Ser Competitivos

 

Competitividad. ¡Qué palabrita! Se escucha más en el mundo de la empresa, pero está  asumida por todos los escalones de la sociedad, la impregna por dentro y por fuera.

Es tan antigua como la aparición del primer "bicho" sobre la Tierra. Desde los minúsculos organismos, a los Dinosaurios, que competían por la comida, el sexo, y el territorio. Desde el principio de los tiempos hasta hoy.

La llegada del hombre, con sus genes de "animal", pero con inteligencia, hace que la competencia pase de algo natural, a lo más sofisticado. Ya no sólo se busca un territorio, sexo, y comida, si no, innumerables cosas que satisfagan el orgullo, el deseo de poder sobre los demás, y todo lo que nos haga pensar que somos distintos, perfectos, y superiores.

Durante la historia, esa "competitividad" por poseer territorios, zonas de influencia económica, o simplemente sentir el poder en las venas de los individuos o del grupo, ha llevado a la humanidad a meter bajo tierra a sus semejantes, no cuando  les llegara la hora por su naturaleza, si no de una forma brusca y anticipada.

La competitividad en el mundo económico moderno es "adorada" como solución para el buen funcionamiento de las empresas, caiga quien caiga. El trabajador es una pieza sustituible, si no se alcanzan las metas. Estas pueden ser buscadas mediante una lícita competencia,  o con artes sucias, el caso es ser los primeros y obtener beneficios al precio que sea.

Recuerdo algunas frases de una película americana, Wall Street. Se dicen "cositas" como estas: "Lo que importa es el dinero, lo demás no importa", "el dinero no se gana o se pierde, pasa de una mano a otra". Agrego a esta filosofía: El dinero es único, repartido, todos tendríamos un poco, pero el sistema no funcionaría, la cosa estriba en que el dinero que les corresponde a muchos, esté en los bolsillos de unos pocos. Por ello hay que ser, fieramente competitivo, para tener los bolsillos más llenos que el de los demás y escalar el ranking de la riqueza para estar lo más arriba posible. Resumiendo, luchar y machacarnos por tener más, más, y mucho más.

Con estos planteamientos económicos, así nos va. El reparto de la riqueza es tan desigual, que con lo que una persona derrocha en un día, podría comer un pueblo entero del tercer mundo. Las cosas son así, pero que se diga sin tapujos, claramente,  que se explota a nivel de país, de empresa y de ciudadanos, a los débiles. La "Ley de la Selva" sigue totalmente vigente.

Hay ONGs, instituciones, e individuos, que no piensan así. Son bien tratados, considerándolos públicamente los estados y los grupos financieros, como realizadores de una meritoria labor, pero algunos pensando por dentro, que "queda bien" apoyar a estos "chiflados" ya que es "políticamente correcto", y además se ahorran dinero si esas funciones tuviesen que ser financiadas por los distintos países. No paran de reunirse, de hablar, de crear expectativas, y puede que lo hagan de buena fe, aportando mucho dinero, pero por desgracia y con frecuencia, los resultados son pobres o decepcionantes. Y cuando se llegan a acuerdos, pueden ir desde apoyos testimoniales a soluciones económicas miserables, ante la magnitud de los problemas. Es terriblemente difícil luchar contra los intereses de los estados, grandes empresas y la corrupción de determinados gobiernos, que les importa poco el bienestar de sus ciudadanos. Una planificación seria a nivel mundial, de ayuda y equilibrio económico, es algo que parece imposible, y los "parches" arreglan problemas puntuales, pero no la incultura y la pobreza de muchas zonas del planeta Tierra.

A nivel social, la competitividad es feroz, hay que competir desde que se viene al mundo. Por tener plaza en una guardería, en un colegio, para aprobar unas oposiciones, para buscar un puesto de trabajo, para conseguir una vivienda, por obtener una subvención, por encontrar pareja, para que te operen, por que te den una plaza en una residencia. Y si te mueres, el problema lo tienen los herederos,  de donde te ponen, o si te queman, ya que el de competir se ha acabado para ti. Espero que en la otra vida, si se llega al cielo, habrá una nube para cada uno, y no te pondrán en cola, ya que como seremos eternos, no habrán nubes vacías.

