El Anciano y la Muerte

Un día un anciano, después de cortar leña, la cargó a su espalda. Largo era el camino que le quedaba. Fatigado por la marcha, soltó la carga y llamó a la Muerte. Esta se presentó y le preguntó por qué la llamaba; contestó el viejo:

-Para que me ayudes a cargar la leña...

Demuestra esta fábula que todos los hombres se aferran a la vida aun cuando arrastres una existencia miserable.

Esopo

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El Labrador y la Víbora.

Llegado el invierno, un labrador encontró una víbora helada por el frío. Apiadado de ella, la recogió y la guardó es su pecho. Reanimada por el calor, la víbora, recobró sus sentidos y mató a su bienhechor, el cual sintiéndose morir, exclamó:

¡Bien me lo merezco por haberme compadecido de un ser malvado!

Enseña esta fábula que la maldad no se modifica aunque se le testimonien buenos sentimientos.

Esopo

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La Gata y Afrodita.

Enamorada una gata de un hermoso joven, rogó a Afrodita que la cambiara en mujer. La diosa, compadecida de su pasión, la transformó en una graciosa muchacha, y entonces el joven, prendado de ella , la llevó a su casa.

Hallándose los dos descansando en la alcoba nupcial, quiso saber Afrodita si al cambiar de cuerpo la gata había mudado también de carácter, y soltó un ratón en el centro de la alcoba. Olvidando la gata su condición presente, levantóse del lecho y persiguió al ratón para comérselo. Entonces la diosa indignada contra ella, la volvió a su primer estado.

De igual modo los hombres de naturaleza malvada, aunque cambien de estado no mudan de carácter.

Esopo

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La Vieja y el Médico.

Una vieja enferma de la vista llamó con promesa de salario, a un médico. Este se presentó en su casa, y cada vez que le aplicaba el  ungüento no dejaba, mientras la vieja tenía los ojos cerrados, le robaba los muebles uno a uno.

Cuando ya no quedaba nada, terminó también la cura, y el médico reclamó el salario convenido. Se negó a pagar la vieja, y aquél la llevó ante los jueces. La vieja declaró que, en efecto, le había prometido salario si le curaba la vista, pero que su estado, después de la cura del médico, había empeorado.

-Porque antes-dijo- veía todos los muebles que había en mi casa, y ahora no veo ninguno.

Los malvados no piensan que su avaricia deja contra ellos la prueba del delito.

Esopo

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La Zorra y la Serpiente.

Pasaba un camino al pie de una higuera. Una zorra vio junto a ella una serpiente dormida; envidiosa de su cuerpo tan largo y queriendo igualarla, se echó por  tierra al lado de la serpiente y trató de alargarse cuanto podía, hasta que al fin, por extremar su esfuerzo, el imprudente animal reventó.

Esto sucede a los que rivalizan con los que son más fuertes que ellos; que sucumben por sí mismos antes de poder alcanzarlos.

Esopo

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La Zorra y las Uvas.

 Quiso una zorra hambrienta, al ver colgando de una parra hermosos racimos de uvas, atraparlos con su boca; mas no pudiendo alcanzarlos se alejó diciéndose a si misma:

-¡Están verdes!

Asimismo cierto hombres que no pueden llevar adelante sus asuntos por culpa de su incapacidad, culpan a las circunstancias.

Esopo

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Los Pescadores y el Atún.

Salieron al mar unos pescadores y luego de bregar largo rato sin coger nada,  sentáronse en la barca, entregándose a la desesperación. En este momento, un atún perseguido y que huía ruidosamente,  salto por error a su barca; cogiéronle los pescadores y lo vendieron en la ciudad.

Quiere decir esto,  que a menudo lo que el arte nos niega, el azar nos lo da gratuitamente.

Esopo

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La Cigarra y las Hormigas.

Había llegado el invierno; las hormigas ponían a secar el grano mojado. Una cigarra hambrienta les pidió un poco de comida. Mas las hormigas le dijeron :

 -¿Por qué no recogías tú también en el verano provisiones? -No tenía tiempo-respondió la cigarra-, por estar cantando melodiosamente.

