Estamos en Toledo, ciudad española y capital de la provincia del mismo nombre, a las orillas del Río Tajo.

Antiquísima en su fundación, fue tomada por los romanos, y en el año 569, estableció en ella su corte el rey visigodo Leovigildo.

En el 711, llegó la conquista por los moros, quedando incorporada al califato de Córdoba. Gracias a su tolerancia, convivieron en la ciudad, árabes, judíos, mozárabes, etc. 

En el año 1085, Alfonso VI recuperó la ciudad para los cristianos. Desde entonces Toledo crece en influencia y se convierte en la capital cultural de Occidente. Es creada la Escuela de Traductores de Toledo.

En 1480, la corte se establece en Toledo, siendo con Carlos I y Felipe II, la capital del Imperio, hasta que en l561 Felipe II y la corte, se trasladan a Madrid.

Un ascendiente mío, pasó su niñez en Toledo, me relataba sus vivencias y recuerdos, me hablaba de sus monumentos: La Catedral de estilo Gótico, la iglesia de San Juan de los Reyes, la del Cristo de la Luz, Santa María la Blanca, la casa del Greco, el Alcázar, los puentes de Alcántara y San Martín, las puertas del Sol y de Bisagra, la procesión del Corpus Christi, etc. También  me contaba de su antigua fábrica de armas, famosa por su temple, sus mazapanes, y de innumerables cosas más que se pierden en mi memoria.

 

Puerta del Sol

 

Hago mención especial a la Ermita del Cristo de la Vega, lugar donde se desarrolla esta leyenda.

Se construyó una Basílica sobre el lugar donde fue enterrada Santa Leocadia, virgen que fue martirizada en el siglo IV. En ella tuvieron lugar los famosos Concilios de Toledo. El edificio sufrió  ruinas y reconstrucciones a través de la historia, y quedó como una ermita donde se venera al Cristo de la Vega.

Entre los relatos que me contó, estaba el de esta leyenda toledana, que inmortalizó José Zorrilla en su obra "A buen Juez mejor Testigo". Espero que os guste tanto como a mi.


 

Leyenda del Cristo de la Vega

Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Estos dos se amaban locamente, pero un día llegó una mala noticia para los dos, Diego tenía que partir hacia Flandes y esto sembró el miedo y el terror ante los dos, ya que este viaje les separaría y  solo Dios sabe por cuanto tiempo. Llegó la hora de la despedida y esta se produjo en la capilla del Cristo de la Vega en la cual los dos se juraron amor eterno y Diego tocando los pies de Cristo prometió desposarla en cuanto regresara.

Mientras Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperado sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta del galán. Todos los días rezaba ante el Cristo testigo de su juramento, pidiendo la vuelta la Diego, pues en nadie mas encontraba apoyo y consuelo.

Dos años pasaron y las guerras de Flandes acabaron, Diego no regresaba, pero Inés nunca desesperó y todos los días acudía al miradero en espera de ver aparecer a su amado. Un día vio aparecer un tropel de hombres a lo lejos que se acercaban a la muralla de la ciudad, y se encaminaban a la plaza del Cambrón, esta fue corriendo hacia allí a ver quienes eran como había hecho muchas otras veces, cuando allí llegó el corazón le palpito con fuerza, al frente del pelotón de hombre en cabeza iba Diego. ¡Por fin! Tanto tiempo esperando dio fruto, Inés dando gritos de alegría agradecía al cielo el haberle traído sano y salvo, pero Diego al verla le hizo caso omiso como si no la conociera y dando espuelas al caballo se adentro en las callejuelas de Toledo.

¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encubrimiento, pues de simple soldado fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había trasformado y le había hecho olvidar su juramento de amor; negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer.

Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas mas con llanto; pero el corazón del joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente le rechazaba.

En su desesperación solo vio un camino para salir de la dura situación en que se encontraba, ya que en todas partes de la ciudad murmuraban sobre el caso de Diego e Inés, y fue acudir al gobernador de Toledo que en esta caso era Don Pedro Ruiz de Alarcón y le pidió justicia. Don Pedro hizo acudir ante él en el tribunal a Don Diego Martínez y a Inés y primero escucho a uno contar lo acontecido para mas tarde escuchar a Diego negar haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de uno contra la del otro.

En el momento en el que Diego iba a marcharse con gesto altanero, después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quien era ese testigo  todos se quedaron paralizados por el asombro, tras un silencio aterrador y una breve consulta de don Pedro  con los jueces que le acompañaban decidieron ir al Cristo de la Vega a tomarle declaración.

Todos se acercaron a la ermita, un tropel de gente acompañaba el cortejo, pues la noticia del suceso se había extendido como la pólvora. Entraron todos en el claustro, encendieron ante el Cristo cuatro cirios y se postraron de hinojos a rezar en voz baja. a continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los jóvenes uno a cada lado y después de leer la acusación en voz alta, demandó a Jesucristo como testigo:

-¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?

Tras unos momentos de expectación y tensión el Cristo bajo su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos abrió los labios y exclamo:

- Sí Juro.

Ante este hecho los ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos

 


Cristo de la Vega


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