Si todo esto que he relatado es de la vida diaria, lo que me hace reír, por no llorar, es cuando las personas llevan esa competitividad a lo más cotidiano y estúpido que nos podamos imaginar. Lógicamente un gran número de los individuos de estas sociedades, viven en continuo estado de crispación.

Se observa: la lucha por tener un aparcamiento para el coche, hay que ser rápido e inteligente para que el "cabrito" de enfrente no te lo quite; el demostrar a todo el mundo que llevas siempre la razón; el ufanarse ante los amigos, porque se ha conseguido las mejores entradas para un espectáculo; que compras el "mejor jamón" porque sabes mucho del tema y conoces un lugar único para conseguirlo. etc. Con esto nos demostramos que somos "los mejores" auténticos "patas negras".

Tengo por costumbre cuando voy al mercado, el ir muy temprano. La razón, es que voy a comprar alimentos, no a luchar como si se tratase en una prueba de las Olimpiadas. Me harté de ser arrollado por personas que "tienen mucha prisa", y que tras espachurrarme contra el mostrador, se dirigen al pescadero, diciendo: -Juan, cuando puedas me preparas unas Doradas. - A veces eran tan sumamente "inteligentes", que agregaban: -¿Son frescas?-¿Qué te va a decir el sufrido Juan? Que las han traído del Museo Arqueológico. ¡Tela!

Esto lo expongo a título de ejemplo, pues pasa en todas partes. ¡Cuanta urgencia! ¡Cuanta exigencia! Se hunde el mundo si no te atienden pronto, y si eres el primero, mejor.

He dejado para el final, algo edificante, que es prueba de hasta donde podemos llegar por ser los primeros, y "triunfar" en todo.

Paseaba por un parque, y me encontré con un camión que repartía por unas ventanas laterales, unas simples cometas de plástico, por motivo de las fiestas locales.

Eran pequeñas y nada vistosas. Como se había hecho publicidad, se formó una enorme cola de padres, madres, niños, y abuelos. Llevaban como misión, el obtener la "imprescindible" y gratuita cometa. El sol daba de pleno. Observé que la gente estaba alborotada, y me senté en un banco del parque junto a un jubilado. No daba crédito a lo que estaba viendo. La cosa se fue "calentando", protestas, y más protestas. Cada uno daba su opinión, que eran "auténticos dogmas", de como se tenían que repartir las cometas.

Una señora pasó a la acción y se abalanzó sobre el mostrador gritando, eso hizo subir los deseos de conseguir la "maravillosa" cometa. Supongo que si el niño no recibía la cometa, podría ser causa de "un trauma, que le llevaría a la agresividad cuando creciese". Así que cometa, o psicólogo.

Se arremolinó el grupo más ultra, aparecieron los insultos y los empujones. La cosa estaba a punto del asalto del camión de reparto. Todo muy edificante, y una lección por parte de los progenitores a los niños que guardaban cola. Hubo que llamar a la policía municipal, y esta los puso a raya, evitándose la "batalla de las cometas".

Yo pensaba: - y todo por un juguete ridículo, que sus padres pueden comprar. ¿Qué pasaría si no hubiesen tenido con que alimentar a la prole? Muchos no hubiesen necesitado la comida, porque estarían muertos.-

¡Qué fácil es que salga la fiera! Mucha fachada, pero cuando te descuidas, sale el yo primero, y  la educación, si es que alguna vez se ha tenido, desaparece.

Creo que hay que luchar por lo necesario, y lo que es justo, pero no estar las veinticuatro horas compitiendo, por lo que en muchos casos son estupideces.

Hay que ser más respetuosos con los demás, que nos parieron desnudos, y nos vamos a ir de la vida igual, sin nada de nada.

Por cierto: ¿Cuanto tiempo tardaría aquellas deseadas y competidas cometas, en estar en el cubo de la basura? ¿Les pondrían algunos un marco, y las tendrán en el salón de casa?

 

 

 

Texto: Poncio Emiliano.

 

 

 

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