años, y cuando te das cuenta, todo lo acumulado en una casa, incluso aquel cuadro que motivó un enfado en una herencia, había que dejarlo. Lo que en tanto tiempo se acumula, en minutos se abandona.

Marta no sabía que hacer con todo aquello, eran también parte de sus recuerdos, no quería que acabaran en algún mercadillo callejero.

No solía fumar, se sentó en una vieja mecedora, sacó un cigarrillo, y comenzó a ver ascender el humo, mientras pensaba en la realidad de la vida, en su tía Carmen, y en el anillo. 

Jardín 

Y recordó fugazmente que en el lecho de muerte, su tía Carmen también le dijo que había una caja llena de recuerdos, papeles, fotografías, bajo la cama de su habitación. Y ese pensamiento le arrancó una sonrisa, debajo de la cama...típico de la gente mayor.

De pronto se dio cuenta de la hora que era, las once de la noche. Y se acercó a la cocina pensando que tendría que comer algo. La despensa de la tía, grande en tamaño y...escasa de refrigerios. Unas latas de pimientos y poco más. Si, claro, allí estaban los tarros de mermelada de ciruelas, fresas y manzanas que con mucho trabajo pero sobre todo con mucha dedicación y amor había elaborado la tía. Recordó cómo siendo niña, correteaba por aquella casa, las puertas siempre abiertas, en el huerto recogiendo fruta para hacer mermelada casera. Vete a saber de cuando estaban, la gente mayor y sus manías de no poner fechas en nada... Pensó que lo de tomar algo, mejor lo dejaba para mañana y se iría a la cama.

A la cama, ¿a cual?, "una caja debajo de mi cama"... y allí estaba. Una caja antigua, como la tía, forrada en aquel papel de estraza que les servía para todo, cuantos recuerdos le trajo aquel papel. Allí envolvían los bocadillos de pan...se puede decir porque dentro aparte de miga había poco más.
Abrió la caja y se quedó parada, todo lo que había estaba perfectamente ordenado, papeles con gomas, muchas fotografías, dos rosarios, unos retratos de vírgenes que vete a saber quienes eran, unos guantes muy viejos, blancos, como de primera comunión, unos mechones de pelo..., una Biblia pequeña,

Lo primero que desató fueron las fotografías. Familiares, de los abuelos, muchas de ellas se notaba el paso del tiempo y alguna grasa que cayó encima. También había 2 fotografías de un colegio?, ¡no! había una pequeña placa en su puerta principal. Era un edificio viejo, sobrio, con muchas ventanas pequeñas, muchas; estaba todo él en el centro de un gran terreno vallado. La placa...Orfanato. 

Pandeangel

Marta desató la cinta que envolvía las cartas. Casi sintió que cometía un sacrilegio, pero al mismo tiempo creyó escuchar la voz de su tía diciendo "Ábrelas". Las miró. Estaban colocadas en orden. Comenzó a leer la primera, la más antigua:

"Amor mío: no sé cómo explicarte esto, pero tengo que hacerlo porque lo que siento por ti no me permite seguir ocultándotelo. Todo este tiempo, desde que nos conocimos, he sido la persona más feliz del mundo. Pero tengo a alguien en mi vida ahora mismo. No significa nada. Sólo tú. Y quiero prometerte algo cuando sé de tu sorpresa y quizás de tu desconfianza hacia mí por lo que acabo de decirte: sólo te amo a ti. Sólo a ti, y esta misma noche, ahora mismo, voy a decirle a ella que me he enamorado y que la voy a dejar. Te amo. No lo olvides nunca".

La carta estaba fechada muchos, muchos años antes. Marta se quedó mirando, absorta en lo que acababa de leer. Su tía Carmen había tenido un amor. Miró de nuevo la fecha de la carta. Hizo mentalmente cálculos. No había sido una chiquillada. La tía tendría... no fue una chiquillada de juventud.

Miró de nuevo las fotos, buscando, pero sólo encontró las de los abuelos, los tíos, los primos... Nadie a quien no conociera, nadie a quien no hubiera visto antes.

La foto del viejo edificio estaba apartada. Sin darse cuenta la había puesto a un lado. Volvió a cogerla. Orfanato. Eso rezaba en su fachada. No entendía nada.

