Eran las dos de la tarde de un veinte de agosto. Lea, descansaba en el sillón del salón, después de una mañana muy ajetreada.

Estaba de vacaciones. Había aprovechado para mudarse a un apartamento en un antiguo edificio de Madrid, que había sido reformado. Ya había vivido varios años en las afueras, y estaba harta de luchar diariamente con el tráfico  para ir a trabajar. Ahora que ganaba más, se podía permitir una vivienda más céntrica.

Lea, había nacido en un pequeño pueblo de Extremadura. Bien joven, marcho a Madrid para estudiar y trabajar. La lucha fue dura, pero tras varios años, había conseguido lo que quería, ser una mujer independiente y libre, bueno, quiero decir, tener libertad de decisión, ya que la libertad real, está muy limitada para cualquier ciudadano, y más de una gran ciudad.

Tenía  treinta y cuatro años.  Y aunque no descartaba ser madre, la cosa no la tenía clara. Los años pasaban, y los médicos a pesar de los adelantos de la medicina, recomiendan a las madres, no esperar a la madurez para tener un hijo. Ellos lo dicen porque aumentan las dificultades, aunque también  hay que valorar, el que los hijos no se encuentren con padres, con edades propias de abuelos.

Después de tanta lucha por crecer en su profesión, relacionada con la publicidad y la moda, ahora podía permitirse pasar unos fines de semana de "fábula", cuidarse físicamente, hacer viajes a los sitios más interesantes. No tenía que rendir cuentas a nadie, pudiendo hacer lo que le "pidiera el cuerpo".

A la familia, que seguía en el pueblo, la veía en Navidades. Tenía muy buenos amigos, con los que salía con frecuencia. Nunca había tenido pareja estable, siempre había pensado que le estorbaría para su trabajo y su "ritmo de vida". Ella tenía contactos cuando le apetecía, con los hombres que le agradaban, pero de comprometerse, nada.

Ahora. ¡Por fin! Iba a tener un apartamento para ella. Había pagado la entrada, y quizás terminara de pagarlo cuando fuera pensionista, pero daba igual. Tenía algo suyo. Estaba muy ilusionada en decorarlo, para hacerlo acogedor.

Había un programa de "glamour" en televisión, donde todo era lujo y estilo. Ella lo estaba viendo, ya que tenía que estar al día, no solo profesionalmente, si no por motivos personales, para que su imagen, fuera la que está de acuerdo a los cánones de belleza y de la moda más actuales.

Empezaba a tener apetito. No sabía lo que iba a comer. No tenía ni idea de cocina, y encima detestaba cocinar. Sólo compraba alimentos preparados, para calentarlos en el microondas, ya que solía comer fuera. Como estaba en casa, llevaba tres días pidiendo pizzas, y no quería repetir, además, iba a ganar peso. Se acordó que tenía un pollo asado en el frigorífico, de esos que están "plastificados", listos para calentar y comer.


Con desgana, y con los músculos protestando por los días de la mudanza, fue a la cocina para preparar la "rápida y sana" comida. Mecánicamente abrió el frigorífico, sacó el pollo, y cuando lo iba a calentar, noto que se mojaba los pies. -¿Qué pasa?- Miró al suelo y estaba mojado. Al moverse unas gotas de agua le dieron en el brazo. Levantó la cabeza y... - ¡No! - En el centro del techo había una mancha de agua y una gotera. Se crispó. El techo estaba recién pintado, y ya tenía una avería en su apartamento.

Sólo había un piso encima, el quinto, así que cogió las llaves, y salió a la escalera "disparada" y extremadamente nerviosa. Subió al piso de sus vecinos, a los que no conocía, y llamó insistentemente al timbre. No habrían la puerta. ¿Estarían de vacaciones? ¿Habrían salido? No sabía que hacer. Pensó que el presidente guardaba las llaves de los apartamentos. Pero tampoco estaba. Era agosto,  mes típico de casas vacías.

-¿Que hago ahora? Si llamo a los bomberos, se va a liar una buena, quizás haya otra forma de arreglar esto.

Lea era una mujer de imaginación, pesó que la cantidad de agua no era excesiva. Debía calmarse y estudiar la situación. Como tenía la llave del terrado, pensado y hecho, subió y se asomó por el pretil del patio de luces.

