Cualquiera
que haya estado, o viva en una gran ciudad, habrá sentido en los medios
de transporte, sobre todo en horas punta, la masificación y
el agobio.
Todos, de la procedencia que sean, con formas de ser o pensar
distintas, están juntos en un espacio reducido
y por un tiempo limitado.
Unos leen, otros escuchan la radio o van absortos en sus
pensamientos, abstrayéndose
hasta donde sea posible del grupo de personas que les rodean.
En la vuelta a casa después
de la jornada, se detecta el cansancio provocado por el trabajo diario,
y quizás la incertidumbre o la certeza de lo que te espera en el hogar.
Es lógico que un
conjunto de personas, estresadas, cansadas, junto a otras con propósito
de apoderarse de lo ajeno o que no tienen bien la cabeza, es un cóctel
lo suficientemente fuerte para que a veces salten chispas.
Pensaba que esto quedaba para
la ciudad, y el vivir diario de una Gran Urbe, pero estaba en un error,
hay personas que están perpetuamente irritadas, llevan un enfado encima que hace que
la peguen con todo lo que se les ponga por delante.
Un día en la costa, en un
lugar de veraneo bastante concurrido, se me ocurrió tomar un autobús
para dirigirme desde el centro de la población a la playa más lejana. Creía que sería
un trayecto tranquilo, donde los viajeros mayoritariamente veraneantes,
sosegados por el período vacacional, irían a la playa de una forma
serena y relajada. Pues......... no.
El autobús era Urbano,
llevaba pocos asientos, pero subía y bajaba pendientes y daba espléndidas
curvas entre las urbanizaciones que comunicaba.
Me senté dispuesto a
disfrutar del paisaje y de la compañía de turistas de diversos países.
Al llegar a una parada, vi una
cola enorme de personas dispuestas a entrar. Empezaron a subir y aquello
no acababa. Poco a poco “la masa” se fue comprimiendo más y más. Me pregunté.-¿El límite estará en los billetes
expedidos?- Pronto tuve la respuesta. El vehículo estaba lleno cuando
un futuro pasajero quedaba con un pie dentro y otro fuera. Desconozco si
esto era coincidente con el número de plazas.
Me levanté al ver una señora
mayor a mi lado, cediéndole el asiento, cosa que hubiese hecho
igualmente con una joven dada la educación recibida, pero en este caso
me reprimo, no vaya a ser que me arme un escándalo y me ponga "verde".
Así
está la cosa, ante la duda, te abstienes de lo que te enseñaron desde
la cuna.
La verdad, el viaje fue de lo
más divertido. No hay necesidad de dejarse caer desde un puente o de
lanzarse en paracaídas para que suba la adrenalina. No hace falta ir a
un espectáculo teatral que retrate la vida de forma tragicómica.
Ven y rodéate de tus semejantes en un autobús en hora punta, y
“disfruta de nuevos placeres”.
Una vez cogido a la barra
cercana a la puerta de atrás, observo a “una fiera” que se pone a
gritar porque el conductor le había pedido, a ser posible, el importe
exacto, o que sacara la tarjeta para el pago automático ya que hacía
el trayecto frecuentemente. Las malas formas llenaron el autobús, llamándome la atención sus palabras. -Estoy en
un país libre, y hago lo que quiero- Después soltó otras
“lindezas”. Yo me dije: - he aquí un “ciudadano”que ha asimilado
lo de los derechos a su manera, en una versión excluyente de los
deberes para con los demás.- Todo lo expuesto por este “Señor”, fue
de inmediato comentado por gran parte de los viajeros, formándose un
verdadero “gallinero”. Cada uno hablaba con el que estaba más
cerca, comentado los hechos, cual programa de televisión veraniego
donde cada uno cuenta sus vivencias y penas a su manera, como si sólo
sufrieran ellos, quedando los teleespectadores consternados por
casos tan tremendos.
