Era un pulpo joven. No hace mucho, su madre había sido fecundada, y tras encontrar una pequeña cueva, colgó en su parte alta los huevos mediante una tira de gelatina. Allí quedó nuestro pulpo, junto a centenares de hermanos. 

Pasaron tres meses, durante los cuales, la madre no “quitó el ojo” a sus futuras criaturas, ya que los predadores merodeaban con la intención de darse un festín. También cuidó con esmero el estado de los huevos, limpiándolos con su sifón, algo muy útil para estos menesteres, es como si utilizara una manguera a presión

Cuando nació, quedó solo con el resto de sus hermanos. Son momentos difíciles, ya que sus vidas están en continuo peligro. 

En pocas semanas aumentó su tamaño y peso. Ya tenía que ir adquiriendo destreza para usar las “armas” que la naturaleza le había regalado para la defensa y para capturar la comida diaria: sus ocho brazos, con dos filas de ventosas; la capacidad de camuflaje, al poder cambiar el color y la textura de la piel; y un cerebro bien desarrollado. Era precavido, aprovechando las rocas y agujeros que encontraba, para ocultarse y estar más protegido. 

Otra de sus tareas, era el buscar comida. Así que estaba vigilante, para que si encontraba cerca alguno de sus “bocados predilectos”, crustáceos, moluscos, o peces, dar cuenta de ellos, y poder tomar la energía necesaria para seguir creciendo y cumplir con las tareas de la procreación, cuando llegara el momento y las hembras lo dejaran.


Él, era un pescador aficionado. Desde su infancia, todos los veranos que había estado junto al mar, había practicado la pesca con caña. 

Nunca sacó grandes peces. Tampoco se embarcó para pescar. Desde las rocas, en los puertos, o donde se imaginaba que era el mejor sitio, lanzaba su caña a fondo, como a él le gustaba, para capturar unos peces que le dieran unas horas de distracción.  

Siempre se comía en familia lo que pescaba, aunque claro, dado que en el mayor de los casos traía la cesta vacía, la familia tenía algo preparado, no era cuestión de tentar a la suerte y quedarse en ayunas.

Cuando practicaba la pesca sin boya, con plomo, y a fondo, sentía en su brazo todos los matices de los suaves o fuertes tirones de los peces al comer el cebo. Muchas veces, tenía la certeza de la clase de pez que había en el fondo, por la forma de tirar. 

Así pasaron los años. Siempre revisando el equipo al salir de vacaciones. Y deseando que llegara la hora de estar frente al mar, pescando, y disfrutando de esos momentos.

Un verano, se levantó al amanecer. Cogió su equipo: dos cañas, una cesta con anzuelos, plomos, boyas, hilo, tijeras, etc., una banqueta para sentarse, y algo para desayunar.

Después de andar más de una hora, llegó a unas rocas. Todo el Mediterráneo era para él. Había una calma total, el sol apenas calentaba, serían las ocho y media.

Llevaba media hora pescando, bueno, queriendo pescar, ya que ni se comían el cebo, y pensó que iba a volver sin nada, pero que al menos, estaba muy a gusto en el sitio, y que lo mejor sería comerse el bocadillo que llevaba. Dejó la caña entre dos piedras, y el sedal en el agua, con la boya al frente.

Mientras que estuvo disfrutando del bocadillo, seguía la calma, y ningún indicio de que los peces “tuvieran hambre”. Había terminado, cuando notó un leve tirón, y la boya lentamente fue bajando al fondo. Tiró suavemente con su caña, no fuera que se hubiesen enganchado los anzuelos en mal sitio. La caña se curvó, y él recogió unos metros de sedal. Observó que algo subía, pero sin poner resistencia, sin nadar en zigzag, o sin ir al fondo. ¿Habría enganchado algo de basura de la que abunda en los fondos de nuestras costas? Pues…no. Ya cerca de la superficie, vio salir un chorrillo de agua, y a continuación unas patas moviéndose sinuosamente. Había pescado a nuestro pulpo. 

Se levantó, ya que sabía que si tocaba una roca que estuviera lejos de él, sería imposible cogerlo. Así que rebobinó más sedal levantando la caña, y el pulpo, fue a una piedra que estaba junto a él. 

Quedó impresionado por la mirada del pulpo, que aferrado a la roca, le clavaba sus grandes ojos. Parecía que le quería decir: -¿Qué te he hecho? ¿Por qué me quieres matar? ¿Para pasar un rato, vas a terminar con mi vida?- Le costó separarlo de la piedra, el animal quería vivir. 

Se sentía confuso, había pensado en devolverlo al mar, pero se lo llevó a casa. Allí lo cocinaron, pero él no quiso comerlo, estaba arrepentido de no haberlo dejado que siguiera su existencia. Le había quitado muchas experiencias y la posibilidad de procrear. 

Pensó que una cosa era la pesca con fines de alimentación, y otra distinta, el hacerlo por pasar el rato, por divertirse, o presumir ante los amigos. Que podía disfrutar de su tiempo libre de muchas maneras, admirando la naturaleza, a los seres que habitan el planeta con el hombre, no colaborando en la interrupción de la vida por un capricho. 

Hace años que no pesca. En un rincón del cuarto trastero, las viejas cañas están cubiertas de polvo, como testimonio de aquel día en el que decidió cambiar la afición que tenía desde su juventud, por otra que no dañase la vida.


Texto: Poncio Emiliano


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