Observó, que la terraza lavadero del apartamento de sus vecinos estaba relativamente cerca. Además, la puerta de la cocina estaba abierta, señal de que no estarían de vacaciones, habrían salido.

Había agua en el suelo de la terracita, la solución era bajar, y cerrar la llave de paso del apartamento.

Como era una mujer decidida y de buenas condiciones físicas, movida por la necesidad de evitar más destrozos en su casa, se descolgó aprovechando una repisa, y agarrándose bien a unos soportes de la antena de la televisión.


Ya en la terraza, golpeó con fuerza los cristales de la puerta y dijo: -¿Hay alguien?- Nadie respondió. Con precaución entró en la cocina, mojándose los pies. El agua llenaba el suelo, y no había pasado al resto de la casa, porque había un pequeño escalón.

El fregadero de la cocina tenía el tapón puesto, y aunque el grifo no estaba muy abierto, con el tiempo se había llenado, hasta desbordarse.

Cerró el grifo, quitó el tapón, dando gracias que sólo afectara a la cocina. Cogió un cubo, una jarra de plástico y la fregona, y en unos minutos, había conseguido quitar el agua.

Cansada, más por la tensión nerviosa, que por el esfuerzo físico, miró a su alrededor, y comprobó que la cocina no había sido reformada. Era muy antigua, si la comparaba con la suya.

Al mirar a la puerta de la cocina, vio un resplandor que se dibujaba en el cristal que tenía. Parecía como el que produce una imagen de un televisor. Lea, tenía que salir por la puerta del apartamento, subir por el patio era peligroso. Así que tragó saliva, y lentamente salió de la cocina. La puerta de enfrente daba al salón-comedor, y efectivamente, un televisor estaba funcionando, aunque sin voz.

Muy tensa, volvió a preguntar en voz alta si había alguien en casa. La respuesta fue el silencio.

Poco a poco, se acercó al televisor, y quedó petrificada, al comprobar que de espaldas, había alguien sentado en un sillón. -¡Oiga! - La persona que estaba allí, no hizo ningún movimiento. Fue acercándose despacio, y retrocedió espantada hasta una estantería. Frente a ella, estaba un hombre de unos sesenta años, con el brazo extendido hacia el teléfono que había en una mesita. Sus ojos estaban abiertos, y había un rictus de desesperación en su rostro. Su muerte debía ser reciente. Lea se precipitó a la puerta del apartamento, y bajo al suyo para llamar a la policía.

En pocos minutos, estaban: la policía, una ambulancia, los pocos vecinos que había en el edificio y nuestra protagonista. Realizados los trámites preceptivos, se procedió a retirar el cadáver. Después le preguntaron a Lea sobre los hechos que motivaron su descubrimiento.


Cuando todos se hubieron marchado, los vecinos de un apartamento de la primera planta, invitaron a Lea a casa, para que se tranquilizara de la terrible experiencia. Estuvo un buen rato con ellos, y así pudo saber más de aquel hombre.

D.ª María, la señora de la casa, le dijo: - ¡Era un buen hombre! - En ese momento brotaron unas lágrimas de sus ojos, quizás las últimas que derramarían por él. Continuó: - Era de Valencia, y se llamaba Juan Antonio. Estuvo casado y tenía una hija. Hace años, su mujer conoció a otro hombre, y su matrimonio fue al traste. Después de mucho luchar, él llevó las de perder, ya que la economía de la nueva pareja de su mujer, era más fuerte que la suya.  Y claro, al ser la niña tan pequeña, no la separaron de la madre, y le dieron un "padre postizo". Quedó prácticamente sin hija, a pesar de ser ella la que provocó la separación. Él la quería, y no volvió a casarse, se ve que le cogió miedo al matrimonio. Después, pidió el traslado a Madrid, y aquí vivió apoyándose en sus amigos. Muchas veces bajaba a charlar con nosotros. Desde que se jubiló, salía poco, y sólo tenía la compañía de sus periquitos.

Lea escuchaba en silencio. Estaba interesada. ¡Qué vueltas da la vida! Ella seguía impresionada por los hechos vividos hace pocas horas.

D.ª María agregó: - Me ha dicho un chico del Servicio de Salud, que probablemente, ha sido un infarto. Que lo tuvo que "ver venir", ya que había intentado llamar por teléfono. Pero por lo visto, no le dio tiempo. - D.ª María dio un suspiro, y volvió a secarse las lágrimas. - Tengo el teléfono de su hija, me lo dio por si pasaba algo. Ella le solía llamar el día de su Santo y en Navidades. Es una buena mujer, pero al estar tan lejos, apenas venía por aquí. Quizás, al separarla de su padre siendo tan pequeña, no supo apreciar la buena persona que era.