Yo sentía “el placer” de
estar en la cubierta de un barco, cogido a mi barra, tenía desplazamientos laterales en las curvas, hacia delante al frenar, saltos
en los baches, un verdadero "goce". Posteriormente me embarqué por la
costa y no tiene nada que ver, no pensé nunca lo que iba a tener por el
precio de un billete.
Al llegar a una nueva parada,
segunda bronca. Un matrimonio quiere bajar, y un señor, no se percata
de la intención. El marido le increpa, el otro contesta y yo doy
gracias a no estar en el Oeste en 1.860, donde todo hombre iba armado,
porque podríamos tener algún
cadáver entre nosotros.
Así que abrí bien los ojos,
y en la próxima parada, al ver una chica que quería bajar, le dejé
espacio suficiente, no fuera a imaginarse que quería rozarla con
torcidas intenciones.
A punto de llegar a mi
destino, se abre la puerta de entrada subiendo un matrimonio con un chico
detrás, además de otras personas. Tercera bronca. Esta muy fuerte. El
marido indignado y el chico, gritan a dúo, intentando llegar a los
tonos más altos de la escala musical. Yo me pensé, -esta vez si que se
va a liar buena-. Porque el motivo era “muy grave”, se acusaban
mutuamente de haberse saltado el turno en la cola. Ya ves, estábamos
todos encofrados como ladrillos en una pared. La controversia se solucionó, cuando la señora agarró
a su marido, y lo apartó en lo posible del joven. Sabia medida, ya que
no era cuestión de que por estar un metro más allá, se terminara en
el Hospital o en el Cuartel de la Benemérita.
Este problema fue resulto, pero había en la parada mucha más gente,
empeñada en subir a la vez. Un hombre mayor se puso "muy chulo"
y la gente se alborotó, el
chofer perdió los nervios, se levantó del asiento y dijo que hicieran el
favor de subir en orden. La puerta de atrás había quedado abierta y la
gente entraba sin pagar. El chofer se puso fuera se sí, y dijo:- ¡Todo
el que se haya subido por atrás, que baje de inmediato! - Creí que le
iba a dar algo. Después, una vez que estaban cerradas las puertas,
advirtió: - Miren si llevan las carteras, ya que en estas avalanchas hay
profesionales de lo ajeno que sacan buenos beneficios. - Pensé: - No falta
de nada, esto es como las obras de teatro en que el público es
espectador y protagonista.
Cuando bajé, saboreando una
taza de café, recordé a una señora madrileña que
estaba junto a mí. Tuvimos que reprimir la risa repetidamente ante el
absurdo de las situaciones relatadas.
¿Qué ocurre?¿Hay que llevar
las frustraciones, la ansiedad, y la falta de respeto a los demás, como
bandera?¿ A donde va a llevar tanto egoísmo, tanta exigencia, y tanta
competencia para ser el primero?
Pues desconozco la respuesta, pero me da la impresión que algo está
fallando en la educación para ser persona. En series
de televisión y en comentarios de algunos, se anima
a ser “actual y moderno”, siendo descreído, contestón,
exigente y grosero. Con esta simiente, ¿qué frutos se espera
recoger?
También puede ocurrir, que
sin darnos cuenta, estemos en los principios de otro cambio en la
humanidad, ante la “Torre de Babel” en que se han convertido algunas
sociedades, donde todos dan su opinión aunque no se tenga base de lo que
dicen, sin hacer ningún caso del criterio de los demás y de las
consecuencias de sus palabras.
Esta consideración me la ha
motivado un experimento que han realizado en Cheyenne (USA), donde se ha
estudiado el comportamiento de una niña de 18 meses y un bebé gorila
hembra de la misma edad. Estando juntos, se miraban, jugaban, reían, como
compañeros de una guardería. ¿Será este el eslabón para la
nueva Era?
Quizás los gorilas y sus "parientes", estén reclamando el
derecho a sustituirnos, ya que su sociedad es más simple,
y cada uno sabe su cometido. Puede que en los próximos siglos y por la
necedad de la humanidad, sea una realidad lo “profetizado” en
aquella genial y estupenda película del “Planeta de los Simios”.

Texto: Poncio Emiliano