FABULAS

 

 

El León Enamorado.


Amaba un león a una zagala hermosa; pidióla por esposa a su padre, pastor, urbanamente.

El hombre, temeroso, más prudente, le respondió:

 "Señor, en mi conciencia que la muchacha logra conveniencia; pero la pobrecita, acostumbrada a no salir del prado y la majada, entre la mansa oveja y el cordero, recelará tal vez que seas fiero. No obstante, bien podremos, si consientes, cortar tus uñas y limar tus dientes, y así verá que tiene tu grandeza, cosas de majestad, no de fiereza."

Consiente el manso león enamorado, y el buen hombre lo deja desarmado.

Da luego un silbido; llegan el Montalobos y el Atrevido, perros de su cabaña; de esta suerte al indefenso león le dieron muerte.

Un cuarto apostaré a que en este instante dice, hablando del león, algún amante que de la misma muerte haría gala con tal que se le diese la zagala: ¡Deja, Fabio, el amor, déjalo luego!

Mas hablo en vano, porque, siempre ciego, no ves el desengaño, y así te entregas a tu propio daño.

Félix María Samaniego

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El Labrador y la Víbora.


Llegado el invierno, un labrador encontró una víbora helada por el frío. Apiadado de ella, la recogió y la guardó es su pecho. Reanimada por el calor, la víbora, recobró sus sentidos y mató a su bienhechor, el cual sintiéndose morir, exclamó:

¡Bien me lo merezco por haberme compadecido de un ser malvado!

Enseña esta fábula que la maldad no se modifica aunque se le testimonien buenos sentimientos.

Esopo

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Los Pescadores y el Atún.


Salieron al mar unos pescadores y luego de bregar largo rato sin coger nada,  sentáronse en la barca, entregándose a la desesperación. En este momento, un atún perseguido y que huía ruidosamente,  salto por error a su barca; cogiéronle los pescadores y lo vendieron en la ciudad.

Quiere decir esto,  que a menudo lo que el arte nos niega, el azar nos lo da gratuitamente.

Esopo

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La Gallina de los Huevos de Oro.


La avaricia rompe el saco. No necesito otro ejemplo que el de aquel hombre, que según cuenta la fábula, tenía una gallina que todos los días le ponía un huevo de oro.

El rústico pensó que dentro de su cuerpo tenía un tesoro. La mató, pues, la abrió y encontró que por dentro era igual que aquellas que le ponían huevos ordinarios. Y así él mismo se privó de su fortuna.

¡Hermosa lección para los avaros! ¿Cuántos hemos visto que en estos últimos tiempos de la noche a la mañana de ricos se han visto pobres por querer ser lo primero con exceso?

La Fontaine

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El Hombre con dos Amantes.


Amados o enamorados, los hombres son igualmente despojados por las mujeres; tenemos ejemplos que nos lo enseñan.

Un hombre de edad mediana era amado por una mujer que ocultaba sus años; mas también su corazón fue conquistado por una hermosa joven.

Ambas mujeres, queriendo verle semejante a ellas, empezaron a arrancarle alternativamente los cabellos. El hombre creyendo en los cuidados de sus amantes, vióse de repente calvo, pues la joven le arrancó hasta el último de los cabellos blancos, y la vieja, los negros.

Fedro

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La Gata y Afrodita


Enamorada una gata de un hermoso joven, rogó a Afrodita que la cambiara en mujer. La diosa, compadecida de su pasión, la transformó en una graciosa muchacha, y entonces el joven, prendado de ella , la llevó a su casa.

Hallándose los dos descansando en la alcoba nupcial, quiso saber Afrodita si al cambiar de cuerpo la gata había mudado también de carácter, y soltó un ratón en el centro de la alcoba. Olvidando la gata su condición presente, levantóse del lecho y persiguió al ratón para comérselo. Entonces la diosa indignada contra ella, la volvió a su primer estado.

De igual modo los hombres de naturaleza malvada, aunque cambien de estado no mudan de carácter.

Esopo

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La Zorra y la Serpiente


Pasaba un camino al pie de una higuera. Una zorra vio junto a ella una serpiente dormida; envidiosa de su cuerpo tan largo y queriendo igualarla, se echó por  tierra al lado de la serpiente y trató de alargarse cuanto podía, hasta que al fin, por extremar su esfuerzo, el imprudente animal reventó.

Esto sucede a los que rivalizan con los que son más fuertes que ellos; que sucumben por sí mismos antes de poder alcanzarlos.

