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El
León Enamorado.
Amaba
un león a una zagala hermosa; pidióla
por esposa a su padre, pastor, urbanamente.
El
hombre, temeroso, más prudente, le respondió:
"Señor, en mi
conciencia que la muchacha logra conveniencia; pero la pobrecita,
acostumbrada a no salir del prado y la majada, entre la mansa oveja y el
cordero, recelará tal vez que seas fiero. No
obstante, bien podremos, si consientes, cortar tus uñas y limar tus
dientes, y así verá que tiene tu grandeza, cosas de majestad, no de
fiereza." Consiente
el manso león enamorado, y el buen hombre lo deja desarmado.
Da
luego un silbido; llegan el Montalobos y el Atrevido, perros de su
cabaña; de esta suerte al indefenso león le dieron muerte. Un
cuarto apostaré a que en este instante dice, hablando del león, algún
amante que de la misma muerte haría gala con tal que se le diese la
zagala: ¡Deja, Fabio, el amor, déjalo luego! Mas
hablo en vano, porque, siempre ciego, no ves el desengaño, y así te
entregas a tu propio daño.
Félix
María Samaniego ******************************************************************
El
Labrador y la Víbora.
Llegado el invierno, un labrador encontró una víbora helada por el frío.
Apiadado de ella, la recogió y la guardó es su pecho. Reanimada por el
calor, la víbora, recobró sus sentidos y mató a su bienhechor, el cual
sintiéndose morir, exclamó:
¡Bien
me lo merezco por haberme compadecido de un ser malvado!
Enseña
esta fábula que la maldad no se modifica aunque se le testimonien
buenos sentimientos.
Esopo
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Los
Pescadores y el Atún.
Salieron
al mar unos pescadores y luego de bregar largo rato sin coger
nada, sentáronse en la barca, entregándose a la desesperación.
En este momento, un atún perseguido y que huía ruidosamente, salto por
error a su barca; cogiéronle los pescadores y lo vendieron en la
ciudad.
Quiere
decir esto, que a menudo lo que el arte nos niega, el azar nos lo da gratuitamente.
Esopo
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La
Gallina de los Huevos de Oro.
La
avaricia rompe el saco. No necesito otro ejemplo que el de aquel hombre,
que según cuenta la fábula, tenía una gallina que todos los días le
ponía un huevo de oro.
El
rústico pensó que dentro de su cuerpo tenía un tesoro. La mató,
pues, la abrió y encontró que por dentro era igual que aquellas que le
ponían huevos ordinarios. Y así él mismo se privó de su fortuna.
¡Hermosa
lección para los avaros! ¿Cuántos hemos visto que en estos últimos
tiempos de la noche a la mañana de ricos se han visto pobres por querer
ser lo primero con exceso?
La
Fontaine
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El
Hombre con dos Amantes.
Amados
o enamorados, los hombres son igualmente despojados por las mujeres;
tenemos ejemplos que nos lo enseñan. Un
hombre de edad mediana era amado por una mujer que ocultaba sus años;
mas también su corazón fue conquistado por una hermosa joven. Ambas
mujeres, queriendo verle semejante a ellas, empezaron a arrancarle
alternativamente los cabellos. El hombre creyendo en los cuidados de sus
amantes, vióse de repente calvo, pues la joven le arrancó hasta el
último de los cabellos blancos, y la vieja, los negros.
Fedro ****************************************************************** La
Gata y Afrodita
Enamorada
una gata de un hermoso joven, rogó a Afrodita que la cambiara en mujer.
La diosa, compadecida de su pasión, la transformó en una graciosa
muchacha, y entonces el joven, prendado de ella , la llevó a su casa.
Hallándose
los dos descansando en la alcoba nupcial, quiso saber Afrodita si al
cambiar de cuerpo la gata había mudado también de carácter, y soltó
un ratón en el centro de la alcoba. Olvidando la gata su condición
presente, levantóse del lecho y persiguió al ratón para comérselo.
Entonces la diosa indignada contra ella, la volvió a su primer estado.
De
igual modo los hombres de naturaleza malvada, aunque cambien de estado
no mudan de carácter.
Esopo
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La
Zorra y la Serpiente
Pasaba
un camino al pie de una higuera. Una zorra vio junto a ella una
serpiente dormida; envidiosa de su cuerpo tan largo y queriendo
igualarla, se echó por tierra al lado de la serpiente y trató de
alargarse cuanto podía, hasta que al fin, por extremar su esfuerzo, el
imprudente animal reventó.
Esto
sucede a los que rivalizan con los que son más fuertes que ellos; que
sucumben por sí mismos antes de poder alcanzarlos.