Las hormigas se le rieron en sus propias narices: -¡Pues si cantabas en verano, baila en invierno!

Enseña esta fábula que debemos desechar en todos los asuntos la negligencia si queremos evitar el peligro y el sufrimiento.

Esopo

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El Labrador y sus Hijos.

A punto de acabar su vida, quiso un labrador dejar experimentados a sus hijos en la agricultura. Así, les llamó y les dijo: -Hijos míos: voy a dejar este mundo; buscad lo que he escondido en la viña, y lo hallaréis todo.

Creyendo sus descendientes que había enterrado un tesoro, después de la muerte de su padre removieron profundamente el suelo de la viña. Tesoro no hallaron ninguno, pero la viña, tan bien removida, centuplicó su fruto.

Enseña esta fábula que el trabajo es un tesoro para los hombres.

Esopo

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Las Moscas.

De un panal se derramó la rica miel, y las moscas acudieron volando para devorarla. Era un manjar tan dulce que no podían dejarlo. Pero sus patas se prendieron en la miel y no pudieron alzar el vuelo; a punto ya de ahogarse, exclamaron: -¡Morimos, desgraciadas, por un instante de placer!

La glotonería es a menudo causa de muchos males.

Esopo

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La Caña y el Olivo.

Discutían la caña y el olivo sobre su resistencia, su fuerza y su firmeza. El olivo reprochaba a la caña su impotencia y su facilidad para ceder a todos los vientos. La caña guardó silencio. Pero el viento empezó a soplar con gran violencia. La caña, sacudida y doblada por el viento, salió indemne; en cambio el olivo, resistente a todos los vientos, fue roto por su violencia.

Enseña esta fábula, que aquellos ante las circunstancias y la fuerza, llevan ventaja sobre los que resisten a los poderosos.

Esopo

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El Caminante y la Verdad.

Un caminante que atravesaba un desierto encontró a una mujer solitaria, con la mirada clavada en el suelo.

-¿Quién eres? -le preguntó. -La Verdad-contestó aquella.

- ¿Y por qué has abandonado la ciudad y vives en el desierto?

-Porque antiguamente la mentira sólo se encontraba en un pequeño número de hombres, y ahora se encuentra en todos, dígase lo que se quiera.

Cuando la mentira prevalece sobre la verdad, la vida es mala y penosa para los hombres.

Esopo

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Los Dos Enemigos.

Dos hombres que se odiaban entre sí navegaban en la misma nave, uno sentado en la proa y otro en la popa. Surgió una tempestad, y hallándose el barco a punto de hundirse, el hombre que estaba en la popa preguntó al piloto que cual era la parte de la nave que se hundiría primero. -La proa-dijo el piloto. -Entonces-repuso este hombre-no espero la muerte con tristeza, porque veré a mi enemigo morir antes que yo.

Indica esta fábula que muchos hombres no se inquietan del daño que reciban con tal de ver a sus enemigos sufrir antes que ellos.

Esopo

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El Asno disfrazado de León.

Un asno disfrazado con la piel de un  león pasaba a los ojos de todos por un león verdadero, poniendo en fuga a los hombres y a los animales. Pero sopló el viento y le arrebató la piel de león, quedando el asno tal cual era. Entonces todo el mundo corrió contra él, castigándole con palos y estacas.

Si eres pobre y un ciudadano cualquiera, no imites a los ricos:  te expones al peligro y al ridículo, pues no podemos apropiarnos de lo que no nos pertenece.

Esopo

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Los Dos Escarabajos.

Pacía un toro en una pequeña isla, y dos escarabajos se alimentaban de su boñiga. Llegado el invierno, uno de ellos dijo al otro que iba a cruzar al continente a fin de que su compañero tuviera comida suficiente, mientras él pasaría el invierno en tierra firme. Añadió que si encontraba comida en abundancia le traería a él también.

