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Un día, como con
frecuencia suelo hacer, fui al súper-mercado a comprar algunas
cosas para llenar el frigorífico, ya que se vacía antes que te des
cuenta. Puse en el cesto café, zumo, y pan. Me acerqué a la
única caja que estaba abierta, donde había una "hermosa" cola
para pagar.
Me dediqué a mirar
detalladamente cuanto me rodeaba, sobre todo esas cosas que
suelen poner cerca de las cajas, por si "picas" con algo de
última hora.
Vi pilas, helados,
calcetines, y por último llamó mi atención lo que estaba justo
enfrente. Chicles, caramelos surtidos, y cajitas con sabores
variados a limón, fresa, y menta.
Me resultaron
extraños los envases de los caramelos de varios sabores, y me
fijé mejor: - ¡Sopla! Pero si no son caramelos. - Eran
preservativos. En las cajitas de más arriba estaban los
normales, de confort, placer extremo, o como quieran llamarlos.

Pensé, riéndome por
dentro, que si una abuelita se despistaba, y no se diera cuenta
la cajera, podría llevarle a sus nietos una estupenda caja de
"caramelitos-preservativos" de distintos sabores.
Todas esto, me hizo
recordar los años de mi infancia y primera juventud. Cuando los
preservativos y el sexo, era oficial y socialmente, algo que
ocultar, ya que era "lo prohibido". Aunque claro, privadamente,
hacía cada uno lo que podía.
Los preservativos se
vendían, de forma clandestina. Si se preguntaba en alguna
farmacia, puede ser que te respondieran de una forma seria, como
si hubieses ofendido al titular del establecimiento o al
empleado: - Ese producto no lo vendemos en
esta farmacia. - Pero existían sitios conocidos, donde de forma
muy discreta, se podían obtener.
Todo esto creaba un
auténtico morbo, ya que había que sortear muchos inconvenientes,
no para acostarse con una profesional o una chica "ligera de
cascos", que
eran las que se dejaban "meter mano", si no con la propia
esposa, con la que no se quería tener más hijos.
No hablo aquí, del
tema de "la conciencia", si no de los problemas para tener una
"noche placentera", que eran de categoría suprema, como el
turrón navideño.
El hombre, ya que la
señora fuera en busca del artilugio, hubiese sido de máximo
riesgo, porque podía ser confundida con "una mujer de la vida", era
el que tenía que buscar, encontrar, comprar, y volver
victorioso, cual caballero que iba con sus mesnadas a por un
preciado botín.
En los años
cincuenta, el hombre vestía en invierno con abrigo o gabardina,
y en muchas ocasiones llevaban sombrero.
El marido se
preparaba en casa, y se despedía de la esposa diciendo: - Voy a
comprar "eso". - Después se dirigía al lugar secreto.
Recuerdo vagamente,
un bajo cercano al "Barrio de la Perdición y del Vicio", o sea,
por las claras, el "Barrio de las Putas", prohibido para mí,
donde había una tienda pequeña, con cristales en las ventanas y
puertas, que tenían papel pintado sobre ellos, para que no se
viera nada desde el exterior. Yo preguntaba: - ¿Qué venden
en esa tienda? - Nadie me respondía, hasta que yo me enteré,
como es lógico, basta que te oculten algo para que aumente el
deseo de saber.
El marido, se
acercaba, miraba que no lo viera nadie conocido, se subía el
cuello de la gabardina y se ajustaba el sombrero. Y como de un
rayo se tratase, atravesaba el umbral del "averno", y compraba
"su tesoro".
Hubiese sido
interesante ver como pedían el preservativo, aunque entonces
se utilizaba más la palabra condón para referirse a ellos.
Hay varias películas
que reflejan la anterior escena. Recuerdo una muy entrañable y
excelente, que se llama: Verano del 42. Filme donde se relata el
nacimiento a la sexualidad de unos adolescentes de los años 40. La escena de la compra del condón, es
auténticamente memorable, y retrata fielmente la realidad de la
época. El chico entra en una de esas tiendas de los pueblos que
tienen de todo, espera que se vaya una señora, y con mucho
"corte", quiere pedirlo, pero termina pidiendo un helado. ¡Por
fin! Se decide y lo solicita. El dueño le saca varias cajitas, y
aunque no sabe que llevarse, sale por sus poros la presión
acumulada. Al salir a la calle donde le esperaba un amigo,
parece que habia escalado el Everest, por la cara de satisfacción
debido al éxito de la "expedición".

Una vez cumplida la
misión por el marido, llegaba a casa y comentaba a su mujer que
"eso" ya lo tenía, y que la noche iba a ser distinta e intensa.
Unas sonrisas de complicidad eran intercambiadas, mientras sus
ojos adquirían el brillo especial del deseo.
Claro, esto
funcionaba con cierta libertad, si era un matrimonio que todavía
no tenía hijos, un familiar, o un abuelo, viviendo con
ellos, cosas estas últimas, muy normales en aquellos tiempos. Ya que
de lo contrario, había que ser silenciosos y discretos para no
dar mal ejemplo a la prole o escándalo a la familia.
Con tantas
dificultades, venciendo barreras materiales, logísticas, de
conciencia y las que se presentaran, me imagino que si lo
conseguían, tenía que ser inmensamente gustoso y placentero el
acontecimiento, ya
que cuando se dan muchas facilidades, no se valoran las cosas
La noche de entrega
amorosa, si no es que se vieran obligados a utilizar el
día, aprovechando un momento en que estaban solos, debía ser
como la traca final de las fiestas, algo sublime.
Como de costumbre,
todo no se puede tener, tanto la represión, como la libertad en
estos temas, tiene su lado positivo y negativo. Pero saltarse "lo
prohibido" en esta materia, con tantas trabas y problemas, tenía
que ser una experiencia muy satisfactoria, con una "salsa"
especial.
Hoy en día, con la
información y la libertad que hay en materia sexual, quizás
no se puedan volver a sentir "esos momentos" tal y como los
vivieron nuestros padres, y se busque en el cambio de pareja,
nuevas experiencias. Pero algo debe fallar, porque según
estudios realizados, al empezar a tan temprana edad la vida
sexual, se llega en muchos casos a una saturación, y se va
perdiendo interés por algo tan "gustoso", que debería llegar
hasta edades avanzadas.
Texto: Poncio
Emiliano
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