Lea, le dio las gracias a D.ª María y a su esposo. Se dieron un beso, y se ofrecieron mutuamente ayuda como buenos vecinos.


Subió a su apartamento. Estaba ya poniéndose el sol. Se sentía aplanada, sin fuerzas. Sacó un cigarrillo, y salió a la terraza. Contempló el bullicio de la calle, y mientras fumaba lentamente, pensaba: - ¡Pobre hombre! Ya no está aquí, después de tantas luchas y vivencias, todo se acabó. Mañana todo el mundo seguiremos con nuestros trabajos, ilusiones, o quien sabe que. Pronto vaciarán el piso, y sus recuerdos de tantos años, irán al Rastro, o a la basura. Punto y final para Juan Antonio.

Aquella noche tardó en dormirse, echada en la cama, con la habitación iluminada por la suave luz de la calle, Lea reflexionó sobre todos los hechos de aquel día, y se entristeció pensando que aunque era joven, los años pasaban con rapidez, y que podía ser una más, en la lista de las personas que mueren solas. Era como si  hubiese recibido un aviso, con esta dura experiencia.


Comentario: Aquí os he relatado, algo que está basado en una realidad social de hoy en día. El vivir en soledad. En Barcelona, en 1996, el 23% de los hogares eran de una sola persona. París llegaba al 40%.

Se calcula, que el total de hogares unipersonales en España, es en la actualidad, de tres millones. De estos, 450.000, están habitados por personas de más de ochenta años. Los ancianos que viven en esta situación, con más de noventa años, ascienden a sesenta mil. Datos de 2005.

Son cifras tremendas, que hacen pensar. El sistema de vida actual, con trabajos lejos de hogar familiar, la escasez de natalidad, las mayores dificultades para vivir en pareja, la soltería, el número de solteros de 29 años, ha pasado en poco tiempo del 20% al 56%, y demás razones económicas y sociales, nos llevan a la soledad.

 Tengamos en cuenta, la edad, ya que una persona joven, aparte de tener sus facultades intactas, siempre puede coger el teléfono y llamar a familiares o a los amigos. Con la edad, se va perdiendo la familia y los amigos, llegando a situaciones de soledad absoluta, sobre todo en las ciudades. Es muy habitual la retirada de personas que mueren solas, sin que nadie se haya percatado de ello. Hace poco, unos agentes fueron a notificar el impago de impuestos a una mujer, e indagaron en los vecinos de un edificio, ya que no encontraban a la persona que buscaban. Una señora les dijo, que hacía mucho tiempo que no la veía, y que vivía sola. Sospecharon, y avisaron para abrir el piso. Efectivamente, las sospechas eran ciertas, la señora había muerto hacía más de dos años, y estaba en la cama de su dormitorio, con la ventana abierta. Durante ese tiempo, nadie la echó de menos. Es una prueba de la dureza de la vida en soledad, y más cuando por la edad y los achaques, hacer cualquier cosa, por sencilla que sea, es realmente difícil.

Estamos ante una generación de mayores, que proceden de familias, donde lo normal era casarse y tener varios hijos. Familias más unidas, donde en muchos casos, los hijos trabajaban en la misma ciudad que los padres, a pesar de ello, al ir cumpliendo años, han ido muriendo los familiares, o simplemente se han olvidado de ellos. Hoy en día todo ha cambiado. El número de personas que quedan solteras, se ha disparado. El divorcio y su problemática, ha irrumpido en ayuda de la decisión de vivir solo. La edad va en aumento. ¿Qué va a ocurrir, cuando esta generación sea mayor? Las cifras se pueden disparar, y los problemas que acarrea el vivir en soledad también. Habrá que tomar medidas, con previsión de futuro. Ya que aparte de las muchas consideraciones que podemos hacer, estamos ante una realidad, la de las dificultades del vivir diario de millones de personas, con sus facultades disminuidas, a lo que tenemos que agregar los problemas de tipo psicológico, que son ingentes. Y esto no les pasa a otros, esto le puede pasar a cualquiera de nosotros.


Texto: Poncio Emiliano


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