Esopo

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La Presuntuosa


Cierta jovencita, en extremo exigente, pretendía hallar un marido joven, guapo mozo, de trato agradable, ni frío ni celoso. ¡Observad estos dos puntos sobre todo! Y, además, de alcurnia, con fortuna y con espíritu. En fin, todo.

Quiso el Destino complacerla. Presentándosele partidos importantes; la hermosa los encontró mezquinos. -¿Pretenderme a mí esos pelafustanes? ¡Sin duda es una broma! ¡Soberbia colección! 

Uno carecía de la menor finura espiritual; el otro tenía la nariz de tal manera; aquél era esto; éste lo de más allá. En fin, fácil es el desdén para las orgullosas.

Tras los buenos partidos, vinieron en fila los medianos. Y la presuntuosa se reía. -¡No sé ni como les abro la puerta! Piensan que estoy muy necesitada de marido. Gracias a Dios, paso las noches sola, pero sin penas.

La edad destrozó su orgullo. Pasó un año; pasaron dos; apareció la inquietud. Tras ésta vino la tristeza. Día por día se iban las risas, los juegos; al fin, se fue el amor. Sus facciones empezaron a desagradar; acudió a cien afeites. Pero sus cuidados no pudieron burlar al tiempo, ladrón insigne. Las ruinas de una casa pueden ser reparadas. ¡Oh,  si pudiera hacerse otro tanto con las ruinas del rostro!

La hermosa cambió de tono. Decíale el espejo: "Cásate  en  seguida".  Y no sé también qué deseo se lo decía.  Al fin, hizo una elección que nadie hubiera creído, muy feliz y contenta con hallar un zafio para marido.

La Fontaine

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La  Serpiente y la Lima


En casa de un cerrajero entró la serpiente un día, y la insensata mordía en una lima de acero. Díjole la lima: "El mal necia será para ti: ¿cómo has de hacer mella en mí, que hago polvos el metal?"

Quien pretende sin razón al más fuerte derribar, no consigue si no dar coces contra el aguijón.

Samaniego

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El Anciano y los tres Jóvenes


Hallábase plantando árboles un viejo de ochenta años. Y tres jovenzuelos de la vecindad le decían:

-¡Pase que  construyera una choza; pero plantar a esta edad! Porque, en nombre de los dioses, ¿podéis decirnos qué fruto esperáis recoger de vuestro trabajo? ¡Tendríais que vivir tanto como un patriarca! ¿Para qué cargáis lo que os resta de vida con los cuidados de un mañana que no veréis? Ya no debéis meditar  sino en vuestros yerros pasados. Abandonad las esperanzas ambiciosas y los vastos pensamientos. Nada de esto os conviene.

-Es a vosotros a quien esto no conviene- replicó el anciano-. Toda humana empresas viene tarde y dura poco. La mano de las pálidas Parcas se ríe de vuestros días y de los míos. Iguales por su brevedad son nuestras vidas. ¿Quién gozará de nosotros las últimas luces de la bóveda azul? ¿Hay algún momento en que podáis contar con el minuto siguiente? Mis tataranietos me agradecerán esta sombra. ¿Es que podéis prohibir al hombre cuerdo que se tome fatigas por el placer ajeno? He aquí un fruto del que gozo hoy, del que podré gozar mañana y muchos días aún. En fin, todavía podré contar la aurora más de una vez sobre vuestras tumbas.

El anciano tuvo razón. Uno de los tres jovenzuelos se ahogó en el mismo puerto al partir para América; el segundo, ansioso de alcanzar las grandes dignidades, halló en el empleo de Marte un golpe imprevisto que le arrebató sus días; el tercero, cayó de un árbol cuando se hallaba podándolo. Y el anciano, luego de llorar a los tres, grabó en su mármol lo que acabo de contaros.

 La Fontaine

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La Vieja y el Médico


Una vieja enferma de la vista llamó con promesa de salario, a un médico. Este se presentó en su casa, y cada vez que le aplicaba el  ungüento no dejaba, mientras la vieja tenía los ojos cerrados, le robaba los muebles uno a uno.

Cuando ya no quedaba nada, terminó también la cura, y el médico reclamó el salario convenido. Se negó a pagar la vieja, y aquél la llevó ante los jueces. La vieja declaró que, en efecto, le había prometido salario si le curaba la vista, pero que su estado, después de la cura del médico, había empeorado.

-Porque antes-dijo- veía todos los muebles que había en mi casa, y ahora no veo ninguno.

Los malvados no piensan que su avaricia deja contra ellos la prueba del delito.

Esopo

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