Reflexión sobre los Toros

 



Me gustan los animales. Vivos y en plena naturaleza, y en un cocido, un arroz, o lo que se tercie. Resulta, que si no se les cocina vivos, que a veces se hace, hay que matarlos, eso sí, como dispone la norma correspondiente, que debe ser muy caritativa y "animalitaria".

 

Sólo he estado una vez en una corrida de toros, concretamente en una novillada para recabar fondos contra el Cáncer. Las había visto  muchas veces por televisión, pero no tiene nada que ver con la realidad. Así que me puse en marcha llevándome mi cámara fotográfica con un objetivo de 300 mm., única forma de meterme en el ruedo, fotográficamente  hablando.

 

Entro por un túnel, subo escalones, bajo escalones, y me encuentro en la plaza. Estaba engalanada por Mantones de Manila y banderas. Una banda de música. Miles de personas pertrechadas con meriendas y porrones de vino. O sea, un ambiente de "narices", que me trasladaba a las “esencias” de las costumbres del país donde me parieron. Si nazco en Mongolia, iría a ver, la “esencia” mogola, con sus carreras y el troceo de aves. Cada uno a la suyo.

 

Sale la cuadrilla. Piden los permisos.”To er mundo bien vestío”, de oro y “asul” o del color que fuera. Y el alguacil de negro, como en la época de Felipe II, la leche de pulcro y de señor, montando en un caballo que “iba de durse”.

 

Se abre la puerta del toril, o como se llame, no soy experto, leñe, hablo de sentimientos. Sale la fiera. Esbelta, grande, negra, y del primer resoplido empieza a helarse la sangre de algunos. Levanta arena, y mira con atención para lanzarse.

 

Después se le recibe, se le tienta, se le siente por el Maestro. -Ozú, este toro derrota por el pitón derecho-. Después, el picador, las banderillas, la faena, el peligro. Un animal de muchos kilos, lanzándose para partir en dos a un novillero. Buenos pases, malos pases, peligro por doquier. Novillero por el suelo y desarmado, cuadrilla ayudando.

 

A todo esto, cuando menos esperas, para premiar una faena, un pedazo  de pasodoble muy taurino envuelve la plaza. Se huele a toro, a sudor, a sangre, hasta se huele a miedo, en la arena y en la plaza.  Hace tiempo, vi a un toro disecado entero, y pensé: hay que tenerlos muy bien puestos para estar en las narices de un animal tan poderoso, y que encima, corre que se “las pela”.

 

Llega la suerte suprema. La Muerte. Esa muerte que acompaña a todo ser que nace. Esa muerte anónima de millones de animales para engordar al ser humano. De esos animales que los llevan mansamente, que luchan si tener alguna posibilidad de machacar a los que los van a ejecutar. Al menos, el toro puede partirte en dos. Y algunos, por sus “cotiledones”, son hasta indultados, porque han luchado sin parecerse a dóciles corderillos. Sí, esta mañana he visto en la casa de comidas, cabecillas de cabritos asadas con patatas. Esas muertes son muertes sin gloria. Esas muertes son muy tristes, muertes sin lucha, muertes de arrodillados, ya que no saben hacer otra cosa. No la del toro, una muerte con orgullo, pública,  mientras intenta enganchar a los que lo atacan y matan.


Comentario: Poncio Emiliano.


Volver a menú principal

Ir a la portada de la web