Cuando el escarabajo llegó al continente, encontró muchas y frescas boñigas, por lo que se estableció allí y se alimentó. Pasó el invierno y volvió a la isla. Al verle su compañero gordo y rozagante, le reprochó que no le hubiera llevado nada, según lo prometido.

-No me culpes a mí-repuso-, sino a la naturaleza del lugar, porque se puede encontrar para vivir en él, pero imposible traer nada.

Podría aplicarse esta fábula a aquellos que llevan su amistad hasta la adulación de sus amigos, pero no más lejos, negándose a prestarles ningún servicio.

Esopo

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El Náufrago y el Mar.

Arrojado un náufrago en la orilla, se durmió de fatiga; mas no tardó en despertarse, y al ver al mar, le recriminó por seducir a los hombres con su apariencia tranquila, para luego, una vez que los ha embarcado sobre sus aguas, enfurecerse y hacerles perecer.

Tomó el mar la forma de una mujer y le dijo:

-No es a mí sino a los vientos a quienes debes dirigir tus reproches, amigo mío; porque yo soy tal como me ves ahora, y son los vientos los que, lanzándose sobre mí de repente, me encrespan y enfurecen.

De igual manera no debemos hacer responsable de una injusticia a su autor cuando obra por orden de otros, sino a aquellos que tienen autoridad sobre él.

Esopo

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 El Cuervo Enfermo.

Un cuervo enfermo dijo a su madre: -Madre, ruega a los dioses y no llores más.

La madre le contestó:

-¿Cuál de ellos, hijo mío, tendrá piedad de ti?¿Queda alguno a quien no le hayas robado la carne?

Enseña esta fábula que aquellos que durante su vida se han hecho muchos enemigos, no encontrarán amigos en la necesidad.

Esopo

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El Médico y el Enfermo.

Un médico tenía en tratamiento a un enfermo. Este murió, y el médico decía a las personas del acompañamiento:

-Si este hombre se hubiera abstenido del vino y se hubiese puesto lavativas, no hubiera muerto.

-¡Amigo-le contestaron-, no es ahora que no sirve de nada cuando tenías que haber dicho esto, sino antes, cuando tu consejo podía haber sido de provecho!

Enseña esta fábula que hay que ayudar a los amigos cuando lo necesitan, no hacerse el listo cuando sus asuntos están perdidos.

Esopo

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El Hombre con dos Amantes.

Amados o enamorados, los hombres son igualmente despojados por las mujeres; tenemos ejemplos que nos lo enseñan.

Un hombre de edad mediana era amado por una mujer que ocultaba sus años; mas también su corazón fue conquistado por una hermosa joven.

Ambas mujeres, queriendo verle semejante a ellas, empezaron a arrancarle alternativamente los cabellos. El hombre creyendo en los cuidados de sus amantes, vióse de repente calvo, pues la joven le arrancó hasta el último de los cabellos blancos, y la vieja, los negros.

Fedro

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La Alforja de los Vicios.

Una alforja nos ha colgado Júpiter con dos bolsas; a la espalda, la bolsa repleta de nuestros propios vicios; sobre el pecho, la cargada con los vicios ajenos.

Por tal motivo, no podemos ver nuestros defectos; mas tan pronto como otros cometan una falta, nos convertimos en sus censores.

Fedro

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El Perro que soltó una presa por otra.

Quien ansía lo de otro, pierde en justicia lo propio.

Cuando cruzaba a nado un río, llevando un trozo de carne, un perro vio en el espejo de las aguas su retrato. Creyendo que se trataba de otra presa llevada por otro perro, quiso arrebatársela. Pero su avaricia fue engañada, pues no sólo soltó la comida de la boca, sino que tampoco pudo alcanzar la que deseaba.

Fedro

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El Asno y el Viejo.  

Con harta frecuencia, cuando hay cambio de Gobierno sólo muda para los pobres el nombre del amo. Esta breve fábula enseña la verdad que digo.

Un tímido anciano apacentaba un asno en un prado. Aterrado por el súbito clamor del enemigo aconsejó al asno que huyera para que no pudieran cogerlo.

