Estamos en
plena Reconquista en la Península Ibérica. Los reinos Cristianos y Musulmanes luchan entre si.
Los señores dueños de tierras y pueblos, luchan entre sí. Bueno, todo el
mundo lucha y no hay quien tenga un momento de respiro.
Esta es parte de la historia del Conde D. Rodrigo de Pino Alto, que fue contada
de pueblo a pueblo y ha llegado a nuestros días.
D. Rodrigo fue casado con Dª Juana del Páramo Seco. Y fue casado
porque en aquella época eran las formas que se estilaban. Si yo tengo
unas tierras y mi vecino otras, casamos a los hijos y el heredero tendrá
un trozo mayor. El problema es que no siempre te gustaba quien
te tocaba, pero había que aguantarse. Después de esta introducción pasemos a nuestra
historia.
Un día paseaba D. Rodrigo por la almena sur de su Castiello y se
decía:
-¡El destino cebose con zarpa cruel contra mi persona!-¿Por qué
me ha dado como esposa a la más fiera de los alrededores?- Era famosa
en todo el reino por su bravura, no había habido hombre que se
atreviera a mirarla.
-¡Quise tener un vástago que heredara mis tierras y posesiones, y
en cada acercamiento arreome tortazos por doquier!-¿Como yo D. Rodrigo después de ganar en cien batallas y de perseguir al moro hasta los
confines de la Alhambra, tengo que soportar ser echado del tálamo
por esta mujer tan arisca e indomable?- Se debatía entre la duda de
marchar a Las Cruzadas o de meterla en la mazmorra.
Como D. Rodrigo era un caballero desechó la segunda opción, se
encomendó al patrón de su pueblo y fue a recibir la bendición del Abate
Fernando amigo desde la mocedad, famoso por su oronda panza obtenida en mil y una comilona.
Un día iba de cacería a la cabeza de una pequeña mesnada, cuando al
recodo de un camino en el bosque y a la orilla de un manso río vio
una hermosa y virginal pastorcilla que estaba con su rebaño de cabras.
-Pardiez ¡Que fermosura!- Y sin pensarlo más, persiguiola, consiguiola
y disfrutaya. La pastorcilla paso a ser pastora en pocos minutos, y de la
virginidad a la preñez. Ambos quedaron contentos como corresponde a las
relaciones entre señor y vasalla.
Al volver al Castiello observó el puente levantado, y al mirar a la
Torre del Homenaje vio que no estaba el pendón de sus armas (un
escudo sobre fondo blanco con una espada y una pata de cabrito
cruzadas). Vio otro pendón, sobre el fondo blanco una cabeza de toro
con dos espadas partidas. -¡Voto a bríos!¡Que broma es esta!- Pues
no era nada de eso, un mercader se acercó y le dijo. -Mi señor, en
su ausencia, Dª Juana del Páramo Seco se ha dejado mancillar con
placer por el jefe de sus leales, pasando de ser del Páramo Seco al
Húmedo.- Y respetuosamente le digo que donde había pendón con honor,
ahora hay pendón con cuernos de toro, y que le llaman en sus dominios D. Rodrigo
de Cuerno Fino.-¡Pardiéz, suena mi título a vino!- Dijo el Sr. Conde.
D. Rodrigo sin saber que hacer ya que no disponía apenas de mesnada,
que tenía las arcas vacías y para no tener no tenía ni donde recostar
su noble figura, marcho a las Cruzadas movido por supuesto por el
sentido religioso de las mismas, la defensa de los Santos Lugares,
no por mezquinos intereses impropios de caballeros que ciñen espada.
Al cabo de diez años, regresó a sus tierras con gran fortuna
arrebatada al infiel, que como eran infieles
no debían tener fortuna,
claro está.
Yendo de incógnito se hospedó en un mesón de Villa Lobeznos del
Tiesto, pueblo cercano a sus usurpados dominios. Por la mañana como
ferviente creyente fue a misa a la iglesia de su amigo el Abad Fernando
de Antequera. Reclinose y rezó con fervor. Tenía su cabeza entre las
manos y se tapaba los ojos. Cuando hubo rezado largo rato, volviose y
observó a una gran dama totalmente vestida de negros ropajes, aún más
negros que de costumbre. Su faz se insinuaba entre el velo y un haz de
luz del sol que penetraba por el rosetón del cercano muro. De repente
recordó.-¡Vive el cielo! ¡Esa faz es por mi menda conocida!-Pero no
podía recordar donde viola antes. Se acercó a la sacristía y preguntole a su amigo.
-¿Quien es esa misteriosa dama?- el Abate le respondió- Es Dª Teresa,
condesa por viudedad del que fue Conde de Fuente Caliente. Casó con
ella ya mayor, pero tanto empeño le puso, que tras preñarla
feneció.- Presentaya, porque su faz me suena y debo conoceya.
El buen Abad, con tareas de celestino quedó, pero quien sabe si la
providencia de él se valió.
