Soy Ucazú, Chamán  de los Yulinanis, y vivía a orillas del río Atacuei, afluente del Padre Amazonas. Voy a relatar el fin de mi pueblo y de nuestra cultura.

Mis antepasados empezaron a vivir cuando el Gran Sol calentó la selva. Cuando el Padre Río nos abrazó con el agua, y los animales, plantas y rocas, nos comunicaron sus conocimientos.

Nuestra vida era sencilla y feliz, apenas veíamos al hombre blanco. Teníamos al Gran Jefe Yozú, un Consejo, y como Chamán, el que relata esta historia.

Los niños estaban alegres y protegidos por las mujeres. Cuando crecían,  los "niños-hombres", eran enseñados a defender el poblado, cazar, pescar, y amar la naturaleza, y a las "niños-mujeres", las enseñaban a  preparar la comida,  cuidar de los niños pequeños y de la aldea. En nuestro poblado, cada uno sabía lo que tenía que hacer durante todo el año.

Recuerdo ir con mis hijos, a pescar la Piraña, cazar, y buscar la Tarántula Peluda, que está muy sabrosa asada. ¡Eramos tan felices!

Recuerdo las noches junto al fuego, nuestros ritos, cuando con la Ayahuasca, hablaban los espíritus.

Un día, llego un grupo al poblado, eran hombres que enviaba el Gobierno. Nos dijeron que había cambiado nuestra suerte, y la verdad, no mintieron. Dijeron que había llegado la "civilización". Que pondrían casas cerca del poblado, con personas para ayudarnos. Con todo lo que iba a ocurrir, estaríamos mucho mejor.

Instalaron las casas. Vinieron gente para enseñar lenguas, para enseñar el camino de "la salvación". Otros para estudiar nuestras costumbres, y otros para cortar árboles y llevarlos muy lejos.

No nos gustaba la idea, y temíamos que el futuro no fuera bueno, pero nada podíamos hacer. Esperamos estar equivocados.

Poco después, el desorden se apodero de nuestra aldea. Ya no podíamos llevar los niños a pescar, las mujeres no estaban en casa, no me dejaban curar a los enfermos. Ya nadie sabía que hacer, y que era malo o bueno.

Cientos de árboles que vieron pasar a mis antepasados, cayeron y se los llevaron río abajo.

Nuestra preocupación iba en aumento. Ellos ganaban; pero: ¿Qué ganábamos nosotros?

Un día pusieron un "gran plato" hacia el cielo y una cosa donde se veían imágenes que venir de arriba. Esto fue el principio del fin.

Los jóvenes no querían hacer nada, todo el mundo abandonaba sus tareas para ver las cosas que venir del cielo. No teníamos comida, no se cazaba, no se encontraba a nadie cuando lo buscábamos. Sólo se esperaba la ayuda del Gobierno.

Decían que muy lejos, el Gobierno daba chozas, comida y cosas bonitas, y que seríamos más felices que aquí.

La gente más joven se marchó primero, y después los demás. Sólo quedamos los viejos. Ya no se oían en la selva las risas de los niños, ya no se veía correr a los enamorados. Todo quedó vacío.

Mis tres hijos esperaron algún tiempo, pero atraídos por las "imágenes del gran plato", marcharon a recibir "los regalos" del Gobierno.

Una noche nos reunimos los ancianos, y los pocos jóvenes que quedaban. Ya el daño estaba hecho, pero quisimos acabar con el "gran plato" que tanto mal nos había traído. Tras una ceremonia en la que pedimos ayuda a los espíritus de la selva, quemamos al mal. Solo quedaba un lugar con bebidas y el "gran plato",  ya que los maestros y los que enseñaban "la salvación", se habían marchado porque no había niños, ni jóvenes. Sólo quedaban los cortadores de la selva.

Vino gente del Gobierno, y llevar al Jefe Yozú y a mi muy lejos. Vi a muchos diciendo que éramos malos, y nos encerraron en un sitio muy grande con mucha gente. Todo estaba lleno de cosas de hierro llamadas rejas.

Sigo en el mismo sitio. Muchas veces pegarme y hacer daño. No comer. Y me llenan de tristeza los recuerdos de cuando era libre.

Hace poco vinieron mis hijos a verme. Mis hijos saber mucho, tener cosas, pero estar de mal humor, ya no ríen. Trabajan muchas horas para poder comer y comprar. Ya no ser igual, ellos no vivir, ellos presos como yo. Dicen que vivirán más años, que los antepasados eran viejos a los cuarenta años. Pero yo pienso: ¿No es mejor morir  joven y libre, que viejo y esclavo?

Yo estoy contento, pronto me reuniré con los espíritus de mis antepasados, dejaré estas rejas, y veré de nuevo la selva, el bosque inundado, los ríos y  los animales. Me mojaré con la lluvia, y sentiré mi espíritu volar libre como los pájaros.


Lo aquí escrito, es fruto de la imaginación. Todos los nombres de personas, lugares y ríos son ficticios, salvo el Amazonas. Lo triste es que el hecho aquí relatado sobre el fin de pueblos y culturas, ha sucedido durante siglos, y sigue ocurriendo en la actualidad.


Texto: Poncio Emiliano


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