-Dime-respondió éste con indiferencia-:¿crees que el vencedor ha de ponerme dos albardas?

Negó el viejo.

-Luego, ¿qué me importa a mi a quien sirva teniendo que llevar la misma carga?

Fedro

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El Anciano y los tres Jóvenes.

Hallábase plantando árboles un viejo de ochenta años. Y tres jovenzuelos de la vecindad le decían:

-¡Pase que  construyera una choza; pero plantar a esta edad! Porque, en nombre de los dioses, ¿podéis decirnos qué fruto esperáis recoger de vuestro trabajo? ¡Tendríais que vivir tanto como un patriarca! ¿Para qué cargáis lo que os resta de vida con los cuidados de un mañana que no veréis? Ya no debéis meditar  sino en vuestros yerros pasados. Abandonad las esperanzas ambiciosas y los vastos pensamientos. Nada de esto os conviene.

-Es a vosotros a quien esto no conviene- replicó el anciano-. Toda humana empresas viene tarde y dura poco. La mano de las pálidas Parcas se ríe de vuestros días y de los míos. Iguales por su brevedad son nuestras vidas. ¿Quién gozará de nosotros las últimas luces de la bóveda azul? ¿Hay algún momento en que podáis contar con el minuto siguiente? Mis tataranietos me agradecerán esta sombra. ¿Es que podéis prohibir al hombre cuerdo que se tome fatigas por el placer ajeno? He aquí un fruto del que gozo hoy, del que podré gozar mañana y muchos días aún. En fin, todavía podré contar la aurora más de una vez sobre vuestras tumbas.

El anciano tuvo razón. Uno de los tres jovenzuelos se ahogó en el mismo puerto al partir para América; el segundo, ansioso de alcanzar las grandes dignidades, halló en el empleo de Marte un golpe imprevisto que le arrebató sus días; el tercero, cayó de un árbol cuando se hallaba podándolo. Y el anciano, luego de llorar a los tres, grabó en su mármol lo que acabo de contaros.

 La Fontaine

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La Gallina de los Huevos de Oro.

La avaricia rompe el saco. No necesito otro ejemplo que el de aquel hombre, que según cuenta la fábula, tenía una gallina que todos los días le ponía un huevo de oro.

El rústico pensó que dentro de su cuerpo tenía un tesoro. La mató, pues, la abrió y encontró que por dentro era igual que aquellas que le ponían huevos ordinarios. Y así él mismo se privó de su fortuna.

¡Hermosa lección para los avaros! ¿Cuántos hemos visto que en estos últimos tiempos de la noche a la mañana de ricos se han visto pobres por querer ser lo primero con exceso?

La Fontaine

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La Presuntuosa.

Cierta jovencita, en extremo exigente, pretendía hallar un marido joven, guapo mozo, de trato agradable, ni frío ni celoso. ¡Observad estos dos puntos sobre todo! Y, además, de alcurnia, con fortuna y con espíritu. En fin, todo.

Quiso el Destino complacerla. Presentándosele partidos importantes; la hermosa los encontró mezquinos. -¿Pretenderme a mí esos pelafustanes? ¡Sin duda es una broma! ¡Soberbia colección! 

Uno carecía de la menor finura espiritual; el otro tenía la nariz de tal manera; aquél era esto; éste lo de más allá. En fin, fácil es el desdén para las orgullosas.

Tras los buenos partidos, vinieron en fila los medianos. Y la presuntuosa se reía. -¡No sé ni como les abro la puerta! Piensan que estoy muy necesitada de marido. Gracias a Dios, paso las noches sola, pero sin penas.

La edad destrozó su orgullo. Pasó un año; pasaron dos; apareció la inquietud. Tras ésta vino la tristeza. Día por día se iban las risas, los juegos; al fin, se fue el amor. Sus facciones empezaron a desagradar; acudió a cien afeites. Pero sus cuidados no pudieron burlar al tiempo, ladrón insigne. Las ruinas de una casa pueden ser reparadas. ¡Oh,  si pudiera hacerse otro tanto con las ruinas del rostro!

