Como es mi costumbre en el período de vacaciones, me fui a pasear por la costa. Llevaba  mi cámara de fotos colgada al hombro, zapatos cómodos y gran ilusión por estar en contacto con la naturaleza. De nuevo iba a oír el romper de las olas en la playa. Respirar aire puro. Y reflexionar sobre lo que veía o se me ocurría. 

En el transcurso de este agradable paseo, llegué a unos arenales y a una zona de vegetación típicamente mediterránea. Estaba surcada por caminos, y en ella, el silencio era el rey. Sólo se oían mis pasos y el crujir de las ramas por el suave viento. 

El silencio empezó a romperse al llegar a mí unos “cantos” estridentes emitidos por las chicharras. Recordé los años de niñez, cuando veraneaba en un pueblo costero donde el sol  “pegaba” sin piedad.  Las chicharras entonaban sus “cánticos” sin descanso. 

Al ir saliendo por uno de los caminos en dirección a la playa, escuché un “canto” que procedía del último árbol. Me acerqué, cesando de inmediato. Pensé - aquí tiene que haber alguna-. No había manera de encontrarla, tienen un color y textura parecidos a las ramas, además, cuanto te acercas, se quedan inmóviles y en silencio, esperando que las dejes en paz. “Ni respiraba”, para pasar desapercibida.

 

 

Chicharra, quieta y en silencio. Puedes tenerla muy cerca y no verla.

 

Saqué mi cámara y le hice unas fotos. Era la primera vez que me encontraba con una, con la posibilidad de inmortalizarla. 

Como no sabía nada de ellas, estuve informándome, así las comprendí mucho mejor. Ya no era un “bicho” que hacía ruido, era un ser vivo que cumplía su ciclo de vida y las obligaciones “gustosas o no” que la naturaleza le había asignado. 

Pues resulta, que lo que llamamos por mi Zona Mediterránea, Chicharra, es lo mismo que la Cigarra. En realidad, y atendiendo a las formas destructoras del idioma promovidas por la forma de hablar de determinados políticos, el “animalito” que tuve el placer de observar y retratar, no era una Chicharra, si no un macho, que habría que llamar, Chicharro. Y no digamos, si a la Cigarra, le llaman Cigarro. Puede sonar a producto vendido por la Tabacalera, o vaya usted a saber, a donde nos lleva la palabrita con una mente calenturienta. Por lo tanto, le llamo Chicharra o Cigarra macho, y mando el uso del masculino y femenino simultáneo a la “basura de las estupideces lingüísticas”. 

 

Son de pequeño tamaño. Comparación con una rama de Pino Mediterráneo.

 

La vida de la Chicharra es dura, como la de otros muchos seres, incluidos los humanos. 

Las hembras ponen huevos, y “estiran las patitas”, ya que mueren después de cumplir su misión. Los insectos jóvenes o ninfas, caen al suelo y practican galerías hasta alcanzar las raíces. Pasan unos años en distintas fases de su desarrollo, suben a los árboles y realizan la última muda, transformándose en adultos listos para “hacer el amor”. ¡Caramba, me he dejado influir por lo “socialmente correcto”! ¡Pues no! Están listos para el apareamiento. 

La hembra, no dice ni pío. Está calladita, esperando un macho rumboso que le ”cante” y atraiga. Que “cante”, porque sólo el macho tiene unos dispositivos en los costados del primer segmento abdominal, llamados timbales, y de sacos con aire que funcionan como cajas de resonancia. Por ello, para llamar la atención de las hembras, se da la “solemne paliza” de hacer un ruido estridente. Tanta música y su ardor por “achicharrarse” con una hembra, puede acarrearle la muerte por las diferencias de la presión sonora producida. Me lo imagino al pobre, más rojo que una gamba y a punto de explotar como un globo. Vamos, lo mismo que le puede ocurrir al hombre de la especie humana, que al poner tanta pasión en el tema, tenga una “explosión interna”. Y lo que empezó como algo gustoso, lo termina de vitaminas para las raíces de un Ciprés. 

Como se puede comprobar, el ciclo de esta especie, termina con el apareamiento, y la nueva puesta de huevos. Nacen de un huevo y mueren después de devolver los huevos al ciclo de la vida  Chicharril. 

Espero que cuando veáis a este ruidoso e inteligente bicho o a su hembra, no sintáis rechazo, si no admiración y respeto. El que me tocó a mí en suerte conocer, supo callar y permanecer inmóvil para que no lo localizase, y cuando empecé a alejarme, diría: -¡Ya era hora!  Hembras ¿Dónde estáis? Y… ¡A “cantar”!

 

Chicharra. Sabía que estaba cerca y posó para esta foto.

 


 Texto y fotografías: Poncio Emiliano


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