Marta perdió a su madre siendo muy niña. Su padre se desesperó y volcó todas sus energías en la pequeña tienda que tenían. La tía se hizo cargo de aquella pequeña que no se daba realmente cuenta de muchas cosas.

Aquella foto no parecía demasiado antigua. No como las que tenía al lado de sus abuelos, o de sus tíos jóvenes. Debía ser más cercana en el tiempo. Debajo del gran letrero aparecía otro más pequeño, que resultaba ilegible a la mirada. De nuevo sintió que tenía que buscar una lupa. Recordó la pulsera y sobre todo el anillo. Volvió a acariciarlo en su mano. De pronto recordó que Carmen lo llevaba siempre en la izquierda. Ella sin pensarlo se lo había colocado en la derecha. Sintió como una quemazón que sonaba a arrepentimiento, y se lo cambió. Allí estaba mejor. Levantó el rostro sintiendo la sonrisa cálida de Carmen. Pero no había nadie.

Se levantó y pensó que debía irse a la cama. Tendría mañana, con la luz del día, de buscar una dichosa lupa, y si no la encontraba se acercaría a la papelería de la esquina a comprar una. El leer esas inscripciones, ese pequeño letrero de la foto empezaba a obsesionarla.

Sin prisa se acostó. Apagó la luz. El sueño no venía. Evocó de nuevo aquella mirada que la había acompañado siempre. Y sonrió sabiendo que, estuviera donde estuviese, la protegería siempre, siempre, siempre... y se quedó dormida. 

Poncio Emiliano 

Marta había dormido profundamente. De tantas noches cuidando de su tía Carmen en el hospital, llevaba sueño atrasado. Se levantó, y fue directa a la ducha, pero al abrir el agua, estaba fría como el hielo. Pudo comprobar que el termo del agua caliente no funcionaba. ¡Quien sabe desde cuando estaba así!
Salió al pueblo y compró una lupa en una tienda cercana, sí, en esos comercios que tienen de todo un poco. Se acerco a la primera cafetería que vio y desayuno un café con una magdalena casera. No se podía quitar de la cabeza sus recientes descubrimientos. ¿Por qué su tía fue tan reservada? Había pasado toda su juventud con ella. Se fue de casa cuando se casó. Para su tía fue un golpe, además no estaba muy de acuerdo con su elección de marido, un funcionario de correos. Decía: ¿Hija, sabes que siempre vas a ir escasa de dinero? Claro, se miraba a ella misma, que vivía de la pensión de sus padres, y sabía de lo que hablaba.
Volvió a casa, se sentó en la mesa del comedor, abriendo previamente todas las cortinas y estudió la foto del orfanato. El otro letrero decía “Hogar para la Infancia La Milagrosa”. ¿Quién había estado en ese lugar? Ningún familiar que ella conociera. Un pensamiento se le vino a la cabeza.¿Sería que su tía tuvo algún niño en secreto? Seguidamente miró la inscripción del anillo. A malas penas se veía, parecía que ponía….                                                         

Pandeangel

... un nombre y una fecha. El nombre estaba borrado. Solamente se intuía la inicial... parecía una "M". La fecha era muy lejana; su tía entonces debía ser joven. Intentó calcular la edad. No, no era tan joven entonces. En realidad sólo ahora podía calcular los años, puesto que Carmen siempre mantuvo en un completo silencio su edad; pero ahora, con la partida de defunción...

No, no fue un amor de juventud. Y por lo que estaba viendo, dejó huella, mucha huella en la vida de aquella mujer. Volvió a mirar el anillo. Habían pasado casi treinta años desde que alguien se lo regalo... o puede que se lo pusieran en el dedo, símbolo de una promesa más tarde incumplida?.

La curiosidad estaba haciendo en ella. La alianza, aquella foto... la mirada de tía Carmen en algunas ocasiones...

Cogió la guía telefónica y buscó. No existía nada con aquel nombre: “Hogar para la Infancia La Milagrosa”. Posiblemente habría sido cerrado hacía tiempo, pero la fotografía no parecía demasiado antigua. Tendría que ir a la biblioteca a intentar encontrar algo que le indicase el camino.