La hermosa cambió de tono. Decíale el espejo: "Cásate  en  seguida".  Y no sé también qué deseo se lo decía.  Al fin, hizo una elección que nadie hubiera creído, muy feliz y contenta con hallar un zafio para marido.

La Fontaine

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El León Enamorado.

Amaba un león a una zagala hermosa; pidióla por esposa a su padre, pastor, urbanamente.

El hombre, temeroso, más prudente, le respondió:

 "Señor, en mi conciencia que la muchacha logra conveniencia; pero la pobrecita, acostumbrada a no salir del prado y la majada, entre la mansa oveja y el cordero, recelará tal vez que seas fiero. No obstante, bien podremos, si consientes, cortar tus uñas y limar tus dientes, y así verá que tiene tu grandeza, cosas de majestad, no de fiereza."

Consiente el manso león enamorado, y el buen hombre lo deja desarmado.

Da luego un silbido; llegan el Montalobos y el Atrevido, perros de su cabaña; de esta suerte al indefenso león le dieron muerte.

Un cuarto apostaré a que en este instante dice, hablando del león, algún amante que de la misma muerte haría gala con tal que se le diese la zagala: ¡Deja, Fabio, el amor, déjalo luego!

Mas hablo en vano, porque, siempre ciego, no ves el desengaño, y así te entregas a tu propio daño.

Samaniego

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La  Serpiente y la Lima.

En casa de un cerrajero entró la serpiente un día, y la insensata mordía en una lima de acero. Díjole la lima: "El mal necia será para ti: ¿cómo has de hacer mella en mí, que hago polvos el metal?"

Quien pretende sin razón al más fuerte derribar, no consigue si no dar coces contra el aguijón.

Samaniego

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La  Cierva y el León.

Más ligera que el viento, precipitada huía una inocente cierva, de un  cazador seguida. En una oscura gruta, entre espesas encinas, atropelladamente entró la fugitiva. Más ¡ay!, que un león sañudo, que allí mismo tenía su albergue y era susto de la selva vecina, cogiendo entre sus garras a la res fugitiva, dio con cruel fiereza fin sangriento a su vida.

Si al evitar los riesgos la razón no nos guía, por huir de un tropiezo damos mortal caída.

Samaniego

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Los Navegantes.

Lloraban unos tristes pasajeros viendo su pobre nave, combatida de recias olas y de vientos fieros, ya casi sumergida, cuando súbitamente el viento calma, el cielo se serena, y la afligida gente convierte en risa la pasada pena. Mas el piloto estuvo muy sereno tanto en la tempestad como en bonanza.

Pues sabe que lo malo y que lo bueno está sujeto a súbita mudanza.

Samaniego

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Los dos Gallos.

Habiendo a su rival vencido un gallo, quedó entre sus gallinas victorioso, más grave, más pomposo que el mismo Gran Sultán en su serrallo. Desde un alto pregona vocinglero su gran hazaña. El gavilán lo advierte, le pilla, le arrebata, y por su muerte quedó el rival señor del gallinero,

Consuele al abatido tal mudanza: sirva también de ejemplo a los mortales que se juzgan exentos de los males cuando se ven en próspera bonanza.

Samaniego

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Los Dos Conejos.

Por entre unas matas, seguido de perros (no diré corría), volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero, y le dijo: "Tente amigo, ¿qué es esto?"-"¿Qué ha de ser?-responde. Sin aliento llego... Dos pícaros galgos me vienen siguiendo." "Sí-replica el otro-, por allí los veo... Pero no son galgos." "Pues ¿qué son?"- "Podencos." "¡Qué! ¿Podencos dices?" "Sí, como mi abuelo." "Galgos y muy galgos; bien visto lo tengo." "Son podencos; vaya, que no entiendes de eso." "Son galgos, te digo." "Digo que podencos."

En esta disputa llegaron los perros, pillan descuidados a mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.

No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.

Iriarte

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