Ramón, así se llamaba nuestro protagonista, había nacido hace cuarenta y ocho años. Hombre de aspecto tranquilo, pero de temperamento nervioso, de esos nervios que no se manifiestan al exterior, pero que se llevan por dentro. Siempre solía decir, sí, ya que el, no, apenas salía de sus labios.

Era apreciado por sus amigos y familiares, más por su afabilidad, que por ser una persona que "animara la fiesta", esto traducido a lenguaje llano, lo calificaba de "hombre gris" que no destacaba en nada, ni para nada.

Después de estudiar para administrativo, estuvo trabajando en una empresa de contable durante seis años, recibiendo una paga miserable. Como vivía en la casa de sus padres y era soltero, se conformaba con lo que ganaba, que sólo le servía para sus gastos personales.

Un día, el empresario cerró, y él fue al paro. Vista la situación, preparó unas oposiciones para empleado municipal. Aprobó, y la alegría llenó la casa familiar, ya que pasó a tener un sueldo raquítico, pero seguro.

Llevaba un año trabajando, cuando conoció a una nueva compañera, se llamaba Diana, pero todos la llamaban Di.

Diana era una mujer madura, pero en edad fértil, tres años mayor que él. Tenía la ilusión de buscar pareja para tener hijos y formar una familia, pero las veces que lo intentó, terminaron en fracaso. Había que tener "muchas narices", para convivir con Diana, por su temperamento fuerte y exigente.

Visto que la cosa estaba "cruda", puso los ojos en Ramón. Así que le propuso salir, y el dijo, sí. Lo invitó a su casa, y él accedió. Y cuando le propuso matrimonio, él no tuvo la fuerza necesaria para rechazar la oferta, y como era su costumbre, a pesar de que el miedo se reflejaba en su rostro, volvió a decir, sí.  Fue un acto suicida, una forma como otra de inmolarse, de condenarse a cadena perpetua. Pero él no era consciente de nada, quizás sus temores fueran infundados, y le esperaba una vida familiar satisfactoria como le había hecho creer Diana, con arrumacos, y charlas de la maravillosa vida futura que tendrían cuando estuvieran casados.

Llegó el día de la boda. Ante el altar, se sentía como si hubiese perdido la sangre, sin fuerzas, aturdido por la gente y cansado por los preparativos. Cuando el sacerdote preguntó si quería a Diana, la miró, y la vio como una gran tarta de merengue, se sintió desfallecer, pero mantuvo el tipo. Al fijarse en los ojos de Diana y en su penetrante mirada, un suave sí que apenas se oyó, fue pronunciado por Ramón. Su forma de ser: tímida, acomplejada y miedosa, no le daba otra opción.

El viaje de bodas, claro está, a donde ella quería ir, a la costa de México. Se desarrolló como estaba previsto, aunque tuvo mala suerte, ya que no se produjo ningún huracán que hubiese cambiado su destino.

Ella, desde el principio, fue a buscar ser madre, y en los días que estuvieron en México, hizo horas extraordinarias en la cama, de tal manera, que a veces Ramón terminaba mareado y con las fuerzas al mínimo. Se sentía peor que las naranjas que exprimían en el hotel para los desayunos.

Cuando regresaron del viaje, Diana ya estaba preñada, y decía como en todas las series de televisión, "lo conseguí".

La casa que habían comprado era de cuatro dormitorios. En realidad, el cuarto dormitorio era una minúscula habitación donde solo cabía una cama.

Diana, organizó la casa, compró muebles, y para que su marido estuviera a gusto, le dejó la mini-habitación para "sus cosas".

Tuvieron una niña, después vino otra, ambos se sintieron felices. Ella por el objetivo cumplido, y él porque había sido participe en algo tan hermoso como traer dos criaturas a este mundo.

Ramón, bien domado, seguía con su vida gris. Sus jefes le apreciaban, en su casa hacía todo lo que le mandaban. Era nombrado innumerables veces cada día:-Ramón, sal y compra una docena de huevos; Ramón, baja la basura; Ramón, tienes que arreglar la persiana; etc. ...

Por la noche, rendido, quería ver la televisión, pero daba igual lo que le gustara, nunca tenía el mando a distancia en su mano, que era repartido entre las niñas y esposa. Sólo le quedaba ir a su habitación, ese último reducto que conservaba,  y estar un rato con el ordenador.

Le gustaba pintar al óleo. Afición que no se le permitía practicar, ya que "el óleo olía mal" y apestaba el cuartucho. Por ello, dibujaba a lápiz. Algunas veces "era animado":-Cariño es una lastima que pierdas el tiempo con esas tonterías, si lo emplearas en otro trabajo, podríamos disponer de más dinero, terminar de pagar el piso, y comprar un apartamento en la playa. ¡Qué ilusión me haría! ¿Verdad que a ti también te gusta la idea?-Él la miraba, y guardaba silencio.

Desde que habían tenido la última niña, Diana había perdido el interés por el sexo, no es que fuera "una odalisca", pero era su mujer, y deseaba serenar su libido, y entregarse a ella para compartir unos momentos de caricias y ternuras, aunque fuese de vez en cuando. Él jamás habría sido capaz de buscar fuera, lo que no recibía en casa.