Al día siguiente se encaminó decidida a una joyería. Quería saber si era posible leer el resto de la inscripción. El joyero tardó unos minutos en regresar. Lo sentía, pero el nombre estaba completamente borrado; seguramente hacía muchos años que había sido grabado y el paso del tiempo había hecho el resto. Sólo se veía la inicial y la fecha, pero eso ya lo había visto ella. Marta salió de allí un poco decepcionada. Mientras se dirigía a la biblioteca pensó en nombres: Mario, Manuel, Miguel, Macario...

Estuvo durante horas buscando pero no encontró nada. Volvió al día siguiente. Ni los periódicos de fechas que pensó serían cercanas, ni libros de la historia de la ciudad le dieron ninguna pista. Tendría que buscar otros caminos. Cogió los volúmenes haciendo una pila con ellos y se dirigió al mostrador para devolverlos. Al pasar por una estantería algo llamó su atención. Terminó el recorrido y volvió sobre sus pasos. Leyó el lomo de aquel libro: Historia de La Milagrosa". Lo cogió. Había algunas fotografías en su interior. Las ojeó. De pronto la sorpresa: una de ellas era como la que había en casa de Carmen...

Tuvo suerte. El libro podía ser dejado en préstamo. Se lo llevó. Quería leerlo despacio y tomar apuntes. La intriga había hecho mella en ella de una forma que la obsesionaba. Comparó las dos fotos: eran idénticas.

Con la lupa que había comprado volvió a insistir intentando dilucidar el nombre oculto del anillo. Estaba claro que era una "M". Parecía continuar con una... e?.

Poncio Emiliano 

Marta estaba a punto de abandonar. Pensó: Si mi tía Carmen no me dijo nada en tantos años, ¿por qué me tengo que obstinar en descubrir un hecho del pasado de su vida? Mejor dejarlo, si el destino quiere que lo sepa ya buscará la forma de hacerlo.
Pasaron unos días, Marta iba a casa de Carmen a limpiar y tirar cosas inútiles o perecederas que sobraban en la casa.
Un día, serían las seis de la tarde, el timbre de la puerta sonó. Marta abrió y se encontró a una señora mayor modestamente vestida, a la que no conocía.
Dijo la señora: - Me llamo Mercedes, y conocía a tu tía Carmen, vengo a darte el pésame, he sentido mucho su muerte.
Marta la invitó a pasar al salón y estuvieron charlando, mientras saboreaban una taza de café.
Mercedes, contando cosas de su tía, le refirió que ella había sido empleada de las monjas del Orfanato de la Milagrosa durante muchos años. Marta quedó petrificada, el destino le había traído a casa lo que ella no podía descubrir.
Conoció a su tía, y sabía toda la triste historia.
Marta se sintió interesada, y ella le dijo:
-Yo conocí a tú tía el día que fue a la institución a llevar una niña recién nacida-. Marta quedó “con la boca abierta”. -Carmen tuvo un gran amor, un amor de verano. Cuando estaba en Santa Pola, conoció a un marinero italiano que iba embarcado en un pesquero. Decía que era moreno y muy hablador, y le entró profundamente en su corazón. Aquel verano fue lo más hermosos de su vida. Se entregó a él, y este le prometió que volvería ya que estaba muy enamorado. Marta le pregunto por su nombre, ya que debía ser el que figuraba en el anillo. Sí, se llamaba Mario. Desde entonces siempre lo había llevado Carmen. Y siempre lo esperó, pero jamás supo nada de él.
-Ella quedó embarazada, en aquella época, que sin pasar por la iglesia, era un estigma. Lo llevó oculto, y con excusas de ir a casa de una amiga que la necesitaba, pasó los últimos meses fuera del hogar paterno.
-Cuando dio a luz, con todo el dolor de su corazón, llevo la niña al orfanato, donde la visitaba y ayudaba en los gastos con sus escasos recursos.
-Un día la niña tuvo problemas respiratorios y murió, fue otro hecho doloroso de su vida.
-Ella llevo ese secreto a lo largo de los años, pero jamás pudo olvidar a Mario, ese hombre que un verano la enamoró perdidamente, mientras la canción de Mirando al Mar, les servia de fondo musical de sus sentimientos.
Marta quedó en silencio, y se acordó de Carmen con especial cariño. -¡Cuánto sufriría!
Una vez que se fue Mercedes, se apoyó en la ventana del salón, y vio el sol poniente marcharse tras la colina. Unas lágrimas escaparon de sus ojos, recordando con ternura a su buena tía Carmen


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