Camino por la playa. Son las ocho de la mañana, y el sol no calienta demasiado. Las olas rompen cerca de mis pies, apenas hay gente, y la que está, hace lo mismo que yo, pasear y disfrutar del rumor del mar, de su color gris plata, y de esos brillos que el sol todavía amarillo, pinta en la superficie.

De vez en  cuando me paro, miro al horizonte, es inmenso y misterioso, siento como si no tuviera fin.

Respiro profundamente, y dejo que me acaricie la brisa de Levante. ¡Esto es vida! Me siento en paz conmigo mismo y disfruto plenamente de este momento.

De vez en cuando, una ola se escapa y está a punto de mojarme, me encantaría, pero en estos momentos no llevo la ropa adecuada.

Reflexiono sobre lo engañado que estamos por la educación recibida, dirigida a formarnos para ser un miembro más de "la manada", que para ser persona . Nos inculcan que "somos libres", pero que para ser guapos, estimados, y triunfadores, y gracias a todo ello, "ser felices", debemos hacer esto, comer lo otro, dar una imagen actual, etc. Al final, después de seguir tan "desinteresados consejos", sutilmente somos esclavizados por el consumo y las modas que imperan. Vivir es otra cosa, es sentirse lleno, individual e íntimamente libre, sin aditamentos de ninguna clase.

La felicidad es un ideal, algo que se manipula socialmente para ponernos un señuelo a que seguir. Sólo necesitamos que nuestra paz interior sea nuestro mejor amigo, y la irradiaremos a los demás.

Nos dicen que debemos proponernos metas y conseguirlas, luchar por nuestros sueños. Pero, ¿qué sueños? ¿Los que verdaderamente nos enriquecen moral y humanamente, o los que nos hacen ser un engranaje de la máquina de comprar y tirar? Los únicos sueños son aquellos que nos dejan un profundo regusto de satisfacción personal, sin haber hecho daño a nada, ni a nadie. Es bueno seguir un sueño, algo que nos haga vibrar. Pero si no lo conseguimos, no tenemos que sentirnos fracasados, es que no era para nosotros.

Nos enseñan a vivir como si fuéramos eternos. Nos dicen que saquemos muchos "seguros", que así no tendremos problemas en la vida, ya que gracias a ellos, te sentirás protegido y libre de no perder lo que has ganado a cambio de dar parte de tu vida para conseguirlo. Así se cierra el circulo, trabaja, no tengas escrúpulos, enriquécete, y se poderoso, y cuando lo consigas, asegúralo todo. Ya puedes vivir tranquilo. ¡Qué espejismo! ¡Qué mentira!

La muerte se nos oculta. Cuando menos se manifieste públicamente, mejor. Incluso en las conversaciones y en las revistas, se utilizan eufemismos para no llamarla por su nombre. Se dice:"se ha ido","nos ha dejado","ya no está con nosotros". Parece que el difunto no está muerto, si no que se ha marchado de vacaciones.

Debemos ser jóvenes, y da igual que lo seamos, o que lo sintamos, porque claro, hay que ser joven aunque tengas ochenta años. Pues no, tenemos que aceptar nuestra edad, unos llegaran en mejores condiciones a la vejez que otros. Seamos realistas, aceptemos que en cada edad, hay cosas que se pueden hacer, y otras que no, y mejoremos nuestra autoestima. Envejecer es algo natural, y no hay que entristecerse por ello, si no sacarle más provecho si cabe a la vida.

Hemos sido educados, rechazando la enfermedad y la muerte, como si no existieran para nosotros, que estos hechos les ocurren a los demás, pero que todavía se es joven y queda "toda la vida por delante". Además, con los adelantos médicos de esta sociedad "perfecta", llegaremos a ser unos viejecitos deportistas y felices, como te dicen los anuncios de los Planes de Pensiones, para sacarte el dinero con una fantasía sobre la última etapa de la vida.

Nos creemos el "Rey del Mambo". Pero un día te notas mal, sube la tensión, vas a urgencias, te dejan como tu madre te trajo al mundo, te quedas en el hospital, y pasas a otra dimensión, a algo que has vivido muchas veces, pero con un detalle distinto, no le pasa a otro, si no a ti mismo. Se acabó el orgullo, todos tus bienes y las cosas "tan importantes" de la vida, y aquellas que tanto has querido, quedan muy lejos. Estás indefenso, esperando que los médicos te traten con acierto, y que el destino o Dios, ponga su mano. Sólo te queda, y no a todos, los amigos y familia que te apoyan en esos momentos. Pero estás solo ante la destreza del personal del hospital que te cuida, y la reacción de tu propia naturaleza.

Pasan los días, te das cuenta que los compañeros en la enfermedad de las habitaciones contiguas, ya no están, y no porque se hayan curado y estén celebrándolo, si no porque han muerto.

Te operan, esperas, tienes desvanecimientos, angustias, y sabes que has estado con un pie en la tierra y otro en el "más allá", donde iremos si somos creyentes, o en la nada absoluta, si se piensa que después se desaparece.

Sobrevives y vuelves a saborear las cosas sencillas de la vida. Te ríes cuando siguen queriendo "comerte la cabeza", y pasas de ellos. Pero ves que consiguen sus frutos con las nuevas generaciones, que les distorsionan la realidad suprema de la libertad del individuo, de la vida, y de la muerte.

Rechazas cosas que creías importantes, comprendes mejor todo, y sabes exprimir hasta la última gota el jugo de la vida, de una forma sana, valorando todas las sensaciones que percibes de forma natural, sin aditamentos ni adulteraciones, sin falsos señuelos e ídolos, sin buscar  cosas para sentirse bien, si no mirando la fuerza que está dentro de uno mismo, y la compañía de los amigos.

Lástima que nadie escarmiente en piel ajena, y por mucho que se diga, se lea, o se quiera informar, sólo te das cuenta de la realidad con la propia experiencia, reflexionando y sacando consecuencias de ellas, de lo contrario, se habrá perdido el tiempo y la ocasión, y todo lo malo pasado, no servirá para nada. Se volverá a ser de nuevo, un miembro de la manada de los "dóciles ciudadanos", de los consumidores de todo, para estar llenos de nada.

Llego al final de la playa, ya empieza a picar el sol, y veo cerca una cafetería. Me dirijo a ella con el propósito de tomar una rica tostada, con el correspondiente café. Llevo reloj, pero me dirijo por el sol. Tengo móvil, pero lo dejé en casa. Sólo oigo el rumor del mar, y me siento abrazado por la brisa. ¡Para qué quiero más!

                   

     Texto y fotografía: Poncio Emiliano.        

 


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