Así que lo único que podía hacer, para pasar un rato agradable que lo sacara de la rutina, era escribirse desde su celda, ya que la casa difería poco de una cárcel, con Margarita.

Era una amable mexicana que vivía en  Arizona, en Estados Unidos. Dado que las niñas y Diana se quedaban viernes y sábados hasta muy tarde viendo la televisión, y que después se acostaban, Ramón en el silencio de la noche, podía escribirse con ese "sueño" llamado Margarita. A veces, Diana no se dormía, y entraba  en la habitación diciendo: -Ya es hora de que te acuestes. ¿No?- Él se levantaba, apagaba el ordenador y se iba a la cama. Allí, mientras escuchaba la "linda respiración" de su amada esposa, recordaba a su amiga virtual del otro lado del Atlántico.

Un aciago día, recibe la noticia de que su suegra estaba enferma. Las consecuencias iban a ser catastróficas. Había que quitar todo lo que estaba en su cuarto, para poner "la cama de mamá". Así que todo lo que tenía fue a parar al trastero, salvo el ordenador, que fue colocado en la habitación de su hija mayor.

Mandó un correo a Margarita, comunicándole lo que le había ocurrido, y haciéndole saber que le escribiría desde la oficina. Tuvo el lamentable error de no borrarlo del Outlook.

Ramón tenía la tensión alta, no le hacía mucho caso. Frecuentemente padecía de dolor de cabeza, sobre todo por las mañanas. En una farmacia le dijeron que le había subido a 19-11. Así que fue al médico. Le contó todo lo que le pasaba, y el estrés diario que soportaba. El doctor le mandó la adecuada medicación y le aconsejó que cambiara de vida. Debía andar más, distraerse, no estar en ese estado continuo de frustración, y si no lo conseguía, que visitara a un psicólogo.

Un lunes, fue a trabajar con ilusión. Terminado el fin de semana, cambiaba la correa que le atenazaba por el pescuezo en el hogar, por la del trabajo, que era más llevadera, y por la que le pagaban ese escaso sueldo del que apenas podía disponer.

El Jefe le dijo que fuera a su despacho, y de una forma poco amable le llamó la atención, sólo había resuelto 98 expedientes de los 100 que marcaban por mes los objetivos de trabajo. Abrumado, con las piernas temblando, prometió que no volvería a suceder. Volvió a su mesa y el miedo se apoderó de él. Se veía expedientado. ¿Como iba a mantener a la familia?¿Como pagar las letras del piso? ¿Como había sido tan irresponsable? No llegar a los 100 expedientes. ¡Qué horror! El Municipio se podía tambalear por su culpa. Era otra faceta de su carácter, la de culparse de todo.

El día había empezado mal, y cuando comienza así, es mejor acostarse y esperar un nuevo amanecer.

Al llegar a casa, todo era silencio. Diana estaba en la cocina, y nada mas verlo, tiró la sartén en el fregadero. Se fue hacia él, y se quedó mirándolo fijamente, de una forma que helaría la sangre a un ruso de Siberia.

-¡Eres un cerdo!-La sangre de Ramón se fue a los pies.

-He entrado en el ordenador y he visto un correo a una marrana llamada Margarita.

-¡Tierra trágame!- A Ramón se le vino el mundo encima. Ya se veía con una demanda de divorcio, como le había ocurrido a algunos de sus compañeros, que tenían que compartir sus escasos recursos con la familia, mientras eran echados a la calle. Pronto estaría en una pensión de "mala muerte", solo, y sin sus hijas.

La tensión subió y subió, y una venilla del cerebro explotó. Cayó al suelo. Cuando volvió a la consciencia, estaba sentado en una silla de ruedas en el salón de su casa, con el lado derecho semi-paralizado.

Diana había tenido un gesto con él. Le cuidó, y en un rincón que tenía una repisa y un florero, había colocado a su marido.

Se había materializado la realidad de Ramón, que era pasar de una vida de virtual florero, ya que hacían de él lo que querían, por su apocamiento y sumisión, a ser un verdadero florero.

Una nueva crisis, fue la definitiva. D. Ramón, funcionario, marido, y padre ejemplar, falleció. ¡Por fin iba a descansar en paz!

Al Tanatorio fueron los compañeros, amigos y familiares. Como es demasiado frecuente, aquello parecía más una cafetería, que la sala de un difunto. Se sucedían conversaciones de todas clases, risas, y abrazos que se daban aquellos que hacía tiempo que no se veían. Muchos no lo vieron en su despedida, lo "querían recordar como cuando estaba vivo" "¡Que detalle más generoso!" Un buen amigo, fue de los pocos que se acercó al cristal con cara de pesar. Hizo la Señal de la Cruz, y le rezó. Después comento para si mismo:- era una buena persona, siempre hizo lo que pudo para ayudar a los demás, jamás le oí decir no.

En los laterales de "su pequeña habitación", habían dos coronas, con cintas que proclamaban lo mucho que lo querían su familia, hijas, y amante esposa. Su cuerpo-presente, estaba justo en el centro, como colofón y resumen de lo que había sido toda su vida, un florero.


Todo lo aquí relatado es fruto de la imaginación, cualquier parecido, en nombres, lugares, o hechos, lo será por pura casualidad.


Texto: Poncio Emiliano


Volver a menú principal

Ir a la portada de la web