Un día aprovechando las fiestas de Villa Lobeznos, vamos a dejar lo del
Tiesto que es muy largo, después de la Santa Misa se hizo una comida
para todo el pueblo donde se asaron diversas piezas de caza, se
sirvieron los mejores manjares y el buen vino de la tierra.
En la mesa de los distinguidos, que por eso lo eran porque mandaban a
los demás, estaban el Abad, varios nobles señores
con sus damas, la viuda pretendida y D. Rodrigo. Ella seguía con su
impenetrable velo, y él por mas que achicaba los ojos e intentaba ver a
través de tan negra prenda, no lo conseguía y además se le estaba
poniendo un dolor en todo lo alto, que parecía que de nuevo iban a
coronarlo con las astas de un buen morlaco. Terminada la comida y
disuelta la reunión, el Abad los presentó. Lentamente fueron
paseando seguidos de cerca por la doncella, no fueran las malas lenguas
a lanzar mentiras e infundios contra el honor de la dama.
Tras luengo rato, cuando empezaba el sol a declinar, ella que estaba
de espaldas, levantose el velo mortuorio y recibió la calidez de
los rayos en su joven rostro. Volviose y mirole con ternura sin igual.-
¡Por los ciempiés de Tierra Santa!- ¡Tu! ¡Mi pastorcilla del
páramo!- D. Rodrigo se estremeció, no podía dar crédito a lo que
veía. ¡Cuantas veces había soñado con ella en los campos de batalla
de las Cruzadas!
Ella refiriole que quedó en estado de preñez, y que poco tiempo
después fue colmada de atenciones por el Conde de Fuente Caliente. Que
a pesar de su baja condición, preparola y enseñoya para su nuevo
menester. El Sr. Conde no supo de su preñez, ya que aunque ella era
pastorcilla no se había caído del nido, y después de unos
lances amorosos comunicole que iba a tener un heredero. Ya no hubo
más lances, porque el Conde que había colmado sus ilusiones, con tanto
ajetreo palmaya.
Este encuentro fue providencial, lo que fue un momento de pasión hace
años, se convirtió en el nacimiento de un sentimiento más
profundo.
Pero ¿cual era la situación? El estaba casado con la fiera de Dª
Juana del Páramo (legítimamente Seco e ilegítimamente Húmedo).
Había perdido su Castiello y sus tierras, que aún legalmente suyas las
disfrutaba Dª Juana y su amante. El no se podía casar ya que cualquier unión con
Dª Teresa de Fuente Caliente sería en pecado y
reprobada por la sociedad. (Esto era la Edad Media, no es el siglo XXI,
los abogados para estos menesteres no existían). Su hijo no podría
adoptarlo hasta que no casara con Dª Teresa, ya que causaría
extrañeza notoria.
Y lo más importante, el Honor. El Honor de D. Rodrigo estaba mancillado
y restregado por los pedregales, había que limpiarlo, tenía de
desaparecer el pendón usurpador del la Torre de Homenaje y ser
sustituido por el legítimo.
Para no poner en duda la honorabilidad de Teresa, quedó a vivir en
Villa Lobeznos y preparó una nueva mesnada que pagó con su fortuna de
las Cruzadas. Recibió la bendición del Abad Fernando, y bien
pertrechados, con la razón del afrentado y el alma limpia, marcharon por los caminos,
los bosques y cañadas, en defensa de la honra.
A tres días de camino, llegaron a las cercanía del Castiello. Cruzose la tropa con un grupo de
campesinos que se alegraron de ver
a su señor. Y la revelación de tan pobre y buena gente (por eso eran
pobres), le dejó
estupefacto. -Sr. Conde, la condesa en un arrebato de ira al comprobar
que su amante se la estaba dando con Fátima, una de sus doncellas, mora
ella y dulce como la miel, arremetió con furia y golpeose contra el borde de la almena, callose y
escogorciose. Su amante temeroso de la llegada del Sr. Conde partió
presto con Fátima mora de la morería que para mi quisiera. Por lo que
todo el personal del Castiello y de los campos espera para recibirlo
con alborozo.-
D. Rodrigo pensó.-¡Por los buitres del Cañón de la Suegra! Si los
acontecimientos no se desarrollan con un destino tan favorable, aunque
hubiese quemado el Castiello y llevado a la mazmorra a los amantes,
siempre estaría casado con Dª Juana y a ver que puñetas hubiese
fecho.
A la llegada de la mesnada fue realizado un gran festín y hubo mucha
alegría y holganza. D. Rodrigo salió a la Torre con su amada Teresa y
mientras la brisa de la tarde les acariciaba el rostro, frente a ellos
estaba el impoluto pendón de la Casa de Pino Alto, al cual se le había
agregado además del cruce de espada y parta de cabrito, un cuerno
quemado en actitud implorante, como señal indeleble de la ahora limpia
e intachable estirpe de D. Rodrigo.