Esopo
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La
Presuntuosa
Cierta
jovencita, en extremo exigente, pretendía hallar un marido joven, guapo
mozo, de trato agradable, ni frío ni celoso. ¡Observad estos dos
puntos sobre todo! Y, además, de alcurnia, con fortuna y con espíritu.
En fin, todo.
Quiso
el Destino complacerla. Presentándosele partidos importantes; la
hermosa los encontró mezquinos. -¿Pretenderme a mí esos pelafustanes?
¡Sin duda es una broma! ¡Soberbia colección!
Uno
carecía de la menor finura espiritual; el otro tenía la nariz de tal
manera; aquél era esto; éste lo de más allá. En fin, fácil es el
desdén para las orgullosas.
Tras
los buenos partidos, vinieron en fila los medianos. Y la presuntuosa se
reía. -¡No sé ni como les abro la puerta! Piensan que estoy muy
necesitada de marido. Gracias a Dios, paso las noches sola, pero sin
penas.
La
edad destrozó su orgullo. Pasó un año; pasaron dos; apareció la
inquietud. Tras ésta vino la tristeza. Día por día se iban las risas,
los juegos; al fin, se fue el amor. Sus facciones empezaron a
desagradar; acudió a cien afeites. Pero sus cuidados no pudieron burlar
al tiempo, ladrón insigne. Las ruinas de una casa pueden ser reparadas.
¡Oh, si pudiera hacerse otro tanto con las ruinas del rostro!
La
hermosa cambió de tono. Decíale el espejo: "Cásate
en seguida". Y no sé también qué deseo se lo
decía. Al fin, hizo una elección que nadie hubiera creído, muy
feliz y contenta con hallar un zafio para marido.
La
Fontaine
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La
Serpiente y la Lima
En
casa de un cerrajero entró la serpiente un día, y la insensata mordía
en una lima de acero. Díjole la lima: "El mal necia será para ti:
¿cómo has de hacer mella en mí, que hago polvos el metal?"
Quien
pretende sin razón al más fuerte derribar, no consigue si no dar coces
contra el aguijón.
Samaniego
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El
Anciano y los tres Jóvenes
Hallábase
plantando árboles un viejo de ochenta años. Y tres jovenzuelos de la
vecindad le decían:
-¡Pase
que construyera una choza; pero plantar a esta edad! Porque, en
nombre de los dioses, ¿podéis decirnos qué fruto esperáis recoger de
vuestro trabajo? ¡Tendríais que vivir tanto como un patriarca! ¿Para
qué cargáis lo que os resta de vida con los cuidados de un mañana que
no veréis? Ya no debéis meditar sino en vuestros yerros pasados.
Abandonad las esperanzas ambiciosas y los vastos pensamientos. Nada de
esto os conviene.
-Es
a vosotros a quien esto no conviene- replicó el anciano-. Toda humana
empresas viene tarde y dura poco. La mano de las pálidas Parcas se ríe
de vuestros días y de los míos. Iguales por su brevedad son nuestras
vidas. ¿Quién gozará de nosotros las últimas luces de la
bóveda azul? ¿Hay algún momento en que podáis contar con el minuto
siguiente? Mis tataranietos me agradecerán esta sombra. ¿Es que
podéis prohibir al hombre cuerdo que se tome fatigas por el placer
ajeno? He aquí un fruto del que gozo hoy, del que podré gozar mañana
y muchos días aún. En fin, todavía podré contar la aurora más de
una vez sobre vuestras tumbas.
El
anciano tuvo razón. Uno de los tres jovenzuelos se ahogó en el mismo
puerto al partir para América; el segundo, ansioso de alcanzar las
grandes dignidades, halló en el empleo de Marte un golpe imprevisto que
le arrebató sus días; el tercero, cayó de un árbol cuando se hallaba
podándolo. Y el anciano, luego de llorar a los tres, grabó en su
mármol lo que acabo de contaros.
La
Fontaine
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La
Vieja y el Médico
Una
vieja enferma de la vista llamó con promesa de salario, a un médico.
Este se presentó en su casa, y cada vez que le aplicaba el
ungüento no dejaba, mientras la vieja tenía los ojos cerrados, le
robaba los muebles uno a uno. Cuando
ya no quedaba nada, terminó también la cura, y el médico reclamó el
salario convenido. Se negó a pagar la vieja, y aquél la llevó ante
los jueces. La vieja declaró que, en efecto, le había prometido
salario si le curaba la vista, pero que su estado, después de la cura
del médico, había empeorado. -Porque
antes-dijo- veía todos los muebles que había en mi casa, y ahora no
veo ninguno. Los
malvados no piensan que su avaricia deja contra ellos la prueba del
delito.
Esopo
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